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Autor: P. Fintan Kelly | Fuente: Catholic.net La Venida del Espíritu Santo
Nuestra vida debe ser un constante diálogo con el Espíritu Santo, Dulce Huésped del alma.
La Venida del Espíritu Santo
Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en
un mismo lugar. De repente vino del cielo un ruido
como el de una ráfaga de viento impetuoso, que llenó
toda la casa en la que se encontraban. Se les
aparecieron unas lenguas como de fuego que se repartieron y
se posaron sobre cada uno de ellos; quedaron todos llenos
del Espíritu Santo y se pusieron a hablar en otras
lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse. Había en Jerusalén
hombres piadosos, que allí residían, venidos de todas las naciones
que hay bajo el cielo. Al producirse aquel ruido la
gente se congregó y se llenó de estupor al oírles
hablar a cada uno en su propia lengua. Estupefactos y
admirados decían: ¿Es que no son galileos todos estos que
están hablando? Pues ¿cómo cada uno de nosotros les oímos
en nuestra propia lengua nativa? Partos, medos y elamitas; habitantes
de Mesopotamia, Judea, Capadocia, el Ponto, Asia, Frigia, Panfilia, Egipto,
la parte de Libia fronteriza con Cirene, forasteros romanos, judíos
y prosélitos, cretenses y árabes, todos les oímos hablar en
nuestra lengua las maravillas de Dios. Todos estaban estupefactos y perplejos
y se decían unos a otros ¿Qué significa esto? Otros
en cambio decían riéndose ¡Están llenos de mosto! Entonces Pedro,
presentándose con los Once, levantó su voz y les dijo:
Judíos y habitantes todos de Jerusalén: Que os quede esto
bien claro y prestad atención a mis palabras... Hch 2,1-14
El Espíritu
Santo
1. El Espíritu Santo nos ayuda a asimilar la doctrina
de Cristo.
La misión de Cristo y del Espíritu Santo se
realiza en la Iglesia, