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Autor: Germán Sánchez Griese | Fuente: Catholic.net 12. Perseverancia
Lo importante es que poner los medios para perseverar en el camino iniciado.
Con este último artículo llegamos al principio. ¿Al principio? ¿Me
habré equivocado o se habrá equivocado el editor de catholic.net
al escribir estas palabras? No. No ha habido ninguna equivocación
en ninguno de nosotros. Lo confirmo: con este último artículo
llegamos al principio. Al principio de la historia de tu
vida que de ahora en adelante deberás escribir de cara
a Dios.
Son muchas cosas las que hemos aprendido juntos en
esta serie. No he pretendido ni con mucho abarcar todo
lo referente a un programa de vida. Podríamos continuar incesantemente
nuestra charla ahondando en diversos puntos, ejemplificando quizás un poco
más algunos pasajes que podrían parecer oscuros. Pero este no
es nuestro cometido. Tan sólo he querido dejarte un par
de alas para que volaras hacia la santidad. ¿He logrado
mi objetivo? No lo sé. La respuesta me la darás
tú con tu vida de santidad. Y es más. No
me la darás a mí, sino a Dios y a
la humanidad que tanto necesitan de santos en nuestros días.
Quién
eres en realidad
Ahora te conoces un poco más. Al bajar
a tu interior, al hacer la experiencia de ti mismo
buscando el hombre o la mujer perfecta que Dios espera
de ti, te habrás dado cuenta quién eres en realidad.
Después de una labor de purificación te has quitado el
maquillaje de todo aquello que no es Dios para buscarlo
cada día más “con todo tu corazón, con toda tu
alma y con todas tus fuerzas”. Te habrás dado cuenta
en cuantos aljibes rotos estabas buscando la felicidad. Depósitos de
agua en donde encontrabas placer, que no es lo mismo
que felicidad. Pozos aparentemente llenos de agua, pero que eran
engañosos, pues en su profundidad no existían veneros de agua
viva sino fango y lodo que sólo enturbiaban cada día
más tu vida. De alguna manera conocer la diferencia entre
el bien y el mal, entre lo pasajero y lo
permanente, entre el tiempo y la eternidad, entre la vida
y la muerte, es sin duda fruto de una conciencia
cada vez más clara, más delicada que te acompaña en
tu vida como herramienta indispensable para adquirir la santidad.
Vencerse
a sí mismo
Habrás comenzado a experimentar una mayor fuerza de
voluntad. Un aprender a vencerte a ti mismo a pesar
de las circunstancias personales o ambientales adversas a tu programa
de vida. No está mal el sentirse con ganas de
tirar todo por la borda cuando las dificultades arrecian. Lo
malo es dejarnos llevar de esas circunstancias y acabar en
un día con meses y quizás años de trabajo. Para
“fabricar” la santidad se necesitan años, para destruirla, tan sólo
unos segundos. Por ello, la fuerza de voluntad que has
adquirido será siempre de gran ayuda, siempre y cuando la
pongas en práctica cada vez que sea necesario. Y me
parece que todos los días es necesario aplicarnos una buena
dosis de férrea voluntad, máxime en el mundo en el
que vivimos.
Te has acercado más a Dos a través de
la oración, de la confesión y de la Eucaristía como
alimento indispensable de tu alma. Comienzas a moverte en la
dimensión de lo espiritual sin perder los pies en la
tierra: “Tener el alma en el cielo y los pies
en la tierra”.
En pocas palabras, ahora conoces la ruta de
tu vida y cuentas con los aparejos necesarios para llegar
a puerto seguro.
¿Qué sigue?
La pregunta inevitable es ¿y ahora qué?
Por un lado nos damos cuenta que ya no somos
los de antes, pero por otra parte aún no hemos
alcanzado lo que nos hemos propuesto en nuestro programa de
vida. Entonces, ¿qué hemos comenzado a hacer? Hemos comenzado a
vivir un catolicismo integral. Integral con una doble vertiente: personal
y social. Personal porque está abarcando toda la persona humana
con sus valores físicos intelectuales, volitivos, afectivos, espirituales y morales.
