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Autor: P. Mariano de Blas L.C. | Fuente: Catholic.net Madre mía te quiero con todo mi corazón
Caminar contigo es tocar el cielo con la mano; vivir junto a Ti es ya adelantar la gloria. Contigo los dolores se mitigan, las amargas lágrimas se detienen.
Madre mía te quiero con todo mi corazón
Dulcísima
Madre mía, he venido a saludarte con cariño en este nuevo
día. ¿Quién te hizo tan bella? Quizás Tú no lo sepas, pero yo
no puedo contemplar tu rostro y mirar tus ojos de cielo sin
emocionarme hasta el alma.
¿Quién me amó tanto, tanto, que me hizo
hijo luyo? Hermosísima Reina, Madre de bondad, estás hecha de bondad
y de amor.
¡Qué felices nos has hecho, qué afortunados por
tenerte como madre! Era yo un gitanillo que inspiraba compasión, Era un
niño pobre, un niño malo. Había caminado descalzo Por sendas de
piedras y maleza; traía una carita sucia de lágrimas antiguas y
polvo de muchos caminos.
Era un niño pequeño, pero había sufrido
ya como adulto. Se me había olvidado la sonrisa. El futuro era
negro de nubes espesas. Y, de pronto, apareciste Tú en mi
vida. Una mujer muy hermosa, una mujer que inspiraba todo el cariño
del mundo.
Me mirabas con una sonrisa de cielo. Me llamaste
con una voz tan dulce… Me esforcé en sonreír un tanto,
y me fui acercando temblando de emoción. De pronto, tus manos
se abrieron y me sumergí en un abrazo tan dulce que todas
mis penas se fueron; y me sentí el niño más feliz
del mundo.
Pero mi alegría fue más grande que yo mismo, cuando
de tus labios graciosos brotó esta palabra: “Hijo mío.” Quise decir
algo que brotaba con ímpetu del corazón. No pude decirlo, no
me atrevía. Miré mis sandalias rotas, mi vestido raído; mi corazón y
mis manos no eran limpios.
“Hijo mío, cuanto te quiero, cuánto te
he esperado, hijo de mi alma.” Entonces ya no pude callarme
y le dije con las lágrimas más puras y la alegría
de un niño feliz: “Madre mía te quiero con todo mi
corazón.” Y un abrazo fundió a la Madre pura y santa y al
niño pecador.
“He ahí a tu Madre, he ahí a tu
hijo” El que dijo estas bellas palabras era Dios mismo, un Dios que
moría por mí en una cruz: un Dios que me dio
a su misma madre en un impulso de amor. No es un
rato de contento, es una eternidad de felicidad. La eternidad de la
alegría comenzó desde ese momento en que Jesús dijo esas palabras en
la cruz. Nos daba su vida y su sangre, nos daba la
Madre de sus sueños.
Desde entonces ya no soy el niño
malo; que malo no puedo seguir siendo junto a una Madre tan
buena. Ya no soy un niño huérfano, ni triste ni harapiento. Soy el
niño más feliz. Ya mis lágrimas son de de amor y
alegría, por Ella, por mi Madre del cielo.
Caminar contigo es
tocar el cielo con la mano; vivir junto a Ti es
ya adelantar la gloria. Contigo los dolores se mitigan, las amargas lágrimas
se detienen y el desierto vuelve a florecer. Mi desierto ha vuelto
a florecer. Todo cambió desde aquel día, el día maravilloso en
que te conocí, oh Madre. Yo no te conocía, primor de
los valles. Ignoraba que existías, amor de mi vida. Pasé junto a
valles hermosos y bellísimas flores y nunca imaginé que Tú tenías
la luz y la belleza de los valles y las
flores. Vida mía, amor mío, Vida, belleza y amor ensamblados.
Eres una
senda florecida que me ha conducido a Dios. Me enamoré de Ti
primero para siempre, pero tu amor me llevó dulcemente, sin
fatiga, hacia el Dios Amor. Tú me hiciste querer a ese ser
infinitamente amable. Presentaste a mis ojos a un Dios Niño, ternura infinita, un
encanto de Dios hecho niño por mí.
La mujer que es
amor llevando en sus brazos al Niño que es amor, porque
es el Niño Dios. Oh Madre dulcísima, no quiero jamás separarme de
Ti, no quiero jamás separarme del Dios que me has enseñado a
querer; el mismo Dios que Tú amas tanto porque es tu
Dios y es hijo de tus entrañas. Enséñame a amarlo con
todo mi corazón.
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