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| Cuando el corazón está frío como el hielo |
Afuera hace frío, mucho frío. Se ve el aliento de
las personas al respirar, mientras caminan envueltos en abrigos y
bufandas y las manos en los bolsillos.
Quizá las crestas
de los montes estén cubiertas de nieve o de hielo,
pero hay gente que tiene su corazón caliente, y no
importa el frío de las calles; personas que tienen una
razón para vivir, gente feliz y que sabe amar, que
sabe convertir todas las cosas duras de la vida en
algo bueno, algo positivo; tienen esperanza, confían en Dios, aman
a su prójimo y se esfuerzan por mantener un clima
de paz y calor en sus hogares, en su trabajo.
Pero, ¡qué duro debe ser que ahí afuera haga frío
y que el corazón esté congelado, hecho hielo!, frío por
fuera y frío por dentro.
Hielo es la desesperanza, dejarse
arrancar día a día los restos de confianza a los
que uno se agarra para seguir viviendo. Hielo es el
rencor y el odio que va pudriendo poco a poco
de modo irremediable tantos corazones. ¡Qué hielo tan duro, es
el miedo a la vida, al futuro, a la vejez,
a la enfermedad y a la soledad, a que no
te reconozcan! Necesitamos que salga el sol dentro de nosotros
mismos, el sol de la esperanza, del amor, del optimismo,
de la paz interior; tenemos que forzarnos a nosotros mismos
y, antes que nada, obligarnos a creer que el sol
puede salir en nuestra vida.
Hace un tiempo compré un
bote de helado, y como no lo comí todo, decidí
guardarlo en el congelador. Durante varios días estuve pensando en
comerlo, pero luego lo olvidaba y lo seguía guardando para
otro día.
Finalmente, se llegó el momento de comerlo, pero
para mi sorpresa, el helado estaba totalmente congelado, a tal
grado, que ni siquiera un cuchillo podía penetrarlo. Apenas podía
creer que en tan poco tiempo se hubiera endurecido tanto.
Así que tuve que esperar más de veinte minutos para
empezar a comerlo.
Lo que le ocurrió a mi helado,
me hizo pensar en las personas que se enojan con
Dios, con la vida, con sus amigos y familiares, que
pierden las esperanzas y sus corazones y sus vidas se
congelan. Son personas que no han sabido enfrentar las dificultades
y situaciones difíciles, que dicen frases como "Algún día los
perdonaré"; pero lo que en verdad hacen, es poner sus
corazones en el congelador.
Conforme pasa el tiempo, sus corazones
se vuelven cada día más duros, no pueden perdonar a
quienes en algún momento les ofendieron. No logran acercarse a
Dios y reconfortarse en Su Amor y Su Misericordia; y
cada día se alejan más y cada día se vuelve
todo más difícil.
Si te sientes así, recuerda lo que
le pasó a mi helado, no esperes mucho tiempo. Anímate
ya a suavizar tu corazón rodeándolo de amor y esperanza
perdonando a quienes te ofendieron, y todo lo demás vendrá
por añadidura.
No dejes para mañana lo que puedes hacer
hoy, recuerda que nadie sabe en qué momento puede ser
llamado a rendir cuentas. El que desespera de todo, puede
tener muchas razones y excusas, pero también algo de culpa,
porque penas, sufrimientos, apuros económicos, contratiempos, están repartidos en la
vida de todos; pero ahí está también la mente, nuestra
mente, para buscar soluciones a los problemas, y unos la
usan y otros no.
Ahí están nuestras manos para trabajar,
y unos les dan uso y otros no; ahí está
Dios que sí ayuda a los que confían, pero unos
le rezan a ese Dios y otros le dan la
espalda; ahí están las oportunidades que ofrece la vida, pero
unos las buscan y otros se excusan diciendo que nada
se puede hacer.
El sol de la esperanza puede salir, y
de hecho sale, en la vida de todos los que
se fuerzan a sí mismos a creer en Dios y
en sí mismos; que se fuerzan a esperar lo mejor,
a luchar por salir adelante a pesar de todo, yo
no puedo controlar el clima de afuera, pero sí el
interior de mi espíritu.
Los problemas lo pueden quebrantar a
uno, si se deja; pero pueden fortalecerlo, si los enfrenta
como retos magníficos.
Preguntas o comentarios
al autor P. Dennis Doren LC
Puedes escuchar esta meditación en
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