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| Al ver Jesús a la gente se compadecía de ella |
La Cuaresma es el tiempo privilegiado de la peregrinación
interior hacia Aquél que es la fuente de la
misericordia. Es una peregrinación en la que Él mismo
nos acompaña a través del desierto de nuestra pobreza,
sosteniéndonos en el camino hacia la alegría intensa de la
Pascua.
Incluso en el "valle
oscuro" del que habla el salmista mientras
el tentador nos mueve a desesperarnos o a confiar de
manera ilusoria en nuestras propias fuerzas, Dios nos guarda
y nos sostiene. Efectivamente, hoy el Señor escucha también
el grito de las multitudes hambrientas de alegría, de
paz y de amor. Como en todas las épocas,
se sienten abandonadas. Sin embargo, en la desolación de la
miseria, de la soledad, de la violencia y del
hambre, que afectan sin distinción a ancianos, adultos y
niños, Dios no permite que predomine la oscuridad del
horror. En efecto, como escribió mi
amado predecesor Juan Pablo II, hay un "límite impuesto
al mal por el bien divino", y es la
misericordia. En este sentido he querido poner al inicio
de este Mensaje la cita evangélica según la cual Al
ver Jesús a la gente se compadecía de ellas.
A este respecto deseo reflexionar sobre una cuestión muy
debatida en la actualidad: el problema del desarrollo. La
"mirada" conmovida de Cristo se detiene también hoy sobre
los hombres y los pueblos, puesto que por el proyecto
divino todos están llamados a la salvación. Jesús, ante
las insidias que se oponen a este proyecto, se
compadece de las multitudes: las defiende de los lobos, aun
a costa de su vida. Con su mirada, Jesús
abraza a las multitudes y a cada uno, y
los entrega al Padre, ofreciéndose a sí mismo en sacrificio
de expiación.
La Iglesia, iluminada
por esta verdad pascual, es consciente de que, para
promover un desarrollo integral, es necesario que nuestra "mirada"
sobre el hombre se asemeje a la de Cristo.
En efecto, de ningún modo es posible dar respuesta a
las necesidades materiales y sociales de los hombres sin
colmar, sobre todo, las profundas necesidades de su corazón.
Esto debe subrayarse con mayor fuerza en nuestra época
de grandes transformaciones, en la que percibimos de manera
cada vez más viva y urgente nuestra responsabilidad ante los
pobres del mundo. Ya mi venerado predecesor, el Papa
Pablo VI, identificaba los efectos del subdesarrollo como un
deterioro de humanidad. En este sentido, en la encíclica
Populorum progressio denunciaba las carencias materiales de los
que están privados del mínimo vital y las carencias
morales de los que están mutilados por el egoísmo...
las estructuras opresoras que provienen del abuso del tener
o del abuso del poder, de las explotaciones de
los trabajadores o de la injusticia de las transacciones".
Como antídoto contra estos males, Pablo
VI no sólo sugería el aumento en la consideración
de la dignidad de los demás, la orientación hacia
el espíritu de pobreza, la cooperación en el bien común,
la voluntad de la paz, sino también el
reconocimiento, por parte del hombre, de los valores supremos
y de Dios, que de ellos es la fuente
y el fin. En esta línea, el Papa no
dudaba en proponer especialmente, la fe, don de
Dios, acogido por la buena voluntad de los hombres, y
la unidad de la caridad de Cristo.
Por tanto,
la "mirada" de Cristo sobre la muchedumbre nos mueve a
afirmar los verdaderos contenidos de ese humanismo pleno que,
según el mismo Pablo VI, consiste en el desarrollo
integral de todo el hombre y de todos los
hombres. Por eso, la primera contribución que la Iglesia
ofrece al desarrollo del hombre y de los pueblos
no se basa en medios materiales ni en soluciones
técnicas, sino en el anuncio de la verdad de Cristo,
que forma las conciencias y muestra la auténtica dignidad
de la persona y del trabajo, promoviendo la creación
de una cultura que responda verdaderamente a todos los
interrogantes del hombre.
Ante los terribles desafíos de la
pobreza de gran parte de la humanidad, la indiferencia y
el encerrarse en el propio egoísmo aparecen como un
contraste intolerable frente a la mirada de Cristo. El ayuno
y la limosna, que, junto con la oración, la
Iglesia propone de modo especial en el período de Cuaresma,
son una ocasión propicia para conformarnos con esa "mirada".
