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Autor: German Sánchez Griese | Fuente: Catholic.net 5. La raíz de toda conversión: la humildad
La humildad es necesaria para el crecimiento en la vida espiritual
Nos hemos dado cuenta que para ser santos, para convertirnos
en otro Cristo, debemos aceptar nuestra condición de criaturas: salimos
de Dios, somos de Dios y regresaremos a Dios. Esta
verdad, tan sencilla y que se expresa de un modo
tan concreto, nos cuesta mucho trabajo vivirla. No nos gusta
que nadie nos diga lo que tenemos que hacer. Las
pasiones, que se reflejan principalmente en nuestro defecto dominante, llegan
a apoderarse de tal manera de nuestra vida, que hay
ocasiones en las que no sabemos quien vive en nosotros:
no distinguimos ya entre nuestros propios deseos y las órdenes
que nos lanza nuestras pasiones y nuestro defecto dominante. Hacemos
de nuestra vida un modo para satisfacer y dar gusto
a nuestro defecto dominante.
Es cierto que con nuestro programa de
reforma de vida, estamos creciendo interiormente, pero mientras no tengamos
una clara conciencia de que somos criaturas de Dios, de
que dependemos de Él, nuestro avance será lento en el
camino para adquirir la santidad. Estaremos construyendo nuestra santidad en
la arena y no en roca firme, como nos sugiere
el Evangelio. Podemos entusiasmarnos por unos días, por unas semanas,
o por unos meses en este camino que hemos emprendido.
Pero tarde o temprano, si en la base de este
combate contra el defecto dominante no está la humildad, nos
desanimaremos y dejaremos de realizar cualquier esfuerzo para seguir adelante.
¿Qué
debemos hacer para ser humildes?
Toma tu evangelio y ábrelo
en el capítulo 15 de San Lucas, de los versículos
11 al 31. Ahí Cristo nos relata la historia del
hijo pródigo. ¿Cuántas veces hemos meditado estas parábolas? Ahora quiero
que las leas con calma, saboreándolas y aplicándolas a tu
vida, principalmente a tu programa de crecimiento interior. Detente un
poco en esta frase: “Y entrando en sí mismo dijo:
¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, mientras
que yo aquí me muero de hambre! Me levantaré, iré
a mi padre y le diré: Padre, pequé contra el
cielo y ante ti. Ya no merezco ser llamado hijo
tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros. Y, levantándose,
partió hacia su padre.” (Lc. 15, 17-20)
Para ser humilde debemos
seguir los pasos de este hijo pródigo en ese momento,
que es el momento de su conversión. Este hijo pródigo,
después de desperdiciar la herencia, se da cuenta que lo
ha perdido todo:¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en
abundancia, mientras que yo aquí me muero de hambre! Él,
como nosotros, ha malgastado la hacienda que le ha dado
su padre, que no es otra cosa que la capacidad
de ser Hijo de Dios. Nosotros como criaturas nos hemos
revelado frente a Dios, como los ángeles caídos (2Pe, 4)
y le hemos dicho que preferimos seguir con nuestro defecto
dominante que seguirlo a Él.
La humildad es reconocerse criatura
de Dios. Y muchas veces criatura alejada de Dios por
el pecado.
La humildad no es una lamentación de nuestra condición
de pecadores que se han alejado de Dios, sino constatación
de una verdad: soy hijo de Dios, soy criatura. Y
como criatura que soy debo seguir las indicaciones de mi
Creador. Lo que sucede es que muchas veces no sigo
esas indicaciones, sino que sigo las indicaciones de mi pereza
o de mi soberbia, es decir, de mi defecto dominante.
Muchos autores espirituales de nuestros días han expresado esta idea
con diversos simbolismos. Escuchemos a uno de ellos:
“Yo anhelo,
Señor, esta santa indiferencia que me anulará a mí mismo para
fundirme en Ti. Y poder yacer en tus manos como fiel
de balanza Para que Tú lo inclines hacia donde se te
antoje.
Y como papel en blanco, Para que en él escribas lo
que quieras. Y como agua cristalina entre tus manos, Para que Tú
la viertas en el vaso que te plazca. Y como barro
de alfarero, Para que Tú lo moldees como te convenga. Y como
borrico de carga, Para llevarme donde más me necesites.
Y como
niño de pecho en brazos de su madre, Para no poder
ir donde Tú no vayas Y para ir contigo siempre a
dondequiera que Tú fueres.
Y como baratija en manos de un
niño Para que a tu antojo, te diviertas o me destroces... Mas,
¡qué alta está, Dios mío, la cumbre de esta perfección! ¡Y cómo
se enredan en mis pies los ásperos matorrales de sus
senderos!”
