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Autor: Nacho Beguiristáin | Fuente: Catholic.net Un oso con pasaporte.....
Lograr la sencillez de un niño no es fácil. Y es que, el niño vive para los demás, es generoso y no le preocupan tantas cosas.
Un oso con pasaporte.....
Ayer salí a recoger al aeropuerto a mi hermano Carlos.
Venía acompañado de mi cuñada Pilar y de sus dos
primores de niñas: Paola, de cuatro años de edad y
Mercedes, que tiene dos. De camino a casa, mi hermano
me contó la última de Mercedes. Resulta que, la noche
anterior al viaje, la niña se acercó a mi hermano
y le dijo: “Papi, creo que Choco quiere venir de
viaje con nosotros, me lo ha dicho hace cinco minutos”.
“Choco” es el oso de peluche con el que duerme
y que va a todas partes. Más tarde, Merche se
acercó a su papá y le dijo al oído: Ya
está decidido. Choco viene con nosotros. Mi hermano, probando su
reacción le respondió: ¡Imposible, cariño! Choco no tiene boleto de
avión, ya es de noche. Además, no le hemos tramitado
el pasaporte y no puede viajar. ¡Sorpresa! he aquí la
respuesta de la pequeña Mercedes: Papá, pero si Choco es
tan sólo un muñeco. No necesita boleto ni pasaporte para
viajar.
Jesús lo dijo sin darle muchas vueltas. Si no os
hacéis como niños, no entraréis en el reino de los
cielos. Si no sois sencillos y no tenéis el corazón
abierto, ni seréis felices ni serviréis para nada y Dios
os mirará un poco desconcertado, como quien tiene que adivinar
un jeroglífico.
El nuestro es un mundo donde la tecnología se
impone. La meta es estar a la vanguardia en todo.
Se trata de aplicar al máximo la ley del mínimo
esfuerzo. Se busca lo fácil, lo cómodo y confortable. Sin
embargo, los hombres de hoy, somos cada vez más complicados,
menos sencillos. Por ello, siento una alegría inmensa cada vez
que tengo la oportunidad de hablar con los niños. Aunque
soy yo muchas veces su profesor en el colegio, son
ellos los que me dan estupendas lecciones de vida. Ven
las cosas como son. Saben disfrutar de lo pequeño. Quieren
a todos sin preguntarse si se lo merecen o no.
Te abren el alma de par en par con la
mirada y la sonrisa. Todo eso es lo que va
llenando los rincones de una persona de verdadera alegría.
Nunca olvidaré
uno de los libros que más me ayudó en los
años de mi adolescencia. Se trata de “El Principito”, de
Antoine de Saint-Exupéry. Este pequeño personaje, topándose con personas mayores
de diversos tipos: el mismo autor como piloto de avión,
un Rey, un borracho...llega a la siguiente conclusión: “Las personas
mayores son muy complicadas, nadie las entiende”. Era su alma
inocente de niño la que le permitió descubrir un cordero
dentro de una caja dibujada por el autor en medio
del desierto. Era ese afán incontenible de los niños a
conocer y descubrirlo todo, lo que le hacía no renunciar
jamás a una pregunta una vez que la había formulado.
Hoy, ¿qué piensan los niños de nosotros, personas mayores?
Cuánto necesitamos
de ese hacernos como niños. Y pensar que todavía existen
personas en este mundo que se oponen a los niños.
Personas que promueven el aborto. Personas a favor de los
controles de natalidad. Países donde los niños son meras mercancías
de tráfico de órganos. Naciones en las que son explotados,
maltratados y sometidos a intensas jornadas de trabajo.
Yo sé que
lograr la sencillez de un niño no es fácil. Y
es que, el niño vive para los demás, es generoso
y no le preocupan tantas cosas. A los hombres, lo
normal no es que nos falten cosas, sino que nos
sobra orgullo, ganas de aparentar, afanes por darnos importancia.
Es entonces cuando nos complicamos gratuitamente la existencia.
El pasado dos
de enero se celebró en Roma el Jubileo de los
Niños. Acudieron a la cita miles y miles de niños
de todas partes del mundo. Viendo por la noche el
reporte del telediario, (todo eran rostros alegres, dulces, limpios, puros...),
me dieron ganas de volver a ser niño. Sé que
físicamente no podré volver a los cinco o siete años
de edad. Pero sí, sí puedo ser niño en mi
alma, en mi corazón, en mi espíritu y en el
modo de afrontar cada día mi trabajo y mi trato
son los demás. Cada uno puede volver a ser niño.
Basta que lo queramos de verdad.
Amemos a los niños.
Descubramos ese tesoro gratuito que está al alcance de la
mano. No hace falta ir a un colegio, a un
orfanatorio, no. Los tenemos quizá en casa, en el piso
del vecino, en medio de la calle jugando junto a
nuestro coche... Entonces, por qué afanarse y gastar tanto por
otros “tesoros”, cuando tenemos miles de “tesoros” infinitamente más enriquecedores,
al alcance de la mano y gratis? ¿Por qué complicarse
la vida pensando si “Choco” tiene boleto de avión y
pasaporte para viajar? Tan sólo es un muñeco, no lo
necesita...
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