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Autor: Benedicto XVI | Fuente: Catgolic.net María y el sacerdote
Los sacerdotes, como María, están comprometidos en la misión de proclamar, testimoniar y dar a Cristo al mundo.
María y el sacerdote
Queridos hermanos y hermanas:
En la celebración de
la solemnidad de la Asunción de la santísima Virgen, y
como estamos en el contexto del Año sacerdotal; deseo hablar
del nexo entre la Virgen y el sacerdocio. Es un
nexo profundamente enraizado en el misterio de la Encarnación. Cuando
Dios decidió hacerse hombre en su Hijo, necesitaba el "sí"
libre de una criatura suya. Dios no actúa contra nuestra
libertad. Y sucede algo realmente extraordinario: Dios se hace
dependiente de la libertad, del "sí" de una criatura suya;
espera este "sí". San Bernardo de Claraval, en una de
sus homilías, explicó de modo dramático este momento decisivo de
la historia universal, donde el cielo, la tierra y Dios
mismo esperan lo que dirá esta criatura.
El
"sí" de María es, por consiguiente, la puerta por la
que Dios pudo entrar en el mundo, hacerse hombre. Así
María está real y profundamente involucrada en el misterio de
la Encarnación, de nuestra salvación. Y la Encarnación, el hacerse
hombre del Hijo, desde el inicio estaba orientada al don
de sí mismo, a entregarse con mucho amor en la
cruz a fin de convertirse en pan para la vida
del mundo. De este modo sacrificio, sacerdocio y Encarnación van
unidos, y María se encuentra en el centro de este
misterio.
Pasemos ahora a la cruz. Jesús, antes
de morir, ve a su Madre al pie de la
cruz y ve al hijo amado; y este hijo amado
ciertamente es una persona, un individuo muy importante; pero es
más: es un ejemplo, una prefiguración de todos los
discípulos amados, de todas las personas llamadas por el Señor
a ser "discípulo amado" y, en consecuencia, de modo particular
también de los sacerdotes.
Jesús dice a María:
"Madre, ahí tienes a tu hijo" (Jn 19, 26).
Es una especie de testamento: encomienda a su Madre
al cuidado del hijo, del discípulo. Pero también dice al
discípulo: "Ahí tienes a tu madre" (Jn 19, 27).
El Evangelio nos dice que desde ese momento san Juan,
el hijo predilecto, acogió a la madre María "en su
casa". Así dice la traducción italiana, pero el texto griego
es mucho más profundo, mucho más rico. Podríamos traducir:
acogió a María en lo íntimo de su vida, de
su ser, "eis tà ìdia", en la profundidad de su
ser.
Acoger a María significa introducirla en el
dinamismo de toda la propia existencia -no es algo exterior-
y en todo lo que constituye el horizonte del propio
apostolado. Me parece que se comprende, por lo tanto, que
la peculiar relación de maternidad que existe entre María y
los presbíteros es la fuente primaria, el motivo fundamental de
la predilección que alberga por cada uno de ellos. De
hecho, son dos las razones de la predilección que María
siente por ellos: porque se asemejan más a Jesús,
amor supremo de su corazón, y porque también ellos, como
ella, están comprometidos en la misión de proclamar, testimoniar y
dar a Cristo al mundo. Por su identificación y conformación
sacramental a Jesús, Hijo de Dios e Hijo de María,
todo sacerdote puede y debe sentirse verdaderamente hijo predilecto de
esta altísima y humildísima Madre.
El Concilio Vaticano
II invita a los sacerdotes a contemplar a María como
el modelo perfecto de su propia existencia, invocándola como "Madre
del sumo y eterno Sacerdote, Reina de los Apóstoles, Auxilio
de los presbíteros en su ministerio". Y los presbíteros -prosigue
el Concilio- "han de venerarla y amarla con devoción y
culto filial" (cf. Presbyterorum ordinis, 18).
El santo cura de Ars, en quien pensamos de modo
particular este año, solía repetir: "Jesucristo, cuando nos dio
todo lo que nos podía dar, quiso hacernos herederos de
lo más precioso que tenía, es decir, de su santa
Madre" (B. Nodet, Il pensiero e l´anima del Curato d´Ars,
Turín 1967, p. 305). Esto vale para todo cristiano, para
todos nosotros, pero de modo especial para los sacerdotes.
Queridos hermanos y hermanas, oremos para que
María haga a todos los sacerdotes, en todos los problemas
del mundo de hoy, conformes a la imagen de su
Hijo Jesús, dispensadores del tesoro inestimable de su amor de
Pastor bueno. ¡María, Madre de los sacerdotes, ruega por nosotros!
Audincia General del miércoles 12 de agosto 2009.
Año Sacerdotal y Festividad de la Asunción de la Santísima
Virgen
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