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Autor: Ma esther De Ariño | Fuente: Catholic.net En la frente... una cruz de ceniza bendecida
Pero los que están en la fila de la ceniza... ¡ni una mirada, ni un saludo, ni una reverencia a Dios que está escondido en el Sagrario!
En la frente... una cruz de ceniza bendecida
Al comenzar la Cuaresma, tiempo penitencial para los católicos, vemos
como infinidad de personas, quizá algunas que hace mucho tiempo
no han acudido a la Iglesia, se forman en largas
filas para que les marquen la frente con una cruz
de ceniza bendecida.
Llegan, se forman en la fila, reciben
la ceniza y se van... Personas buenas, almas cándidas quizá,
que siguen una tradición que tienen carácter de ritual al
que pudiera caber, en su entendimiento, algo mágico y que
por nada del mundo dejarían pasar esta fecha sin llevar
en su frente la huella de la ceniza.
Cosa buena
es que esta tradición del Miércoles de Ceniza esté tan
arraigada en el corazón de los fieles católicos.
Quizá todos
los que estén en la fila sepan qué es lo
que significa y que de ninguna manera es, ni obligación
ni Sacramento.
Quizá todos vayan meditando -ya que de eso se
trata- sobre el punto filosofal de que polvo somos y
en polvo nos convertiremos.
Quizá todos deseemos empezar la Cuaresma
con un acto de humildad y pidiendo perdón por nuestros
pecados.
Tal vez, y esto esta muy bien, pero hay
"algo" que no está bien.
Veamos: hemos entrado al Templo,
estamos en la Iglesia, en la casa de Dios y
no parecería posible entrar en esa casa y no saludar
al Dueño, al Señor, al Dios Supremo Hacedor de todas
las cosas, al Rey de Reyes, el Altísimo Señor, el
Omnipotente que está en infinita humildad en el Sagrario en
Cuerpo y Alma. Tan auténtico como cuando caminaba por las
orillas del Jordán, tan real como cuando se sentó en
el borde del pozo para pedirle agua a la samaritana,
el mismo Dios, el mismo Cristo.
La puerta del Sagrario
está cerrada, una luz roja parpadeante nos anuncia que está
ahí el Señor, Dios nuestro.
Las personas están en la fila
de la Ceniza... ¡ni una mirada, ni un saludo, ni
una reverencia al Dios que está escondido en el Misterio
de amor que es la Eucaristía!
¿Cómo es esto posible? ¿Será
más importante llevar en la frente un signo de humildad
que caer primero de rodillas ante el Sagrario y aunque
no lo veamos con los ojos de la carne, decirle
con los del alma: "Creo en Tí, Señor, y te
amo", o simplemente con las palabras de Santo Tomás: "Señor
mío y Dios mío" ?
Y ya que estamos en este
tema diremos que ocurre lo mismo cuando algunas personas entran
en la Iglesia y se van derechitas al Santo de
su devoción. Se arrodillan, le piden quién sabe que cosa
y se van. Tal vez no haya culpa, es falta
de formación y de que no nos hayan dicho una
y mil veces, hasta que nos cale, que al que
tenemos que reverenciar y adorar es al Dios vivo que
está presente con su Cuerpo, su Alma y su Divinidad
en el Sagrario. Los grandes santos son intercesores de las
gracias que pedimos ante Dios.
Tal vez también sea que creer
en esto, es más difícil que creer en el poder
del Santo. El culto a los Santos, - como nos
dice en sus homilías Mons. George Chevort, no es obligatorio,
sino facultativo." Pedirle a los Santos es como
una etapa, como un escalón, no un término.
El objetivo
de nuestra religión es la Santísima Trinidad que tiene derecho
a nuestra adoración y de la cual proceden todos los
bienes que necesitamos y el Mediador indispensable es Jesucristo, Hijo
de Dios y hombre.
Glorifiquemos a Dios en sus Santos. Ahora
bien, la primera de todos los Santos: no fuera de,
sino en primer rango y un rango a parte, es
la Bienaventurada Virgen María. La primera y aparte porque no
solo es obra de Dios, sino que es la obra
maestra de Dios. Es la Madre de Dios porque Ella
difundió en el mundo la luz Eterna, Jesucristo Nuestro Señor.
¡Cuánta preparación y cuánta información sobre nuestra Fe nos hace
falta para vivir y obrar como verdaderos cristianos!. Vivamos nuestra
religión con orden y profundidad. Que seamos el ejemplo viviente
para los que nos ven, que formándonos y estudiando podremos
cumplir con los grandes misterios de nuestra religión tal y
como nos lo enseña nuestra Santa Madre la Iglesia Católica
y que imitando a los Santos entremos en esta Cuaresma
con espíritu de oración y sacrificio.
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