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Autor: Ma Esther de Ariño | Fuente: Catholic.net El tiempo y la eternidad
Todos los instantes de nuestra vida son aprovechables. Valoremos y amemos esos instantes presentes para vivirlos con intensidad.
El tiempo y la eternidad
El hecho de ser, de estar presentes en esta vida,
de poder disponer de un tiempo que se nos da,
trae consigo una responsabilidad de infinitas dimensiones que muchas veces
no queremos o no sabemos aquilatar.
Estamos conscientes de que
solo el presente, el momento presente nos pertenece. El pasado
lo vivimos, si, pero se nos fue como agua entre
las manos dejándonos tan solo la humedad perfumada de un
grato recuerdo o de un triste llanto. Se nos fue
como el viento que pasa y pasa para no regresar
jamás. Los instantes, las horas, los años vividos se fueron
y no volverán.
El futuro es tan incierto como el más
grande de los misterios. Indescifrable e impenetrable.
No nos pertenece
el mañana, ni siquiera el próximo minuto, que tan solo
será nuestro si alcanzamos a vivirlo. ¿Y qué hacemos con
nuestro tiempo? Ese, el del momento presente, el que Dios
nos está regalando gota a gota, hora tras hora, día
tras día... ¿Cómo empleamos nuestro tiempo? A veces dejamos transcurrir
esas horas, horas que no volveremos a tener, sin hacer
nada, con una dejadez tonta, con un desperdicio imperdonable y
falto de cordura.
Pensemos frecuentemente en esto: el gran tesoro del
tiempo lo tenemos en nuestras manos. Es el momento presente
el que no se nos puede ir sin darle su
valor y de muchos presentes hacemos nuestro pasado y también
estamos haciendo un puente hacia ese futuro que está por
llegar. Ese puente que nos va a conducir a la
eternidad.
El valor a nuestro tiempo se lo damos nosotros. Si
empleamos ese tiempo en crecer espiritualmente, en ser mejores, en
ir limando las aristas de nuestro carácter y temperamento con
las que lastimamos a los que nos rodean, ese tiempo
será rico, lleno de paz y de alegría.
Será de un
extraordinario valor si no lo usamos con la avaricia de
vivirlo para nosotros solos, sin que generosamente se lo obsequiemos
a los demás .Así ese tiempo jamás será un desperdicio
y cuando nos hayamos ido siempre habrá alguien que nos
recordará porque llevará en su vida el regalo de nuestro
tiempo, el regalo de nuestra propia existencia.
Todos los instantes de
nuestra vida son aprovechables.
No los malgastemos en críticas malsanas, en
chismes, en arropar rencores, en maldecir con envidia la suerte
de otros, en herir de obra o de palabra, en
lastimar sentimientos o menospreciar al más débil.
Por el contrario,
valoremos y amemos esos instantes presentes para vivirlos con intensidad,
con profundidad, haciéndolos fecundos dándoles su justo valor enriquecidos por
la fe y la confianza en Dios y repartiéndolos siempre
entre nuestros semejantes.
Somos dueños de nuestro tiempo, por nuestra
propia y libre voluntad, pero no olvidemos que daremos cuenta
de él, cuando ese tiempo se termine y empiece la
ETERNIDAD.
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