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Autor: Ma Esther De Ariño | Fuente: Catholic.net Cuando el vino se hace añejo...o agrio
Casi sin darnos cuenta, aunque los que nos rodean sí lo perciben, nos vamos tornando indiferentes, egoístas, resentidos, malhumorados... en una palabra: agrios.
Cuando el vino se hace añejo...o agrio
Cuando el vino se hace añejo su sabor adquiere
su total esplendidez.
Cuando el vino se hace añejo tiene la
plenitud de su madurez.
Así es el vino de nuestra vida
que empezó con uvas verdes y frescas, pero poco a
poco se fue almacenando en nuestro corazón, poco a poco
se fue llenando el ánfora de nuestra alma y dichosos
serán los que permitan que ese vino alcance los bordes
y llegue a derramarse para los demás.
Ese vino son
nuestras vivencias, nuestros recuerdos, nuestra valiosa experiencia de la vida.
Claro-oscuro de luces y sombras. Días luminosos, si la infancia
fue feliz; días de adolescencia y juventud que nos dejaron
un aroma de vino dulce y perfumado y otros recuerdos
que son como una copa amarga que tuvimos que beber.
Así, en toda vida humana tenemos que gustar de una
serie de acontecimientos tristes y gozosos que van tejiendo la
urdimbre de nuestro existir y nos dejan el poso del
vino reposado, dulce y noble o el poso de una
amargura vivida. Los dos van a darle cuerpo y aroma
a ese vino irrepetible de nuestro vivir.
Solemos ser buenos
para el tiempo de alegría y bonanza, pero generalmente no
sabemos o nos cuesta mucho comportarnos a la altura de
las circunstancias cuando llega el tiempo de la prueba, el
tiempo del dolor o del sacrificio. Y en el fondo
es una cosa natural, pues el hombre fue hecho para
la felicidad, para el amor, para la plenitud. Así fuimos
creados, pero el mal se interpuso entre Dios y el
hombre y nos llenó de malas inclinaciones y así supimos
del dolor. Por eso en nuestro peregrinar por la tierra
sabemos que tenemos que amalgamar alegrías y dolores, salud y
enfermedad, contrariedades y dichas, éxitos y fracasos, todo como un
buen vino añejado por el tiempo para darle de beber
a los demás.
Un alma que no atesora, que pasa
por la vida con la vaciedad de la inmadurez y
del egoísmo, nunca podrá ser la fuente donde otras almas
necesitadas y sedientas puedan apagar su sed.
Pero...cuando el vino
se hace agrio...
Como tantas cosas en la vida
encontramos que hay una contraparte o lo que pudiera ser
"la otra cara de la moneda". Pues bien, no siempre
el buen vino se mejora haciéndose añejo, también el vino
bueno se echa a perder, se vuelve agrio... Según vamos
avanzando en edad pudiera ser que algunas de las virtudes
o las bondades de carácter que poseíamos se van debilitando
y por el contrario los defectos casi incipientes que aparecían
en nuestra personalidad van creciendo como la mala hierba.
Casi sin
darnos cuenta, aunque los que nos rodean sí lo perciben,
nos vamos tornando fríos, indiferentes, egoístas, necios, resentidos, malhumorados,... en
una palabra: agrios.
Pasaron los años y aquel gracejo, aquel buen
humor, aquella sonrisa fácil, aquella ternura ... se fueron apagando
hasta que solo de vez en cuando surgen algunos destellos
de todo aquel caudal que hacía que nuestro vino fuese
agradable de paladear por su sabor dulce y fresco.
¿Por qué
somos así? ¿Por qué dejamos que la rutina y la
falta de entusiasmo nos atrape hasta irnos despojando de todo
lo que nos hacía ser gratos como personas y compañeros?
En el matrimonio, hermanos, hijos, padres, nietos y amistades.
Nuestro
vino hemos de servirlo cuando está fresco o cuando se
añejó por los años y la experiencia. El ánfora de
nuestra alma está llena de ese vino, sirvámosle antes de
que se haga agrio. Porque no solo se sirven vinos
añejos cuando han pasado los años, también hay vinos que
saben a jóvenes, frescos y dulces. Los que están en
los albores de la vida también han de cuidar que
este vino no pierda su calidad y se torne insípido,
ese vino con el que brindan con sus padres, sus
hermanos o amigos puede volverse agrio ¡cuidado!.
Según pasan los años
el caudal de nuestra existencia se torna más rico, no
lo guardemos para nosotros solos, seamos generosos. Siempre encontraremos el
momento preciso para dar de ese vino, que se fue
añejando, pero que siempre tendrá un sabor nuevo y fresco
para el que lo beba. Misión importante para los que
hemos acumulado años. Si sentimos que nuestro vino ya se
añejó es porque es la hora de brindar con nuestros
seres queridos y amigos, es la hora de salir en
el atardecer dorado, al camino para ofrecer al joven caminante
un vaso de ese vino.
El vino requiere de ciertos cuidados
para estar en optimas condiciones: reposo, temperatura, etcétera y así,
nosotros, debemos cuidar con esmero nuestras actitudes y trato para
los demás y muy especialmente para los seres que amamos
y que nos rodean. Porque también es cierto que algunos
dan el buen vino a los de afuera y dejan
el de menor calidad y a veces el ya muy
agrio, para los de la casa.
No dejemos que nuestro
vino se torne agrio, renovémosle cada día.
Hoy podemos pensar
qué calidad de vino estamos ofreciendo a aquellos con los
que convivimos. ¿Tiene aromas de recuerdos, tiene color y calor
de ternura y comprensión, tiene fuerza y energía para consolar
y guiar a quién lo necesite?¿Cumple en fin, su verdadera
misión, dar grato sabor a los que nos aman, conocen
y tratan?.
Todo, todo nuestro empeño ha de ser día con
día, ofrecer el mejor vino de nuestra existencia y nunca
dejar que ese vino bueno se llegue a agriar.
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