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Autor: P. Fernando Pascual | Fuente: Catholic.net ¡No quites el crucifijo!
¿No podría volver a poner el crucifijo en la pared, por favor? ¿No nota lo triste y vacía que queda la clase sin tener la cruz?”
¡No quites el crucifijo!
Una escena imaginada. El funcionario llega, entre aburrido y molesto,
a cumplir órdenes.
Entra en un aula. Sube encima de una
silla. Retira el crucifijo. Lo mete en un saco de
correos. Luego, al aula siguiente, a repetir la misma maniobra.
En
una de las clases hay una niña de 10 años.
Se pone en la puerta y mira a los ojos
al funcionario, con aire entre suplicante y retador.
“Señor, no lo
haga, se lo suplico”.
“¿Por qué, mocosa?”
“Porque es mi Amigo, porque
es mi esperanza, porque Jesús murió en una cruz por
usted y por mí. ¡No quites el crucifijo!”.
“Tengo que cumplir
órdenes. Venga, apártate y ve a jugar con los demás
niños”.
La niña queda a un lado. El funcionario entra, sube
a la silla, toma el crucifijo y lo mete en
la bolsa.
Siente que unos ojos le observan, le taladran. Por
unos momentos, ha recordado que él, de niño, aprendió a
rezar con las manos juntas ante una cruz que tenía
junto a la cama.
Casi empieza a sentir vergüenza de su
gesto. Pero se repone y baja de la silla.
Camina hacia
la puerta. La niña sigue allí. Sus ojos están rojos.
Las lágrimas han dejado manchadas las mejillas.
El funcionario nota que
un escalofrío baja por su espalda. Se acerca a la
niña. Con un pañuelo de papel, le seca las lágrimas.
“Mira,
hija, en la vida todos tenemos que cumplir órdenes. A
mí me ha tocado este trabajo. A ti te toca
estudiar. Además, ¿verdad que para vosotros esa cruz ya no
decía nada? ¿No tienes entre tus amigos niños musulmanes o
de otras religiones? Es que el mundo cambia...”
La niña murmura,
con voz entrecortada, lo que tiene en su corazón: “Jesús
me ama, le ama a usted, ama a los musulmanes,
ama a los ateos. Es bueno, tan bueno que muere
en la cruz. ¿No podría volver a poner el crucifijo
en la pared, por favor? ¿No nota lo triste y
vacía que queda la clase sin tener la cruz?”
Los gritos
aumentan por el pasillo. Pronto el pequeño ejército de niños
ocupará los asientos de la clase. Casi todos notarán un
nuevo y extraño vacío en la pared que está junto
a la pizarra.
Una niña estará en clase entre lágrimas, mientras
un funcionario lleva hacia el coche, con un respeto al
que hacía tiempo no estaba acostumbrado, un saco lleno de
cruces.
Esas cruces esconden una larga historia. Porque durante años y
años, en España y en tantos rincones del planeta, millones
de niños podían mirar en el aula hacia una cruz.
Recordaban así que hubo un Hombre muy bueno que murió
por los pecadores. Se llamaba Jesús, el Hijo del Padre
y el Hijo de María.
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