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Autor: Ignacio Sarre | Fuente: Catholic.net Dios mandó a su Hijo para salvar al mundo
Juan 3, 16-21. Pascua. Cristo no ha venido para condenar sino para salvarnos.
Dios mandó a su Hijo para salvar al mundo
Juan 3, 16-21
Porque tanto amó Dios al mundo que dio
a su Hijo único, para que todo el que crea
en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque
Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para
juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve
por Él. El que creee en Él, no es juzgado;
pero el que no cree, ya está juzgado, porque no
ha creído en el Nombre del Hijo único de Dios.
Y el juicio está en que vino la luz al
mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la
luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que
obra el mal aborrece la luz y no va a
la luz, para que no sean censuradas sus obras.Pero el
que obra la verdad, va a la luz, para que
quede de manifiesto que sus obras están hechas según Dios».
Reflexión
La oscuridad nos inquieta. La luz, en cambio, nos da
seguridad. En la oscuridad no sabemos dónde estamos. En la
luz podemos encontrar un camino. En pocas líneas, el Evangelio
nos presenta los dos grandes misterios de nuestra historia. Por
un lado, “tanto amó Dios al mundo”. Sin que lo
mereciéramos, nos entregó lo más amado. Aún más, se entregó
a sí mismo para darnos la vida. Cristo vino al
mundo para iluminar nuestra existencia. Y en contraste, “vino la
luz al mundo y los hombres amaron más las tinieblas
que la luz”. No acabamos de darnos cuenta de lo
que significa este amor de Dios, inmenso, gratuito, desinteresado, un
amor hasta el extremo.
El infinito amor de Dios se encuentra
con el drama de nuestra libertad que a veces elige
el mal, la oscuridad, aún a pesar de desear ardientemente
estar en la luz. Pero precisamente, Cristo no ha venido
para condenar sino para salvarnos. Viene a ser luz en
un mundo entenebrecido por el pecado, quiere dar sentido a
nuestro caminar.
Obrar en la verdad es la mejor manera
de vivir en la luz. Y obrar en la verdad
es vivir en el amor. Dejarnos penetrar por el amor
de Dios “que entregó a su Hijo unigénito”, y buscar
corresponderle con nuestra entrega.
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