Esta es la cumbre de la perfección a la que
estamos llamados: como criaturas de Dios depender en todo de
Él, sabiendo que sólo en Él se encuentra la felicidad.
Lo que sucede es que tratamos de llenar esa felicidad
con mil y un sucedáneos: cosas materiales, afectos, sentimientos, ansias
de poder y todo lo que nos proponen nuestras pasiones
a través de nuestro defecto dominante.
Pero ser humilde no es
buscar en el exterior las cosas que nos hagan ser
más humildes. Humilde no es el que vive arrumbado en
un rincón, lejos de la vista de todos, con la
mirada siempre agachada, temeroso de que lo vean. Esa puede
ser una caricatura de la humildad y esconder ahí una
gran soberbia. Humilde es el que se reconoce como hijo
de Dios y basándose en ese reconocimiento acepta las condiciones
de esa filiación, acepta las condiciones de la amistad con
Cristo. Que esas condiciones le piden aceptar una enfermedad, o
un malestar físico pasajero... pues las acepta gozoso porque es
humilde y se sabe que es lo que Dios quiere
de Él en ese momento. Que a su esposo le
ha ido bien en el negocio y pueden disfrutar de
un fin de semana extra o comprarse un vestido nuevo,
pues lo acepta por que en esos momentos es la
voluntad de Dios y no lo anda presumiendo entre sus
amigas. Que uno de sus hijos está pasando por un
mal momento y necesita quizás un poco más de comprensión
y cercanía... como es humilde sabe renunciar quizás a una
tarde de dominó con los amigos y decide invitar a
ese hijo o hija a cenar, a tomar un café
y platicar con él o con ella, a estar cerca
de él. Que en la Universidad me han ofrecido el
plan de irme de vacaciones de Semana Santa a una
playa de ensueño, pero sé que también podría dedicar ese
tiempo para catequizar a comunidades que pocas o raras veces
tienen la oportunidad de escuchar la palabra de Dios... como
es humilde sabe posponer los planes personales por los planes
de Dios.
No podemos dar un recetario mágico ni una casuística
pormenorizada de los casos en que se vive la humildad.
Debemos partir de la base que cada uno debe reconocerse
como hijo de Dios para aceptar las condiciones de esta
filiación y de esta amistad. Esto requiere mucha reflexión. Mucho
dominio de sí mismo y mucha valentía. La humildad es
una virtud para almas fuertes, para almas que quieren ser
santos y no para almas apoquinadas que se conforman con
“ir tirando más o menos” en su vida de cristianos.
Tienes
la meta que es tu conversión, tu santidad. Tienes los
medios que son tu programa de reforma de vida, tu
programa de crecimiento interior. Tienes el motor motivación-orden, que es
tu fuerza de voluntad. Pero si no tienes la base
que es la humildad para reconocer lo que eres, en
donde te encuentras y hacia donde quieres llegar, no podrás
avanzar mucho en tu camino hacia la santidad.
Para ser humilde
debes reconocerte en todo momento como hijo o hija de
Dios. Y cuando fallas, aceptar esas fallas como un alejamiento
de lo que Dios quiere de ti. Eso lo veremos
en el siguiente artículo, cuando hablemos de las fallas en
tu condición de criatura. Te dejo con unas claves de
la humildad que te ayudarán a vivir cada día tu
condición de criatura. No son fáciles de leer, porque no
son fáciles de vivir, pero bien vale la pena hacer
el esfuerzo.
Estas claves te recordarán a cada momento lo que
debes ser. A veces parecerán duras, pero en realidad llevan
una gran sabiduría espiritual. Intenta vivir una cada día. Verás
como al final de un tiempo tú mismo acabarás por
no reconocerte. Empezarás a ser verdaderamente una criatura de Dios:
hijo de Dios y hermano de Jesucristo.
Las claves de la
humildad.
Librame Jesús del deseo de ser: Estimado Amado Proclamado Ensalzado Alabado Preferido Consultado Aprobado Justipreciado
Librame Jesús del temor de
ser: Humillado Despreciado Despedido Rechazado Calumniado Olvidado Ridiculizado Injuriado Sospechoso
Librame Jesús del disgusto de que no se siga mi
opinión
Jesús, que los demás: Sean
más amados que yo Sean preferidos a mí Crezcan en la opinión
del mundo y yo disminuya. Sean llamados a ocupar cargos y
yo relegado al olvido Sean alabados y nadie se preocupe de
mí Sean preferidos a mí en todo.
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Creo que de la humildad parte la Fe, y si la Fe mueve montañas.... ¿q me hace falta para ser humilde?... es requisito indispensable!!!!
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