Y social pues debe extenderse a todos los niveles de
nuestra vida social: comenzando con nuestra familia, en nuestra actividad
profesional o estudiantil, con nuestras amistades, con todas aquellas personas
con las que convivimos diariamente y sobretodo con las que
más necesidad pueden tener de nosotros, ya sea en lo
espiritual o en lo material.
Este catolicismo integral al que nos
ha portado nuestro programa de reforma de vida no es
a prueba del tiempo. Es necesario renovarlo, estar al pendiente
de los avatares que sobre él puedan acaecer. Existe en
primer lugar el peligro del desgaste de la vida diaria.
Podemos dejarnos superar por los golpes que nos da la
vida, o simplemente por esa erosión constante y continua a
la que nos sometemos todos los días y que sin
darnos cuenta va rebajando cotidianamente le frescura de nuestra entrega.
Cuántas veces nos sucede que después de la experiencia de
una jornada de desierto o de retiro espiritual volvemos con
mucho entusiasmo a combatir nuestro defecto dominante. Y sin embargo
después de unas semanas, de unos meses, esa frescura se
ha ido marchitando y lo que nos parecía ligero, lo
que no nos costaba trabajo parecería que con el
paso del tiempo ha ido acumulando quién sabe de dónde,
un peso insoportable. Es el desgaste de la vida diaria.
O
bien puede ser ese cansancio del alma en el cotidiano
ejercicio de las virtudes que nos hace siempre cuesta arriba
el camino de la santidad. Lo sabemos: no somos ángeles,
somos santos y llevamos en nuestra carne mortal el constante
punzón de la tentación por seguir el camino más fácil,
la senda menos perfecta, lo que se acomoda más a
nuestras pasiones. Y el trabajar un día y otro día
contra nuestro defecto dominante, ver que avanzamos poco o
nada, o incluso que llegamos a retroceder puede causarnos malestar
y como los boxeadores en el cuadrilátero cuando se ven
apabullados por el adversario, sentir unas ganas terribles de “arrojar
la toalla”, sacar una bandera o un pañuelo blanco y
pedir paz por un instante.
Un peligro siempre latente es el
debilitamiento de nuestro carácter al estarse oponiendo constantemente al forcejeo
de las pasiones rebeldes. Si bien nuestra fuerza de voluntad
es nuestra gran aliada, es cierto también que no estamos
hechos de acero y que tarde o temprano vamos a
sufrir las consecuencias de un ablandecimiento de nuestro carácter. Los
muros pueden ser de piedra, pero hasta la piedra más
dura tiende a horadarse.
Debemos por lo tanto estar alertas y
no pensar que la perseverancia en la lucha por el
bien, en la carrera por adquirir la santidad es así
de fácil y sencillo. No basta hacernos el firme propósito
de querer cumplir con el programa de reforma de vida.
Debemos poner medios para perseverar en su cumplimiento.
Perseverar, seguir adelante,
no desfallecer una vez que se ha iniciado el camino.
Los
medios
Busca los mejores medios para perseverar. Aquellas formas en las
que puedas renovar tu espíritu para no dejarlo marchitar por
el sol y el bregar de la lucha cotidiana. Date
un tiempo para retirarte de todo y buscar la frescura
de tu entrega. ¿Qué te parece una jornada de oración
al mes, un día de completo retiro y aislamiento, donde
tu alma pueda encontrar nuevamente el espacio vital para crecer,
fortalecerse, recobrar fuerzas? Los atletas tienen también sus tiempos de
descanso para dejar que los músculos se recuperen después de
un arduo esfuerzo. ¿Crees que tu alma puede ir en
la vida sin reposo, sin serenidad, sin un tiempo de
encuentro entre ella y su creador?
¿Cómo te vendría el buscar
un grupo de oración en donde cada semana pudieras refrescar
tus ideales y ponerlos en común? Alguien ha dicho que
el sentirse acompañado en la lucha por el bien da
más ánimos que la soledad en la lucha.
¿Qué me dices
de tu participación en un apostolado organizado, de grandes miras,
que te ayude a poner por obra todo aquello que
estás adquiriendo con tu programa de reforma de vida? Un
apostolado renueva tu alma, te hace crecer al buscar siempre
dar lo mejor de ti mismo a los demás.
La lista
podría ser infinita. Lo importante es que pongas los medios
para perseverar en este camino que has iniciado.
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