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Autor: José Rodrigo Escorza | Fuente: Catholic.net Curación de dos ciegos
Mateo 9, 27-31. Adviento. El verdadero milagro es invisible y está en el interior de cada hombre que cree.
Curación de dos ciegos
Mateo 9, 27-31
Cuando Jesús salía de Cafarnaúm, lo siguieron
dos ciegos gritando: «¡Ten piedad de nosotros, Hijo de David!»
Y al llegar a casa, se le acercaron los ciegos,
y Jesús les preguntó: «¿Creen que puedo hacerlo?» Ellos le
contestaron: «Sí, Señor». Entonces les tocó los ojos diciendo: «Que
se haga en ustedes conforme a su fe». Y se
les abrieron sus ojos. Jesús les ordenó severamente: «¡Que nadie
lo sepa!» Pero ellos, en cuanto salieron, divulgaron su fama
por toda aquella región.
Reflexión
Contemplamos a estos dos ciegos con
sus bastones por el camino. Van corriendo “a trompicones”. Quizás
siguen apresuradamente a algún lazarillo que les lleva detrás de
Jesús hasta que agotados lo alcanzan. Pero el Maestro parece
no darse cuenta de su estado. Les pregunta: “Creéis que
puedo curaros...” ¿No habrían demostrado ya su fe corriendo a
ciegas, y aún clamando misericordia por el camino? Jesús quiere
provocar en ellos una adhesión plena porque eran hombres iluminados
por la fe. Para ellos, recuperar la vista física será
consecuencia de esa otra visión, más necesaria y profunda: su
fe. El verdadero milagro es invisible y está en el
interior de cada hombre que cree.
La fe que
estos hombres tenían en sus corazones no les ahorró ningún
esfuerzo, ninguna dificultad a la hora de alcanzar a Jesús.
Es verdad que gracias a la fe nuestra vida espiritual
crece y se “ilumina”, sin embargo, ni siquiera en el
ámbito espiritual tener fe significa automáticamente poseer un conocimiento cierto,
o una seguridad completa. Porque la fe sólo es auténtica
cuando se conquista paso a paso, entre caídas y temblores,
entre oscuridades y gritos de auxilio. Le fe es una
lucha, al estilo de san Pablo: “He combatido bien mi
combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe”
(2Tim 4, 7-8).
No dudemos, y sobre todo no temamos a
las oscuridades y a las dudas de la vida. Cuando
todo esto nos ocurra en el camino, por más arduas
que se presenten, precisamente por eso, debemos alegrarnos de que
así sea. Las pruebas de la fe son garantía de
su autenticidad. Entonces nuestro caminar será parecido a aquel que
un día recorrieron “a trompicones” dos pobres ciegos iluminados por
la luz de su fe y siguiendo al Señor.
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