El 6 de enero del presente
año, Su Santidad Juan Pablo II firmó su más reciente
carta apostólica “Novo Millennio Ineunte”. El objetivo del Santo Padre
en esta carta es el de trazar directrices y consignas
para que el pueblo de Dios viva de la mejor
manera y dentro del plan divino, el nuevo milenio que
apenas comienza.
Confieso que a cada día el Santo Padre me
sorprende más. Cuando el año jubilar llegó al fin, lo
primero que pensé fue mirar hacia atrás y agradecer a
Dios todas las gracias recibidas. Y pensando en el pontificado
de Juan Pablo II, uno se pregunta qué más resta
por hacer. Este santo hombre lleva 23 años liderando la
barca de Cristo con eficacia y fecundidad. El Jubileo parecía
el culmen, la fase final del pontificado de Juan Pablo
II. Pero, para nuestra sorpresa (palabra no extraña en la
vida del Santo Padre) el papa elabora un documento qué,
si es verdad que agradece a Dios las gracias recibidas,
es sobretodo una invitación a mirar hacia adelante.
Esto me hace
recordar a un atleta que después de haber ganado el
mundial de los 100 mts. planos, lo primero que declaro
en una entrevista fue que su objetivo en aquel momento
eran las olimpíadas. Esto parece reflejar un aspecto de nuestra
naturaleza humana que siempre quiere ir más allá, que necesita
siempre progresar. Hay un dicho muy sabio que dice que
no avanzar es retroceder. Este ha sido el motto del
pontificado de Juan Pablo II.
En la introducción de la carta,
el Santo Padre usa una expresión en latín que ilustra
muy bien esta necesidad de siempre ir más adelante: “Duc
in Altum”. Esa es la expresión que Cristo usó al
encontrarse con Pedro y los primeros discípulos. Él subió en
la barca de Simón y le ordenó “Duc in Altum”,
“Rema mar adentro”. Pedro contestó que había estado toda la
noche pescando y no había pescado nada, pero que lo
haría de nuevo por tratarse del Maestro. Cuando llegaron al
alta mar, pescaron tantos peces que necesitaron ayuda de otras
barcas para volver a la orilla.
El Santo Padre nos invita,
en este nuevo milenio, a hacer como Pedro, remar mar
adentro. Tenemos que pescar nuestro frutos, multiplicar los talentos recibidos.
Pero sólo podremos hacerlo si Cristo está en nuestra barca.
En cierta ocasión, un joven reclamaba que en su vida
no veía los frutos. Le pregunté cuánto dedicaba a la
oración, a lo que me contestó: “no suelo rezar”. ¿Cómo
podemos esperar tener éxito en nuestra vida si Cristo es
un extraño? Es como salir a pescar en un mar
turbulento. Una vez salí a pescar con un grupo de
amigos en la cuesta del pacífico. El clima no favorecía
nuestra iniciativa. Comenzaba a llover cuando salimos y la capitanía
no recomendaba la pesca. Pero, tercos e imprudentes, insistimos en
salir. Dos horas después de nuestra partida, nos encontrábamos luchando
contra olas que jamás había visto tan grandes. Me encomendé
a Dios pues pensaba que mi vida llegaba al fin.
La lucha duró otras 3 horas y gracias a Dios
pudimos llegar de regreso con vida al puerto. Pero experimentamos
lo que es estar en una barca a la deriva
en medios a una tempestad.
Empezar este milenio sin poner a
Cristo en el centro de nuestras vidas es salir a
pescar en un día de tempestad. Cuando Él no está
en la barca, no hay cómo enfrentar las enormes olas
que la vida nos trae. Pero cuando dejamos a Cristo
subir en nuestra barca, los frutos están garantizados, podemos estar
seguros de que la pesca será un éxito.
Juan Pablo II
nos invita a remar mar adentro en este nuevo milenio
con Cristo en nuestra barca. Con Él, no hay qué
temer. ¿Por qué tener miedo si Él es nuestro redentor?
Él conquistó la victoria para nosotros con su muerte en
la cruz. “El poder de la cruz de Cristo y
de su resurrección es más grande que todo el mal
del que el hombre podría y debería tener miedo”. (Juan
Pablo II, Cruzando el Umbral de la Esperanza)
“No tengáis miedo”,
nos decía el Papa hace 23 años. Ahora nos invita
de nuevo a no tener miedo, a empezar este nuevo
milenio con la confianza puesta en el Maestro (“en tu
nombre, Señor, echaré las redes”). “Duc in altum!” Nos
esperan los peces, los frutos de una vida vivida junto
a Cristo. Si nos abandonamos en Él, el miedo desaparecerá
y empezaremos este nuevo milenio con la seguridad de quien
sabe que en su barca va el Señor de la
historia. “Duc in altum!” porque nuestro lugar no es la
orilla, porque fuimos creados para remar mar adentro, en la
lucha por construir un mundo nuevo en dónde Cristo sea
el Rey y el amor la gran ley de los
hombres.
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