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Autor: P Juan Pablo Menéndez | Fuente: Catholic.net Revelación del Padre a los pequeños
Lucas 10, 21-24. Adviento. Dios devela sus secretos y su misterio sólo a los sencillos de corazón.
Revelación del Padre a los pequeños
Lucas 10, 21-24
En aquel momento, se llenó de gozo Jesús
en el Espíritu Santo, y dijo: «Yo te bendigo, Padre,
Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado
estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has
revelado a pequeños. Sí, Padre, pues tal ha sido tu
beneplácito. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y
nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre; y
quién es el Padre sino el Hijo, y aquel a
quien el Hijo se lo quiera revelar». Volviéndose a los
discípulos, les dijo aparte: «¡Dichosos los ojos que ven lo
que veis! Porque os digo que muchos profetas y reyes
quisieron ver lo que vosotros veis, pero no lo vieron,
y oír lo que vosotros oís, pero no lo oyeron».
Reflexión
La euforia reina en los comentarios, en los rostros de
los discípulos tras su exitosa misión. Jesús los recibe y
parece también Él contagiarse de la alegría con que lo
celebran. No es solamente un triunfo humano. Es ante todo
el reconocimiento del don de Dios que en aquellos hombres
sencillos se ha prodigado abundantemente para transformarles en heraldos, en
testigos y anunciadores de su mensaje. Y son ellos, gentes
sin formación, los que llegan a conocer tal misterio, pues
como dijo san Pablo: “Hablamos de una sabiduría de Dios
misteriosa, escondida (...) desconocida de todos los príncipes de este
mundo.(...) Si alguno entre vosotros se cree sabio según este
mundo, hágase necio, para llegar a ser sabio (...) pues
la sabiduría de este mundo es necedad a los ojos
de Dios” (1Cor 3, 18-9).
Da que pensar el hecho de
que a lo largo de más de 4000 años de
historia Sagrada, los personajes que Dios ha escogido para anunciar
a los hombres sus mensajes, hayan sido, por lo general,
gentes sencillas y sin instrucción. En muchos casos eran apocados
o tímidos, también mujeres virtuosas aunque a simple vista débiles.
La historia de los pastores como José, el hijo pequeño
de Jacob, y el mismo David, el rey, parece repetirse
cuando la Sma. Virgen María escoge a las personas más
sencillas para revelar sus mensajes. La historia de san Juan
Diego y la Virgen Guadalupana, las de los pastorcillos de
Fátima, o la de Bernardette en Lourdes son sólo algunos
casos. Y esto no es por pura coincidencia, sino testimonio
de la coherencia de los planes de Dios. La sencillez
conquista y “subyuga” a Dios. Él se enamora de las
almas humildes y simples.
Él devela sus secretos y su
misterio sólo a los sencillos de corazón. Como lo hizo
en María y como lo ha hecho a lo largo
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