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Autor: SS Juan Pablo II | Fuente: Homilía a los jóvenes.Vaticano, 15 de marzo 2005 ¡Te adoro escondido en la Hostia!
SS Juan Pablo II Homilía a los jóvenes. Vaticano, 15 de marzo 2005
¡Te adoro escondido en la Hostia!
Elevemos juntos la mirada a Jesús Eucaristía; contemplémosle y
repitámosle juntos estas palabras de santo Tomás de Aquino, que
manifiestan toda nuestra fe y todo nuestro amor: Jesús, ¡te
adoro escondido en la Hostia!
En una época marcada por
odios, por egoísmos, por deseos de falsas felicidades, por la
decadencia de costumbres, la ausencia de figuras paternas y maternas,
la instabilidad en tantas jóvenes familias y por tantas fragilidades
y dificultades que sufren los jóvenes, nosotros te miramos a
ti, Jesús Eucaristía, con renovada esperanza. A pesar de nuestros
pecados, confiamos en tu divina misericordia. Te repetimos junto a
los discípulos de Emaús «Mane nobiscum Domine!» , «¡Quédate con
nosotros, Señor!».
En la Eucaristía, tú restituyes al Padre todo
lo que proviene de él y se realiza así un
profundo misterio de justicia de la criatura hacia el creador.
El Padre celeste nos ha creado a su imagen y
semejanza, de él hemos recibido el don de la vida,
que cuanto más reconocemos como preciosa desde el momento de
su inicio hasta la muerte, más es amenazada y manipulada.
Te adoramos, Jesús, y te damos gracias porque en la
Eucaristía se hace actual el misterio de esa única ofrenda
al Padre que tú realizaste hace dos mil años con
el sacrificio de la Cruz, sacrificio que redimió a la
humanidad entera y a toda la creación.
«Adoro Te devote,
latens Deitas!» ¡Te adoramos, Jesús Eucaristía! Adoramos tu cuerpo y
tu sangre, entregados por nosotros, por todos, en remisión de
los pecados: ¡Sacramento de la nueva y eterna Alianza!
Mientras
te adoramos, ¿cómo es posible no pensar en todo lo
que tenemos que hacer para darte gloria? Al mismo tiempo,
sin embargo, reconocemos que san Juan de la Cruz tenía
razón cuando decía: «Adviertan, pues, aquí los que son muy
activos, que piensan ceñir al mundo con sus predicaciones y
obras exteriores, que mucho más provecho harían a la Iglesia
y mucho más agradarían a Dios, dejado aparte el buen
ejemplo que de sí darían, si gastasen siquiera la mitad
de ese tiempo en estarse con Dios en oración».
Ayúdanos,
Jesús, a comprender que para «hacer» algo en tu Iglesia,
incluso en el campo tan urgente de la nueva evangelización,
es necesario ante todo «ser», es decir, estar contigo en
adoración, en tu dulce compañía. Sólo de una íntima comunión
contigo surge la auténtica, eficaz y verdadera acción apostólica.
A
una gran santa, que entró en el Carmelo de Colonia,
santa Benedicta Teresa de la Cruz, Edith Stein, le gustaba
repetir: «Miembros del Cuerpo de Cristo, animados por su Espíritu,
nosotros nos ofrecemos como víctimas con él, en él, y
nos unimos a la eterna acción de gracias».
«Adoro Te
devote, latens Deitas!». Jesús, te pedimos que cada uno desee
unirse a ti en una eterna acción de gracias y
se comprometa en el mundo de hoy y de mañana
para ser constructor de la civilización del amor.
Que te
ponga en el centro de su vida, que te adore
y te celebre. Que crezca en su familiaridad contigo, ¡Jesús
Eucaristía! Que te reciba participando con asiduidad en la santa
misa dominical y, si es posible, cada día. Que de
estos intensos y frecuentes nazcan compromisos de entrega libre de
la vida a ti, que eres libertad plena y verdadera.
Que surjan santas vocaciones al sacerdocio: sin el sacerdocio no
hay Eucaristía, fuente y culmen de la vida de la
Iglesia. Que crezcan en gran número las vocaciones a la
vida religiosa. Que broten con generosidad vocaciones a la santidad,
que es la elevada medida de la vida cristiana ordinaria,
en especial, en las familias. La Iglesia y la sociedad
tienen necesidad de esto hoy más que nunca.
Jesús Eucaristía,
te confío a los jóvenes de todo el mundo: sus
sentimientos, sus afectos, sus proyectos. Te los presento poniéndolos en
manos de María, madre tuya y madre nuestra.
Jesús, que
te entregaste al Padre, ¡ámales! Jesús, que te entregaste al
Padre, ¡sana las heridas de su espíritu! Jesús, que te
entregaste al Padre, ¡ayúdales a adorarte en la verdad y
bendíceles! Ahora y siempre. ¡Amén!
A todos imparto mi bendición
con afecto.
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