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Autor: Oscar Schmidt | Fuente: Catholic.net ¿A qué temo más?
Señor, sé mi brújula cada día. Ahuyenta los falsos temores del mundo, dame la fortaleza necesaria para no tener miedo
¿A qué temo más?
El hombre. Un cascabel de temores, inseguridades y angustias.
Los corazones de las personas se llenan de miedo de
perder el empleo, miedo de ser abandonado, de enfermarse, de
perder a los seres queridos, miedos de todo tipo.
¿Pero, existe
algún temor que sea de alguna manera útil en mi
camino de crecimiento espiritual? Claro que existe: es el
temor de no ser digno, de errar el camino. Temo
a mi mismo, temo no ser digno de Dios, temo
no tener la fortaleza suficiente para no pecar, temo olvidarme
que sólo Dios Es, temo pensar que SOY algo, que
algo es mérito mío.
Este Santo Temor, Santo porque significa que
no quiero ofender a Dios, es la base del Temor
de Dios, ese importante Don del Espíritu Santo. Temer no
ser capaz de agradar al Señor, temor de no estar
interpretando la Voluntad de Dios del modo correcto, temor de
estar actuando por las necesidades del ego (ese falso ídolo
que construimos en nuestro interior) en lugar de satisfacer el
querer de Jesús.
Cuando el temor de Dios se coloca
por encima de nuestros temores terrenales, los miedos cotidianos se
terminan de un plumazo. Si mis temores se basan en
mi deseo de agradar al Creador, ¿por qué temer a
los dolores que pueda tener en este mundo? Nada se
interpone, todo se resume en la mirada de Jesús puesta
en nosotros. ¿Por qué temer entonces a la muerte, los
problemas de trabajo o salud? Si la Voluntad de Dios
se manifiesta en nuestras vidas dándonos alegrías o pruebas, ¿por
qué voy a temer a lo que me pueda pasar,
si todo es parte del plan de Dios?
Cuando algo grave
pasa en nuestra vida, enfrentamos la prueba suprema: algunos, entonces,
se enojan con Dios porque no pueden entender que El
envíe algo malo sobre sus vidas. ¡No tienen temor de
Dios! ¿Cómo poder enojarse con Dios? ¿Cómo puede uno pretender
saber qué es bueno o malo para nuestra vida? Sin
embargo ocurre a diario.
Otros (al enfrentar momentos de supremo
dolor) se entregan aún más a Dios, entendiendo que el
alma nada puede ni nada DEBE hacer frente a la
Voluntad Divina. De este modo sus almas se purifican en
el crisol del dolor, que quema las impurezas y desintegra
los deseos de la propia voluntad, uniendo el alma a
la Voluntad del Creador. Nada importa, solo interpretar la Voluntad
del Señor en nuestras vidas, y seguirla.
No podemos pretender entender
por qué Dios hace las cosas, sólo El conoce el
plan de nuestra vida. Entonces, no se debe temer a
las cosas del mundo, sólo debemos temer a nuestra propia
debilidad, a nuestra incapacidad para agradar al Señor.
Temo ser uno
más que clava espinas en Tu Santa Frente, Señor. Temo
agregar más peso a la Cruz que este mundo sigue
cargando sobre Tu Espalda. Temo ser un clavo en Tus
Santas Manos. Temo ser la espada que atraviesa tu Sagrado
Corazón. ¡Temo no ser un consuelo para Ti, Señor!
Santo temor
de Dios, sé mi brújula cada día. Ahuyenta los falsos
temores del mundo, dame la fortaleza necesaria para no tener
miedo alguno a los avatares de mi vida. Vacíame de
mi mismo, hazme un hueco profundo en el que pueda
entrar Tu Santo Espíritu. Lléname de Ti, Señor.
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