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Autor: P. Cipriano Sanchez LC | Fuente: Catholic.net Cuaresma es tiempo de arrepentimiento
Sábado después de Ceniza. Quitar de nuestro corazón todo aquello que lo aparte de Dios Nuestro Señor.
Cuaresma es tiempo de arrepentimiento
La cuaresma es tiempo de arrepentimiento. Quizá a nosotros la
llamada al arrepentimiento que es la Cuaresma, podría parecernos un
poco extraña, un poco particular, porque podríamos pensar: ¿de qué
tengo yo que arrepentirme?. Arrepentirse significa tener conciencia del propio
pecado. La conversión del corazón es el tema que debería
de recorrer nuestra Cuaresma, tener conciencia de que algo he
hecho mal, y podría ser que en nuestras vidas hubiéramos
dejado un poco de lado la conciencia de lo que
es fallar. Fallar no solamente uno mismo o a alguien
a quien queremos, también la conciencia de lo que es
fallarme a mí.
Pudiera ser también que en nuestra vida
hubiéramos perdido el sentido de lo que significa encontrarnos con
Dios, y quizá por eso tenemos problemas para entender verdaderamente
lo que es el pecado, porque tenemos problemas para entender
quién es Dios. Solamente cuando tenemos un auténtico concepto de
Dios, también podemos empezar a tener un auténtico concepto de
lo que es el pecado, de lo que es el
mal.
La cuaresma es todo un camino de cuarenta días hasta
la Pascua, y en este camino, la Iglesia nos va
a estar recordando constantemente la necesidad de purificarnos, la necesidad
de limpiar nuestro corazón, la necesidad de quitar de nuestro
corazón todo aquello que lo aparte de Dios N. S.
La Cuaresma es un período que nos va a obligar
a cuestionarnos para saber si en nuestro corazón hay algo
que nos está apartando de Dios Nuestro Señor. Esto podría
ser un problema muy serio para nosotros, porque es
como quien tiene una enfermedad y no sabe que la
tiene. Es malo tener una enfermedad, pero es peor no
saber que la tenemos, sobre todo cuando puede ser curada,
sobre todo cuando esta enfermedad puede ser quitada del alma.
Qué
tremendo problema es estar conviviendo con una dificultad en el
corazón y tenerla perfectamente tapada para no verla. Es una
inquietud que sin embargo la Iglesia nos invita a
considerar y lo hace a través de la Cuaresma.
Durante estos cuarenta días, cuando leemos el Evangelio de cada
día o cuando vayamos a Misa los domingos, nos daremos
cuenta de cómo la Biblia está constantemente insistiendo sobre este
tema: “Purificar el corazón, examinar el alma, acercarse a Dios,
estar más pegado a Él. Todo esto, en el fondo,
es darse cuenta de quién es Dios y quién
somos nosotros.
Por otro lado, el hecho de que el sacerdote
nos ponga la ceniza, no es simplemente una especie de
rito mágico para empezar la Cuaresma. La ceniza tiene un
sentido: significa una vida que ya no existe, una vida
muerta. También tiene un sentido penitencial, quizá en nuestra época
mucho menos, pero en la antigüedad, cuando se quería
indicar que alguien estaba haciendo penitencia, se cubría de ceniza
para indicar una mayor tristeza, una mayor precariedad en la
propia forma de existir.
Preguntémonos, si hay en nuestra alma algo
que nos aparte de Dios. ¿Qué es lo que no
nos permite estar cerca de Dios y que todavía no
descubrimos? ¿Qué es lo que hay en nosotros que nos
impide darnos totalmente a Dios Nuestro Señor, no solamente como
una especie de interés purificatorio personal, sino sobre todo
por la tremenda repercusión que nuestra cercanía a Dios tiene
en todos los que nos rodean?. Solamente cuando nos damos
cuenta de lo que significa estar cerca de Dios, empezaremos
a pensar lo que significa estar cerca de Dios para
los que están con nosotros, para los que viven con
nosotros. ¿Cómo queremos hacer felices a los que más cerca
tenemos si no nos acercamos a la fuente de al
felicidad? ¿Cómo queremos hacer felices a aquellos que están más
cerca de nuestro corazón si no los traemos y los
ayudamos a encontrarse con lo que es la auténtica felicidad?.
Qué
difícil es beber donde no hay agua, qué difícil es
ver donde no hay luz. Si a mí, Dios me
da la posibilidad de tener agua y tener luz, ¿solamente
yo voy a beber? ¿Solamente yo voy a disfrutar de
la luz?. Sería un tremendo egoísmo de mi parte. Por
eso en este camino de Cuaresma vamos a empezar
a preguntarnos: ¿Qué es lo que Dios quiere de mí?
¿Qué es lo qué Dios exige de mí? ¿Qué es
lo que Dios quiere darme? ¿Cómo me quiere amar Dios?,
para que en este camino nos convirtamos, para aquellas personas
que nos rodean, en fuente de luz y también puedan
llegar a encontrarse con Dios Nuestro Señor.
Ojalá que hagamos de
esta Cuaresma una especie de viaje a nuestro corazón para
irnos encontrando con nosotros mismos, para irnos descubriendo nosotros mismos,
para ir depositando esa ceniza espiritual sobre nuestro corazón de
manera que con ella vayamos nosotros cubriéndonos interiormente y podamos
ver qué es lo que nos aparta de Dios.
La ceniza
que nos habla de la caducidad, que nos habla de
que todo se acaba, nos enseña a dar valor auténtico
a las cosas. Cuando uno empieza a carecer de algunas
cosas, empieza a valorar lo que son los amigos, lo
que es la familia, lo que significa la cercanía de
alguien que nos quiere. Así también tenemos que hacer nosotros,
vamos a ir en ese viaje a nuestro corazón para
que, valorando lo que tenemos dentro, nos demos cuenta de
cuanto podemos dar a los que están con nosotros.
Este es
el sentido de ponerse ceniza sobre nuestras cabezas: el inicio
de un preguntarnos, a través de toda la Cuaresma, qué
es lo que quiere Dios para nosotros; el inicio de
un preguntarnos qué es lo que el Señor nos va
a pedir y sobre todo, lo más importante, qué es
lo que nosotros vamos a podré dar a los demás.
De esta manera, vamos a encontrarnos verdaderamente con lo más
maravilloso que una persona puede encontrar en su interior: la
capacidad de darse.
Recorramos así el camino de nuestra Cuaresma, en
nuestro ambiente, en nuestra familia, en nuestra sociedad, en nuestro
trabajo, en nuestras conversaciones. Buscar el interior para que en
todo momento podamos encontrarnos en el corazón, no con nosotros
mismos, porque sería una especie de egoísmo personal, sino con
Nuestro Padre Dios; con Aquél que nos ama en el
corazón, en lo más intimo, en lo más profundo de
nosotros.
Que el bajar al corazón en esta Cuaresma sea el
inicio de un camino que todos nosotros hagamos, no solamente
en este tiempo, sino todos los días de nuestra vida
para irnos encontrando cada día con el Único que da
explicación a todo. Que la Eucaristía sea para nosotros ayuda,
fortaleza, luz, consuelo porque posiblemente cuando entremos en nuestro corazón,
vamos a encontrar cosas que no nos gusten y podríamos
desanimarnos. Hay que recordar que no estamos solos. Que no
vamos solos en este viaje al corazón sino que Dios
viene con nosotros. Más aún, Dios se ofrece por nosotros,
en la Eucaristía, para nuestra salvación, para manifestarnos su amor
y para darse en su Cuerpo y en su Sangre
por todos nosotros.
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