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Autor: SS Juan Pablo II | Fuente: Cruzando el Umbral de la Esperanza Aprender a rezar como el Papa
SS Juan Pablo II. Cruzando el Umbral de la Esperanza.
Aprender a rezar como el Papa
Me preguntan cómo reza el Papa. Se los agradezco. Quizá
convenga iniciar la contestación con lo que san Pablo escribe
en la Carta a los Romanos. El apóstol entra directamente
cuando dice: «El Espíritu viene en ayuda
de nuestra debilidad porque ni siquiera sabemos qué nos conviene
pedir, pero el Espíritu mismo intercede con insistencia por nosotros,
con gemidos inefables» (8,26).
¿Qué es la oración? Comúnmente se considera
una conversación. En una conversación hay siempre un «yo» y
un «tú». En este caso un Tú con la T
mayúscula. La experiencia de la oración enseña que si inicialmente
el «yo» parece el elemento más importante, uno se da
cuenta luego de que en realidad las cosas son de
otro modo.
Más importante es el Tú, porque nuestra oración
parte de la iniciativa de Dios. San Pablo en la
Carta a los Romanos enseña exactamente esto. Según el apóstol,
la oración refleja toda la realidad creada, tiene en cierto
sentido una función cósmica.
El hombre es sacerdote de toda la
creación, habla en nombre de ella, pero en cuanto guiado
por el Espíritu. Se debería meditar detenidamente sobre este pasaje
de la Carta a los Romanos para entrar en el
profundo centro de lo que es la oración. Leamos: «La
creación misma espera con impaciencia la revelación de los hijos
de Dios; pues fue sometida a la caducidad -no por
su voluntad, sino por el querer de aquel que la
ha sometido-, y fomenta la esperanza de ser también ella
liberada de la esclavitud de la corrupción, para entrar en
la libertad de la gloria de los hijos de Dios.
En la oración, pues, el verdadero protagonista es Dios. El
protagonista es Cristo, que constantemente libera la criatura de la
esclavitud de la corrupción y la conduce hacia la libertad,
para la gloria de los hijos de Dios.
Protagonista es
el Espfiritu Santo, que «viene en ayuda de nuestra debilidad».
Nosotros empezamos a rezar con la impresión de que es
una iniciativa nuestra; en cambio, es siempre una iniciativa de
Dios en nosotros. Es exactamente así, como escribe san Pablo.
Esta iniciativa nos reintegra en nuestra verdadera humanidad, nos reintegra
en nuestra especial dignidad. Sí, nos introduce en la superior
dignidad de los hijos de Dios, hijos de Dios que
son lo que toda la creación espera.
Se puede y se
debe rezar de varios modos, como la Biblia nos enseña
con abundantes ejemplos. El Libro de los Salmos es insustituible.
Hay que rezar con «gemidos inefables» para entrar en el
ritmo de las súplicas del Espíritu mismo.
Hay que implorar
para obtener el perdón, integrándose en el profundo grito de
Cristo Redentor (cfr. Hebreos 5,7).
Y a través de todo
esto hay que proclamar la gloria. La oración siempre es
un opus gloriae (obra, trabajo de gloria).
El hombre es
sacerdote de la creación. Cristo ha confirmado para él una
vocación y dignidad tales. La criatura realiza su opus gloriae
por el mero hecho de ser lo que es, y
por medio del esfuerzo de llegar a ser lo que
debe ser.
También la ciencia y la técnica sirven en cierto
modo al mismo fin. Sin embargo, en cuanto obras del
hombre, pueden desviarse de este fin. Ese riesgo está particularmente
presente en nuestra civilización que, por eso, encuentra tan difícil
ser la civilización de la vida y del amor. Falta
en ella el opus gloriae, que es el destino fundamental
de toda criatura, y sobre todo del hombre, el cual
ha sido creado para llegar a ser, en Cristo, sacerdote,
profeta y rey de toda terrena criatura.
Sobre la oración se
ha escrito muchísimo y, aún más, se ha experimentado en
la historia del género humano, de modo especial en la
historia de Israel y en la del cristianismo. El hombre
alcanza la plenitud de la oración no cuando se expresa
principalmente a sí mismo, sino cuando permite que en ella
se haga más plenamente presente el propio Dios. Lo testimonia
la historia de la oración mística en Oriente y en
Occidente: san Francisco de Asís, santa Teresa de Jesús, san
Juan de la Cruz, san Ignacio de Loyola y, en
Oriente, por ejemplo, san Serafín de Sarov y muchos otros.
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