Los ejemplos de los santos y las numerosas experiencias
misioneras que caracterizan la historia de la Iglesia son
indicaciones valiosas para sostener del mejor modo posible el
desarrollo.
Hoy, en el contexto de
la interdependencia global, se puede constatar que ningún proyecto
económico, social o político puede sustituir el don de
uno mismo a los demás en el que se
expresa la caridad. Quien actúa según esta lógica evangélica vive
la fe como amistad con el Dios encarnado y,
como Él, se preocupa por las necesidades materiales y
espirituales del prójimo. Lo mira como un misterio inconmensurable,
digno de infinito cuidado y atención. Sabe que quien
no da a Dios, da demasiado poco; como decía a
menudo la beata Teresa de Calcuta: la primera pobreza
de los pueblos es no conocer a Cristo. Por
eso es preciso ayudar a descubrir a Dios en el
rostro misericordioso de Cristo: sin esta perspectiva, no se
construye una civilización sobre bases sólidas.
Gracias a hombres y mujeres obedientes al Espíritu
Santo, han surgido en la Iglesia muchas obras de
caridad, dedicadas a promover el desarrollo: hospitales, universidades, escuelas
de formación profesional, pequeñas empresas. Son iniciativas que han
demostrado, mucho antes que otras actuaciones de la sociedad civil,
la sincera preocupación hacia el hombre por parte de
personas movidas por el mensaje evangélico. Estas obras indican
un camino para guiar aún hoy el mundo hacia
una globalización que ponga en el centro el verdadero bien
del hombre y, así, lleve a la paz auténtica.
Con la misma compasión de Jesús
por las muchedumbres, la Iglesia siente también hoy que
su tarea propia consiste en pedir a quien tiene
responsabilidades políticas y ejerce el poder económico y financiero
que promueva un desarrollo basado en el respeto de
la dignidad de todo hombre. Una prueba importante de este
esfuerzo será la efectiva libertad religiosa, entendida no sólo
como posibilidad de anunciar y celebrar a Cristo, sino
también de contribuir a la edificación de un mundo
animado por la caridad.
En este esfuerzo se inscribe también
la consideración efectiva del papel central que los auténticos
valores religiosos desempeñan en la vida del hombre, como
respuesta a sus interrogantes más profundos y como motivación ética
respecto a sus responsabilidades personales y sociales. Basándose en
estos criterios, los cristianos deben aprender a valorar también
con sabiduría los programas de sus gobernantes.
No podemos ocultar que muchos que profesaban
ser discípulos de Jesús han cometido errores a lo largo
de la historia. Con frecuencia, ante problemas graves, han
pensado que primero se debía mejorar la tierra y
después pensar en el cielo. La tentación ha sido
considerar que, ante necesidades urgentes, en primer lugar se debía
actuar cambiando las estructuras externas. Para algunos, la consecuencia
de esto ha sido la transformación del cristianismo en
moralismo, la sustitución del creer por el hacer. Por
eso, mi predecesor de venerada memoria, Juan Pablo II,
observó con razón: La tentación actual es la de
reducir el cristianismo a una sabiduría meramente humana, casi
como una ciencia del vivir bien. En un mundo
fuertemente secularizado, se ha dado una gradual secularización de la
salvación, debido a lo cual se lucha ciertamente en
favor del hombre, pero de un hombre a medias,
reducido a la mera dimensión horizontal. En cambio, nosotros
sabemos que Jesús vino a traer la salvación integral.
Teniendo en cuenta la victoria de
Cristo sobre todo mal que oprime al hombre, la
Cuaresma nos quiere guiar precisamente a esta salvación integral.
Al dirigirnos al divino Maestro, al convertirnos a Él,
al experimentar su misericordia gracias al sacramento de la
Reconciliación, descubriremos una "mirada" que nos escruta en lo
más hondo y puede reanimar a las multitudes y a
cada uno de nosotros. Devuelve la confianza a cuantos
no se cierran en el escepticismo, abriendo ante ellos
la perspectiva de la salvación eterna. Por tanto, aunque
parezca que domine el odio, el Señor no permite que
falte nunca el testimonio luminoso de su amor.
A
María, "fuente viva de esperanza", le encomiendo nuestro camino
cuaresmal, para que nos lleve a su Hijo. A
ella le encomiendo, en particular, las muchedumbres que aún
hoy, probadas por la pobreza, invocan su ayuda, apoyo y
comprensión. Con estos sentimientos, imparto a todos de corazón
una especial Bendición Apostólica.
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