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Autor: Cardenal Angelo Sodano | Fuente: Catholic.net Juan Pablo II el Grande, heraldo de la civilización del amor
Que el mensaje de Juan Pablo II, permanezca siempre grabado en el corazón de los hombres de hoy.
Juan Pablo II el Grande, heraldo de la civilización del amor
En estos días, en que recordamos con gran cariño al
Papa Juan Pablo II, podemos hacer una meditación acerca de
la homilía que pronunció el cardenal Angelo Sodano en la
misa de sufragio por Juan Pablo II que presidió en
la plaza de San Pedro del Vaticano, en la mañana
del Domingo de la Divina Misericordia.
"Venerados concelebrantes, distinguidas autoridades,
hermanos y hermanas en el Señor.
El canto del Aleluya
resuena hoy más solemnemente que nunca.
Es verdad. Nuestro espíritu
está sacudido por un hecho doloroso: nuestro padre y pastor,
Juan Pablo II, nos ha dejado. Sin embargo, durante más
de veinte años siempre nos invitó a mirar a Cristo,
única razón de nuestra esperanza.
Durante más de 26 años,
ha llevado a todas las plazas del mundo el Evangelio
de la esperanza cristiana, enseñando a todos que nuestra muerte
no es más que un paso hacia la patria del
cielo. Allí está nuestro destino eterno, donde nos espera Dios,
nuestro Padre.
El dolor del cristiano se transforma inmediatamente en
una actitud de profunda serenidad. Ésta nos viene de la
fe en Aquél que dijo: «Yo soy la resurrección El
que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el
que vive y cree en mí, no morirá jamás» (Cf.
Juan 11,25-26).
Ciertamente el afecto por las personas queridas nos
lleva a derramar lágrimas de dolor, en el momento de
la separación, pero sigue siendo actual el llamamiento que ya
dirigía el apóstol Pablo a los cristianos de Tesalónica, cuando
les invitaba a no entristecerse «como quienes no tienen esperanza»,
«sicut coeteri, qui spem non habent» (1 Tesalonicenses 4, 13).
Hermanos, la fe nos invita a alzar la cabeza y
a mirar lejos, ¡a mirar hacia lo alto! De este
modo, mientras hoy lloramos el hecho de que el Papa
nos ha dejado, abramos el corazón a la visión de
nuestro destino eterno.
En las misas por los difuntos, hay
una bella frase del prefacio: «no se nos quita la
vida, se transforma», «vita mutatur, non tollitur». Y, ¡al destruirse
la morada terrena, se construye otra en el cielo!
Se
explica así la alegría del cristiano en todo momento de
la propia vida. Sabe que, por más pecador que sea,
a su lado siempre está la misericordia de Dios Padre
que le espera. Este es el sentido de la fiesta
de la Divina Misericordia de este día, instituida precisamente por
el difunto Papa Juan Pablo II para subrayar este aspecto
tan consolador del misterio cristiano.
Sería conmovedor releer una de
sus encíclica más bellas, la «Dives in misericordia», que nos
ofreció ya en 1980, en el tercer año de su
pontificado. Entonces el Papa nos invitaba a contemplar al «Padre
de las misericordias y Dios de toda consolación, que nos
consuela en toda tribulación» (Cf. 2 Corintios 1,3-4).
En la
misma encíclica, Juan Pablo II nos invitaba a mirar a
María, la Madre de la Misericordia, que durante la visita
a Isabel, alababa al Señor exclamando: «su misericordia se extiende
de generación en generación» (Cf. Lucas 1, 50).
Nuestro querido
Papa también hizo un llamamiento después a la Iglesia a
ser casa de la misericordia para acoger a todos aquellos
que tienen necesidad de ayuda, de perdón y de amor.
Cuántas veces repitió el Papa en estos 26 años que
las relaciones mutuas entre los hombres y los pueblos no
se pueden basar sólo en la justicia, sino que tienen
que ser perfeccionadas por el amor misericordioso, que es típico
del mensaje cristiano.
Juan Pablo II, o más bien, Juan
Pablo II el Grande, se convierte así en el heraldo
de la civilización del amor, viendo en este término una
de las definiciones más bellas de la «civilización cristiana». Sí,
la civilización cristiana es civilización del amor, diferenciándose radicalmente de
esas civilizaciones del odio que fueron propuestas por el nacimos
y el comunismo.
En la vigilia del Domingo de la
Divina Misericordia pasó el Ángel del Señor por el Palacio
Apostólico Vaticano y le dijo a su siervo bueno y
fiel: «entra en el gozo de tu Señor» (Cf. Mateo
25, 21).
Que desde el cielo vele siempre por nosotros
y nos ayude a «cruzar el umbral de la esperanza»
del que tanto nos había hablado.
Que este mensaje suyo
permanezca siempre grabado en el corazón de los hombres de
hoy. A todos, Juan Pablo II les repite una vez
más las palabras de Cristo: «El Hijo del Hombre no
ha venido para juzgar al mundo, sino para que el
mundo se salve por él» (Cf. Juan 3, 17).
Juan
Pablo II difundió en el mundo este Evangelio de salvación,
invitando a toda la Iglesia a agacharse ante el hombre
de hoy para abrazarle y levantarle con amor redentor. ¡Recojamos
el mensaje de quien nos ha dejado y fructifiquémoslo para
la salvación del mundo!
Y a nuestro inolvidable padre, nosotros
le decimos con las palabras de la Liturgia: «¡Que los
ángeles te lleven al paraíso!», «In Paradisum deducant te Angeli»!
Que un coro festivo te acoja y te conduzca a
la Ciudad Santa, la Jerusalén celestial, para que tengas un
descanso eterno.
¡Amén! "
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