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Autor: P. Fernando Pascual | Fuente: Catholic.net ¿Estamos listos para la conversión?
Hay que romper con egoísmos miserables, abrir el corazón a la sinceridad que nos permite reconocer que hemos pecado.
¿Estamos listos para la conversión?
La llamada a la conversión viene de muy lejos y
está muy cerca de nosotros.
Viene de Dios, que desde el
pecado primero, el que marcó la historia humana de un
modo trágico, no cesa de pedirnos un cambio sincero para
romper con el mal y para volver a la vida
de gracia, a su Amistad y Amor.
Viene de Dios, con
la voz de los Profetas, con las palabras de Juan
el Bautista, que invita a vivir honestamente, a dejar la
hipocresía, a romper las amarras que nos atan al dinero
o a los placeres deshonestos (cf. Lc 3,1-14).
Viene de Dios,
desde los labios de Cristo: “Convertíos y creed en el
Evangelio” (Mc 1,15). Su voz sencilla y fuerte, su palabra
convencida y sincera, su vida de servicio humilde y manso,
nos ponen ante los ojos el camino que lleva a
la vida, a la paz, al amor, a la eternidad.
Esa
llamada resuena en nuestro tiempo, está muy cerca de nosotros.
Porque cada hombre, cada mujer, vive bajo el influjo del
pecado, siente la presión de una carne frágil y engañosa,
se deja arrastrar muchas veces por los halagos de un
mundo lleno de egoísmos, apegado al dinero, desenfrenado en la
búsqueda del placer o del triunfo, sometido bajo el dominio
de Satanás.
Para dar el paso hacia la conversión necesitamos dejar
un espacio a la escucha, romper con egoísmos miserables, abrir
el corazón a la sinceridad que nos permite reconocer, como
el rey David, que hemos pecado. Sólo desde la sinceridad
más absoluta, desde la apertura del alma que denuncia sus
propios males, estaremos listos para el siguiente paso, para el
camino que nos permite cambiar de vida.
No es fácil, en
un mundo como el nuestro, tener esa sinceridad, esa audacia
que nos lleva a decir que hemos pecado. Pero Dios
mismo espera, susurra, actúa en las almas. Si le escuchamos,
si le dejamos un espacio en la propia vida, si
le permitimos iluminar lo oscuro y lo sucio que hay
en nuestras almas, podremos también sentir que su Amor y
su gracia lo pueden todo.
Sólo hace falta que le dejemos
tocar, como Buen Samaritano, nuestras llagas, para que el aceite
de la gracia actúe, cure, rescate, salve, a quien hasta
ahora vivía en el más profundo y triste mundo del
pecado, y que desde ahora podrá amar mucho porque ha
sido perdonado mucho... (cf. Lc 7,36-50).
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deseo una explicación sobre en que consiste el reino de DIOS y EL CELIBATO EN LA VIDA RELIGIOSA POR QUE VOY HACER MI 2DA PROMESA Y MAS VALE TENER BIEN EN CLARO ESTO PARA SER UN UN BUEN SACERDORE
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