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Autor: P. Fernando Pascual L.C. | Fuente: Catholic net La cascada de los hechos
Pero los hechos son inmodificables. El pasado queda escrito con tinta de hierro. Ya no podemos dar marcha atrás....
La cascada de los hechos
El coche derrapó. El choque fue inevitable. A duras penas
los viajeros salen por la puerta trasera, entre los cortes
producidos tras la explosión de las ventanas.
Están aturdidos, en estado
de shock. Luego, en el hospital, más serenos, recuerdan la
secuencia de los hechos. Es entonces cuando duelen esas decisiones,
esos momentos, que llevaron al desastre. Quizá incluso duelen mucho
más que las heridas, porque habría sido necesario poco, muy
poco, para no terminar el día en un accidente grave.
Recuerdan la mañana, cuando las discusiones dejaron un mal ambiente
en la familia.
Recuerdan el momento en que decidieron
el lugar de paseo, cuando ella prefería ir al pueblo
y él impuso su idea de ir al bosque.
Recuerdan la hora de ir al coche, cuando el hijo
mayor preguntó si estaba bien el aire de las ruedas
y nadie le hizo caso.
Recuerdan aquel cruce, cuando
la hija avisó que había que girar a la derecha
y no la escucharon.
Recuerdan una nueva discusión que puso
nervioso al conductor, y al final pasó lo que pasó.
Los
hechos se suceden como una cascada inevitable. El resultado final
parece encadenado a leyes de hierro: la gravedad, la inercia,
la química. Pero a ese resultado se llegó desde opciones
más o menos conscientes y libres, desde mentes y corazones
que orientan las ideas, las decisiones y los volantes.
Nos duele
reconocer que no habíamos pensado bien nuestros actos. Nos causa
pena señalar que la culpa estaba en las prisas, o
en la pereza, o en la irreflexión, o en el
capricho. Nos corroe el corazón ver que habría bastado poco,
muy poco, para que el día hubiera brillado por la
convivencia y la sana diversión en vez de haber terminado
en la zona de urgencias del hospital más cercano.
Pero los
hechos son inmodificables. El pasado queda escrito con tinta de
hierro. Ya no podemos dar marcha atrás para prevenir peligros
y para evitar heridas en el cuerpo o en el
alma.
Lo que queda ante nosotros es un presente abierto. Tenemos
un “ahora” y unos corazones desde los que podemos dirigir
nuestros pasos.
Serán errados si dejamos, de nuevo, que nos domine
el egoísmo y el atolondramiento. Serán certeros, al menos en
lo que depende de nosotros, si pensamos bien las cosas,
si nos dejamos guiar por la prudencia. Sobre todo, si
nos dejamos guiar por Dios y buscamos aquello que pueda
hacer sanamente felices a los seres más cercanos y a
tantas personas que encontraremos en los mil cruces del misterioso
camino de la vida.
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