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| ¡No tengáis miedo por el siguiente Papa! |
«¡No tengáis miedo!»
Cristo dirigió muchas veces esta invitación
a los hombres con que se encontraba. Esto dijo el
Ángel a María: «No tengas miedo» (cfr. Lucas 1,30). Y
esto mismo a José: «No tengas miedo» (cfr. Mateo 1,20).
Cristo lo dijo a los Apóstoles, y a Pedro, en
varias ocasiones, y especialmente después de su Resurrección, e insistía:
«¡No tengáis miedo!»; se daba cuenta de que tenían miedo
porque no estaban seguros de si Aquel que veían era
el mismo Cristo que ellos habían conocido. Tuvieron miedo cuando
fue apresado, y tuvieron aún más miedo cuando, Resucitado, se
les apareció.
¿De qué no debemos tener miedo? No debemos temer
a la verdad de nosotros mismos. Pedro tuvo conciencia de
ella, un día, con especial viveza, y dijo a Jesús:
«¡Apártate de mí, Señor, que soy un hombre pecador!» (Lucas
5,8).
Pienso que no fue sólo Pedro quien tuvo conciencia de
esta verdad. Todo hombre la advierte. La advierte todo Sucesor
de Pedro. La advierte de modo particularmente claro el que,
ahora, le está respondiendo. Todos nosotros le estamos agradecidos a
Pedro por lo que dijo aquel día: «¡Apártate de mí,
Señor, que soy un hombre pecador!» Cristo le respondió: «No
temas; desde ahora serás pescador de hombres» (Lucas 5,10).
¡No tengas
miedo de los hombres! El hombre es siempre igual; los
sistemas que crea son siempre imperfectos, y tanto más imperfectos
cuanto más seguro está de sí mismo. ¿Y esto de
dónde proviene? Esto viene del corazón del hombre, nuestro corazón
está inquieto; Cristo mismo conoce mejor que nadie su angustia,
porque «Él sabe lo que hay dentro de cada hombre»
(cfr. Juan 2,25).
Todas las veces en que Cristo exhorta a
«no tener miedo» se refiere tanto a Dios como al
hombre. Quiere decir: No tengáis miedo de Dios, que, según
los filósofos, es el Absoluto trascendente; no tengáis miedo de
Dios, sino invocadle conmigo: «Padre nuestro» (Mateo 6,9). No tengáis
miedo de decir: ¡Padre! Desead incluso ser perfectos como lo
es Él, porque Él es perfecto. Sí: «Sed, pues, vosotros
perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial» (Mateo 5,48).
Cristo es
el sacramento, el signo tangible, visible, del Dios invisible. Sacramento
implica presencia. Dios está con nosotros. Dios, infinitamente perfecto, no
sólo está con el hombre, sino que Él mismo se
ha hecho hombre en Jesucristo. ¡No tengáis miedo de Dios
que se ha hecho hombre! Esto es lo que Pedro
dijo junto a Cesarea de Filipo; «Tú eres Cristo, el
Hijo de Dios vivo» (Mateo 16,16). Indirectamente afirmaba: Tú eres
el Hijo de Dios que se ha hecho Hombre. Pedro
no tuvo miedo de decirlo, aunque tales palabras no provenían
de él. Provenían del Padre. «Solamente el Padre conoce al
Hijo y sólo el Hijo conoce al Padre» (cfr. Mateo
1 1 ,27).
«Bienaventurado tú, Simón, hijo de Juan, porque no
te ha revelado esto ni la carne ni la sangre,
sino mi Padre que está en los Cielos» (Mateo 16,17).
Pedro pronunció estas palabras en virtud del Espíritu Santo. También
la Iglesia las pronuncia constantemente en virtud del Espíritu Santo.
Así
pues, Pedro no tuvo miedo de Dios que se había
hecho hombre. Sintió miedo, en cambio, ante el Hijo de
Dios como hombre; no acababa de aceptar que fuese flagelado
y coronado de espinas, y al fin crucificado. Pedro no
podía aceptarlo. Le daba miedo. Y por eso Cristo le
reprendió severamente. Sin embargo, no lo rechazó.
No rechazó a aquel
hombre que tenía buena voluntad y un corazón ardiente, a
aquel hombre que en el Getsemaní empuñaría incluso la espada
para defender a su Maestro. Jesús solamente le dijo: «Satanás
os ha buscado -te ha buscado, pues, también a ti-
para cribaros como el trigo; pero yo he rogado por
ti... tú, una vez convertido, confirma en la fe a
tus hermanos» (cfr. Lucas 22,31-32). Cristo no rechazó a Pedro;
aceptó complacido su confesión junto a Cesarea de Filipo y,
con el poder del Espíritu Santo, lo llevó a través
de Su Pasión hasta la renuncia de sí mismo.
Pedro, como
hombre, demostró no ser capaz de seguir a Cristo a
todas partes, y especialmente a la muerte. Después de la
Resurrección, sin embargo, fue el primero que corrió, junto con
Juan, al sepulcro, para comprobar que el Cuerpo de Cristo
ya no estaba allí.
