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Autor: Germán Sánchez Griese | Fuente: Catholic.net 10. Recapitulación.
No bastan las ilusiones, es necesario una voluntad firme.
Es bueno detenernos un poco y hacer un resumen de
lo que hemos hablado hasta este momento. Espero que al
mismo tiempo que has leído todos estos artículos también los
hayas ido poniendo en práctica. Tú bien sabemos que lo
aquí expuesto no es simplemente para contemplarse, sino para ser
llevado a la práctica de cada día. Ojalá que antes
de seguir adelante con este programa de crecimiento interior puedas
detenerte por un momento para hacer un balance de lo
ya adquirido. ¿He mejorado? ¿Reconozco en mí al hombre y
la mujer que Dios quiere de mí? ¿Vislumbro ya algunas
cosas buenas? ¿En qué he cambiado más? ¿Qué me falta
por cambiar? ¿Qué me cuesta más del cambio que debo
hacer?
Preguntas sencillas, pero que están en cierto modo desordenadas. Vamos
a tratar de ir haciendo un resumen y así lograr
un orden en nuestra recapitulación.
Comenzamos estos artículos buscando la
imagen que Dios había puesto en nosotros mismos, sabiendo que
al alcanzar esa imagen conseguiríamos nuestra felicidad. Nos dimos cuenta
que si no tengo clara esa imagen de lo que
Dios quiere de mi vida la rutina de la vida,
las distracciones y tentaciones del mundo pueden ir borrando esa
imagen y entonces ponemos todos nuestros afanes en cosas que
no nos dan una verdadera felicidad. Por lo tanto, y
este sería el primer momento de nuestra recapitulación, habría que
revisar con cuánta frescura recuerdo el ideal al que debo
llegar. Y más que frescura yo te propondría que revisaras
con cuánta ilusión recuerdas y tienes presente el ideal al
que quieres llegar. Los atletas cuando se preparan a una
competencia muy importante, deben realizar un entrenamiento duro y pesado:
largas horas de gimnasio, ejercicios que parecen no tener fin,
jornadas agotadoras que comienzan en la mañana y terminan ya
muy entrada la tarde, una alimentación en la que no
hay nada de antojos. ¿Y todo por qué? Por que
se tiene en mente el triunfo, la competencia, el siguiente
torneo, la próxima Olimpíada. El atleta cada día mide su
avance, compara sus músculos en el espejo con aquella imagen
ideal que él se ha formado. Y no nos vayamos
muy lejos. Cuántas mujeres y hombres que sin ser atletas
al saberse que están un poco pasados de peso se
ponen a régimen. La dieta de la luna, la dieta
anti-grasa, la dieta basada en aminoácidos o carbohidratos, la dieta
de ensaladas y frutas. ¿Y todo por qué? Porque se
tiene en mente una figura con cinco, diez o quince
kilos menos. Y esa imagen es la que les hace
aguantarse las ganas de comer un pastel de chocolate con
crema chantillí o una malteada de fresa.
La lucha del espíritu
requiere también una gran fortaleza. Somos hombres y mujeres, con
nuestras tendencias a lo fácil, lo menos pesado. Podemos disfrutar
la felicidad pasajera y pensar que esa es la verdadera
felicidad. Entonces hipotecamos nuestra felicidad eterna por un momento de
esta felicidad terrena. Y así, pensamos que la felicidad plena
y total está en la posesión de bienes, en el
poder, en la capacidad de hacer que se haga lo
que yo quiero en todo momento y frente a todas
las personas. Es necesario por tanto, tener siempre presente el
ideal que Dios ha pensado para nosotros y no el
ideal que nosotros nos hemos forjado.
Este ideal ya debería
haber quedado plasmado en tu programa de reforma de vida,
en tu programa de crecimiento interior. NO basta simple y
sencillamente con querer las cosas, con imaginarnos las cosas, con
tener buenos deseos. Si no te fijas un programa, una
guía y un calendario, ya te podrás imaginar que al
cabo de un mes, a lo más dos meses y
medio, volverás otra vez a ser el mismo o la
misma que antes. ¿Qué habrá pasado? Simple y sencillamente que
no te fijaste pautas certeras y claras para tu trabajo
espiritual. Lo dejaste todo a la ilusión, a las buenas
intenciones al “yo hubiera querido” o “cuánto me gustaría ser
un hombre o una mujer nueva”. Programa, guía y calendario.
Qué voy a hacer, cómo lo voy a hacer y
cuándo lo voy a hacer. Todo esto plasmado, ya lo
hemos repetido varias veces. En tu programa de reforma de
vida.
Y ese programa de reforma de vida debe tener dos
cualidades primordiales: ser capaz de enfrentarte a tu defecto dominante
y darte una gran fuerza, ilusión y motivación espiritual. Si
faltan algunos de estos dos ingredientes, el programa estará cojo
y tarde o temprano caerá por tierra. Si no te
ayuda a ver de frente a tu defecto dominante corre
el peligro de convertirse en un programa “muy bonito”, “muy
piadoso”. Te ayudará a pasar mejor esta vida, a acercarte
más a Dios, no hay duda de esa, pero dudo
mucho que seas eficaz en tu labor de irte transformando
poco a poco en ese hombre y mujer que Dios
siempre ha pensado de ti. No estará luchando por nada
concreto, solamente por sentirte bien espiritualmente, pero ¿te estarás transformando
en un nuevo Cristo que el mundo necesita? Permíteme decirte
que lo dudo mucho.
Si a tu programa de reforma de
vida le falta la ilusión, la energía espiritual que todos
los días debe hacerte brincar y lanzarte hacia nuevas conquistas,
pequeñas pero duraderas, podrá convertirse en un martirio. No con
esto quiero decir que no haya lucha y que no
haya sacrificio. ¿Qué se puede conseguir en la vida que
sea bueno y duradero que no cueste trabajo? Lo que
intento decir es que si no hay en tu programa
una ilusión por avanzar, por ser mejor cada día, sin
ese elemento de ilusión muy pronto podrás caer en un
defecto que hace de las almas llamadas a alcanzar grandes
metas, unas almas que se debaten en la mediocridad. Me
refiero al defecto de la rutina. Hacemos las cosas, porque
debemos hacerlas. Hacemos las cosas porque es bueno mantenernos en
gracia de Dios y así alcanzar la vida eterna. Hacemos
las cosas porque tenemos miedo a Dios que nos puede
castigar y lanzar a los infiernos. Hacemos las cosas, porque
no sabemos hacer otras cosas diferentes. ¡Qué pena es cuando
un alma ha perdido esa lozanía, esa frescura de la
que hablábamos al principio de este capítulo! Se parecen a
aquellas personas que van por la vida, como zombis, como
autómatas, actuando como robots, sin ver más allá de un
horizonte gris e igual para todos los días. Con un
poco de ilusión, teniendo la meta cercana a su corazón
la vida espiritual puede ser no solamente interesante, sino apasionante:
buscar siempre nuevas metas, nuevos horizontes.
Hemos visto también que junto
con la ilusión y las metas claras y bien definidas,
debe darse una voluntad bien formada. No bastan las ilusiones,
es necesario una voluntad firme que te ayude a alcanzar
tus metas espirituales. ¿Recuerdas los ejercicios que te aconseje para
alcanzar esa fuerza de tu voluntad? De vez en cuando
es bueno recordarlos, ¿no crees? Además, conforme se avanza
en la vida espiritual las metas pueden hacerse más difíciles
y es entonces cuando requerimos de una mayor fuerza de
voluntad.
Por último hemos aprendido a quitar esos abrojos y espinos
de nuestro corazón a través de la purificación interior. Con
nuestra confesión bien llevada podemos estar seguros de hacer ese
“servicio de mantenimiento” cada vez que sea necesario y así
tener nuestro corazón siempre en regla, siempre en orden.
Si te
has dado cuenta, la recapitulación hecha hasta ahora nos ha
servido para darnos una idea del lugar en donde nos
encontramos. Aún nos falta un poco de camino.
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