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Autor: P. Fernando Pascual LC | Fuente: Catholic.net
Pena ante el vandalismo anticristiano
Tengo un deber de reparar, de rezar, de pedir perdón por un gesto de odio religioso, por un acto grave de intolerancia.
 
Pena ante el vandalismo anticristiano
Pena ante el vandalismo anticristiano


El padre abad escribió sus reflexiones después de lo sucedido.

«Este día ha sido especialmente difícil para mí y para otros compañeros.

Fuimos a una montaña de paseo. Antes de llegar a la cumbre pasamos, como siempre, ante una imagen de la Virgen y una placa con la dedicatoria de los católicos del pueblo. También había allí una pequeña estatua del Sagrado Corazón.

Allí nos encontramos con una sorpresa desagradable: alguien vino antes de nosotros para destruir, para romper, para ultrajar.

El rostro de la Virgen estaba marcado por los golpes. El Niño Jesús que llevaba en brazos había perdido una mano. La placa del pueblo había sido derribada. Y el Sagrado Corazón estaba ahora sin cabeza.

Allí mismo rezamos unas breves oraciones de desagravio. Queríamos pedir perdón a Dios por quienes cometieron un gesto salvaje, por quienes han despreciado la fe de nuestra gente. Queríamos decirle que le amamos, que le veneramos, que le tenemos por nuestro Dios y nuestro Señor, que su Madre es muy querida por nosotros.

¿Por qué este acto sacrílego? Uno de mis compañeros estaba muy indignado. Dijo que los que cometieron este ultraje eran irracionales, peores que animales. Yo no pude no corregirle: por desgracia los agresores blasfemos son seres que piensan, dotados de libertad: pueden amar y pueden odiar, pueden comprender o pueden dejarse vencer por la ignorancia, pueden tolerar sanamente a los demás o pueden ceder a acciones violentas y salvajes.

Sí: son seres humanos, no son animales. Porque los animales siguen instintos muy precisos, “respetan” en cierto sentido a Dios y saben vivir dentro de sus propios límites. Los hombres, en cambio, podemos matar, podemos robar, podemos escupir al cielo, podemos vivir en la mentira y el odio.

Pero luego también tuve que mirar mi propia alma. Las personas que cometieron este atentado contra objetos de nuestra fe católica sabían ciertamente que iban contra Jesús y contra la Virgen, pero seguramente no tienen la menor idea de lo bueno que es Jesús y lo amorosamente Madre que es la Virgen.

En cambio, yo, que he estudiado teología, que he tenido tantos días de oración y de retiro, que he recibido los sacramentos, que he leído la Biblia, que he sido ayudado por sacerdotes muy buenos en dirección espiritual, que sé quién es Jesús y quién es la Virgen; yo, que he sido tan mimado por Dios, ¿no he cometido cientos de pecados en mi vida?

En cada uno de esos pecados mi malicia podría incluso ser mayor que la de aquellos gamberros, porque yo sí sé muy bien lo que es ir contra el Salvador, lo que significa despreciar a mis hermanos, lo injusto y ruin que es el pecado.

Quizá las personas a las que llamo “salvajes” por destrozar nuestras estatuas no conocen casi nada de la fe cristiana, aunque sus actos no por ello dejan de ser terribles. Al menos, con un mínimo de educación, sabrían respetar los objetos de quienes pertenecen a una religión distinta de la que ellos tengan (si es que tienen alguna).

Pero, de nuevo, yo he aprendido desde niño que Dios es Bueno, que existe la misericordia, que si no perdonamos no seremos perdonados, que el amor es el centro de nuestra vida cristiana. ¿Y cómo vivo? ¿Qué hago? ¿Cómo permito todavía al egoísmo dominar en mi vida y destruirla entre mis miserias y pecados?

Tengo un deber de reparar, de rezar, de pedir perdón por un gesto de odio religioso, por un acto grave de intolerancia contra dos imágenes muy importantes de nuestra fe católica. Pero tengo, sobre todo, que renovar el camino de conversión, para arrancar de mi vida todo pecado. Porque esos actos míos quizá (y sin quizá) le duelen a Dios mucho, más de lo que puedan hacer unas personas inconscientes y llenas de odio contra la Iglesia.

Hoy es un día para rezar, para pedir perdón, para cambiar. Dios Padre está triste, seguro, por haber visto a quienes destrozaron la imagen de su Hijo y de su Madre. Pero Dios Padre también está triste por mí y por tantos católicos que vivimos llenos de tibieza y de pecados.

Señor, desde lo más íntimo de mi corazón, Te pido perdón y misericordia por tu pueblo, por todos y cada uno de tus hijos. Arreglaremos pronto las imágenes y rezaremos para reparar el sacrilegio.

Pero, sobre todo, Te prometo que buscaré ser menos egoísta, menos tibio, menos cobarde. Desde hoy me esforzaré por vivir la caridad y testimoniar el Evangelio para que en el futuro no haya nadie que vuelva a despreciar imágenes sagradas; y para que todos podamos vivir el mandamiento del Amor que nos dejaste en tu Evangelio».


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  • P. Fernando Pascual LC






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