También después de la Resurrección, Jesús confirmó
a Pedro en su misión. Le dijo de manera significativa:
«¡Apacienta mis corderos! [...] Apacienta mis ovejas!» (Juan 21,15-16). Pero
antes le preguntó si Le amaba. Pedro, que había negado
conocer a Cristo, aunque no había dejado de amarLe, pudo
responder: «Tú sabes que te amo» (Juan 21,15); sin embargo,
ya no repitió: «Aunque tenga que morir contigo, no te
negaré» (Mateo 26,35). Ya no era una cuestión solamente de
Pedro y de sus simples fuerzas humanas; se había convertido
ahora en una cuestión del Espíritu Santo, prometido por Cristo
al que tuviera que hacer las veces de Él sobre
la tierra.
En definitiva, Pedro es el que no sólo no
niega ya nunca más a Cristo, el que no repite
su infausto «No conozco a este hombre» (Mateo 26,72), sino
que es el que ha perseverado en la fe hasta
el fin: «Tú eres Cristo, el Hijo de Dios vivo»
(Mateo 16,16). De este modo, ha llegado a ser la
«roca», aun si como hombre, quizá, no era más que
arena movediza. Cristo mismo es la roca, y Cristo edifica
Su Iglesia sobre Pedro. Sobre Pedro, Pablo y los apóstoles.
La Iglesia es apostólica en virtud de Cristo.
Esta Iglesia confiesa:
«Tú eres Cristo, el Hijo de Dios vivo.» Esto confiesa
la Iglesia a través de los siglos, junto con todos
los que comparten su fe. Junto con todos aquellos a
quienes el Padre ha revelado al Hijo en el Espíritu
Santo, así como a quienes el Hijo en el Espíritu
Santo ha revelado al Padre (cfr. Mateo 11,25-27).
En la Iglesia
-edificada sobre la roca que es Cristo- Pedro, los apóstoles
y sus sucesores son testigos de Dios crucificado y resucitado
en Cristo. De ese modo, son testigos de la vida
que es más fuerte que la muerte. Son testigos de
Dios que da la vida porque es Amor (cfr. 1
Juan 4,8). Son testigos porque han visto, oído y tocado
con las manos, con los ojos y los oídos de
Pedro, de Juan y de tantos otros. Pero Cristo dijo
a Tomás; «¡Bienaventurados los que, aun sin haber visto, creerán!»
(Juan 20,29).
El Papa es un misterio, es signo de contradicción.
El anciano Simeón dijo del propio Cristo que seria
«signo de contradicción» (cfr. Lucas 2,34).
Hay que elegir al Papa,
y para muchos esa elección no es fácil. Pero ¿acaso
fue fácil para el mismo Pedro? ¿Lo ha sido para
cualquiera de sus sucesores? Elegir comporta una iniciativa del
hombre. Sin embargo, Cristo dice: «No te lo han revelado
ni la carne ni la sangre, sino mi Padre» (Mateo
16,17). Esta elección, por tanto, no es solamente una iniciativa
del hombre, es también una acción de Dios, que obra
en el hombre, que revela. Y en virtud de esa
acción de Dios, el hombre puede repetir: «Tú eres Cristo,
el Hijo de Dios vivo» (Mateo 16,16).
Escuchar las palabras
que Jesús dirigió a los apóstoles: «Si me han perseguido
a mí, os perseguirán también a vosotros; si han observado
mi palabra, observarán también la vuestra» (Juan 15,20). Por lo
tanto: «¡No tengáis miedo!» No tengáis miedo del misterio de
Dios; no tengáis miedo de Su amor; ¡y no tengáis
miedo de la debilidad del hombre ni de su grandeza!
El hombre no deja de ser grande ni siquiera en
su debilidad. No tengáis miedo de ser testigos de la
dignidad de toda persona humana, desde el momento de la
concepción hasta la hora de su muerte.
El Papa es llamado
también Vicario de Cristo. Este título debe ser visto dentro
del contexto total del Evangelio. Antes de subir al Cielo,
Jesús dijo a los apóstoles: «Yo estaré con vosotros todos
los días hasta el fin del mundo» (Mateo 28,20). Él,
aunque invisible, está pues personalmente presente en su Iglesia. Y
lo está en cada cristiano, en virtud del Bautismo y
de los otros Sacramentos. Por eso, ya en tiempo de
los santos Padres, era costumbre afirmar: Christianus alter Christus («el
cristiano es otro Cristo»), queriendo con eso resaltar la dignidad
del bautizado y su vocación, en Cristo, a la santidad.
Cristo,
además, cumple una especial presencia en cada sacerdote, quien, cuando
celebra la Eucaristía o administra los Sacramentos, lo hace in
persona Christi.
Desde esta perspectiva, la expresión Vicario de Cristo cobra
su verdadero significado. Más que una dignidad, se refiere a
un servicio: pretende señalar las tareas del Papa en la
Iglesia, su ministerio petrino, que tiene como fin el bien
de la Iglesia y de los fieles. Lo entendió perfectamente
san Gregorio Magno, quien, de entre todos los títulos relativos
a la función del Obispo de Roma, prefería el de
Servus servorum Dei («Siervo de los siervos de Dios»).
Así pues,
para disipar en alguna medida sus temores, dictados sin embargo
por una profunda fe, les aconsejo la lectura de san
Agustín, quien solía repetir: Vobis sum episcopus, vobiscum christianus («Para
vosotros soy el obispo, con vosotros soy un cristiano», cfr.
por ej. Sermo 340,1: PL 38,1483). Si se considera esto
adecuadamente, significa mucho más christianus que no episcopus, aunque se
trate del Obispo de Roma.
Reflexión tomada del
Libro: Cruzando el Umbral de la Esperanza. de SS Juan
Pablo II
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