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Autor: SS Juan Pablo II | Fuente: Catholic.net Llamados a remar mar adentro
Mensaje de SS Juan Pablo II. Enero del 2005. La oración nos ayuda a descubrir Su presencia incluso en momentos de aparente desilusión.
Llamados a remar mar adentro
Queridos Hermanos y Hermanas:
«Duc in altum!» Al comienzo de
la carta apostólica «Novo millennio ineunte» cité las palabras con
las que Jesús anima a los primeros discípulos a echar
las redes para una pesca que sería milagrosa. Dice a
Pedro: «Duc in altum – Remar mar adentro» (Lucas 5,
4). «Pedro y los primeros compañeros se fiaron de las
palabras de Cristo, y echaron las redes» («Novo millennio ineunte»,
1).
«Duc in altum!» La llamada de Cristo resulta especialmente
actual en nuestro tiempo, en el que una difusa manera
de pensar propicia la falta de esfuerzo personal ante las
dificultades. La primera condición para «remar mar adentro» requiere cultivar
un profundo espíritu de oración, alimentado por la escucha diaria
de la Palabra de Dios. La auténtica vida cristiana se
mide por la hondura en la oración, arte que se
aprende humildemente «de los mismos labios del divino Maestro», implorando
casi, «como los primeros discípulos: "¡Señor, enséñanos a orar!" (Lucas
11, 1). En la plegaria se desarrolla ese diálogo con
Cristo que nos convierte en sus íntimos: "Permaneced en mí,
como yo en vosotros" (Juan 15, 4)» («Novo millennio ineunte»,
32).
La orante unión con Cristo nos ayuda a descubrir
su presencia incluso en momentos de aparente desilusión, cuando la
fatiga parece inútil, como les sucedía a los mismos apóstoles
que después de haber faenado toda la noche exclamaron: «Maestro,
no hemos pescado nada» (Lucas 5, 5). Frecuentemente en momentos
así es cuando hay que abrir el corazón a la
onda de la gracia y dejar que la palabra del
Redentor actúe con toda su fuerza: «Duc in altum!» (Cf.
«Novo millennio ineunte», 38).
Quien abra el corazón a Cristo
no sólo comprende el misterio de la propia existencia, sino
también el de la propia vocación, y recoge espléndidos frutos
de gracia. Primero, creciendo en santidad por un camino espiritual
que, comenzando con el don del Bautismo, prosigue hasta alcanzar
la perfecta caridad (Cf. ibid, 30). Viviendo el Evangelio «sine
glossa», el cristiano se hace cada vez más capaz de
amar como Cristo, a tenor de la exhortación: «Sed perfectos
como vuestro Padre celestial es perfecto» (Mateo 5, 48). Se
esfuerza en perseverar en la unidad con los hermanos dentro
de la comunión de la Iglesia, y se pone al
servicio de la nueva evangelización para proclamar y ser testigo
de la impresionante realidad del amor salvífico de Dios.
Particularmente
a vosotros, queridos adolescentes y jóvenes, os repito la invitación
de Cristo a «remar mar adentro». Os encontráis en un
momento en que tenéis que tomar una decisión importante para
vuestro futuro. Guardo en mi corazón el recuerdo de numerosos
encuentros en años pasados con jóvenes, convertidos hoy en adultos,
tal vez en padres de algunos de vosotros, en sacerdotes,
religiosos, religiosas, vuestros educadores en la fe. Los vi alegres,
como deben ser los jóvenes, pero también reflexivos, por el
empeño en dar un «sentido» pleno a su existencia. Cada
vez estoy más convencido de que, en el ánimo de
las nuevas generaciones es mayor la atracción hacia los valores
del espíritu, mayor el ansia de santidad. Los jóvenes necesitan
de Cristo, pero saben también que Cristo quiere contar con
ellos.
Queridos hermanos y hermanas, confiad en Él, escuchad sus
enseñanzas, mirad su rostro, perseverad en la escucha de su
Palabra. Dejad que sea Él quien oriente vuestras búsquedas y
aspiraciones, vuestros ideales y los anhelos de vuestro corazón.
A
ustedes queridos padres y educadores cristianos, a los amados sacerdotes,
consagrados y catequistas. Dios os ha confiado el quehacer peculiar
de guiar a la juventud por el camino de la
santidad. Sed para ellos ejemplo de generosa fidelidad a Cristo.
Animadles a no dudar en «remar mar adentro», respondiendo sin
tardanza a la invitación del Señor. Él llama a unos
a la vida familiar, a otros a la vida consagrada
o al ministerio sacerdotal. Ayudadles para que sepan discernir cuál
es su camino, y lleguen a ser verdaderos amigos de
Cristo y sus auténticos discípulos. Cuando los adultos creyentes hacen
visible el rostro de Cristo con la palabra y con
el ejemplo, los jóvenes están dispuestos más fácilmente a acoger
su exigente mensaje marcado por el misterio de la Cruz.
¡No olvidéis, además, que hoy también se necesitan sacerdotes santos,
personas totalmente consagradas al servicio de Dios! Por eso querría
repetir una vez más: «Es necesario y urgente enfocar una
vasta y capilar pastoral de las vocaciones que llegue a
las parroquias, los centros educativos, a las familias, suscitando una
reflexión más atenta a los valores esenciales de la vida,
los cuales se resumen claramente en la respuesta que cada
uno está invitado a dar a la llamada de Dios,
especialmente cuando pide la entrega total de sí y de
las propias fuerzas para la causa del Reino» («Novo millennio
ineunte», 46).
A los jóvenes les vuelvo a decir las
palabras de Jesús: «Duc in altum!» Al repetir de nuevo
esta exhortación, pienso también en las palabras dirigidas por María,
su Madre, a los servidores en Caná de Galilea: «Haced
lo que Él os diga» (Juan 2, 5). Cristo, queridos
jóvenes, os pide «remar mar adentro» y la Virgen os
anima a no dudar en seguirle.
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