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Autor: P. Fernando Pascual LC | Fuente: Catholic.net De nuevo, perdón
No fui capaz de poner un freno a mi corazón ni a mis palabras. Desprecié al otro, y me destrocé a mí mismo.
De nuevo, perdón
Otra vez falté a la caridad. Dejé que la pasión
creciera en mi alma. Miré solo en el otro lo
que para mí eran faltas, ofensas, insultos. Pensé que era
el momento para responder, para defender mi “fama”, para rebelarme
contra lo que yo consideraba una injusticia.
Respondí con dureza. El
ambiente se calentó más y más. Y cuando el otro,
herido por mis palabras, alzó la voz, yo también opté
por gritar, por insultar, por hundirme en la rabia.
El fracaso
ha sido grave. He ofendido a un hermano, a un
familiar, a un amigo. He sido un necio, un miserable,
un cobarde. No fui capaz de poner un freno a
mi corazón ni a mis palabras. Desprecié al otro, y
me destrocé a mí mismo.
No es el momento para una
lamentación vacía, para un falso sentimiento de culpa, para una
autocompasión como si yo fuera la víctima cuando fui el
verdugo.
Es el momento para pedir, desde Dios y con Dios,
perdón. Perdón porque no fui humilde. Perdón porque preferí la
“justicia” a la misericordia. Perdón porque me faltó paciencia. Perdón,
sobre todo, porque pensé más en mis sentimientos que en
el corazón de mi hermano.
Sí, es la hora de pedir
perdón, porque Dios me perdonó primero. Porque Dios tuvo paciencia
conmigo. Porque Dios no está siempre condenando. Porque Dios desea,
casi suplica, que vuelva a estar en paz con el
familiar o el amigo ofendido.
Pido, de nuevo, perdón. No lo
merezco, por la falta que he cometido. Pero precisamente es
ahora, según dicen, cuando más lo necesito.
Ojalá mi mano tendida
se una a la tuya. Entonces podremos recitar, los dos
juntos, desde lo más profundo del alma, las palabras del
Padrenuestro: “perdónanos... como también perdonamos...”.
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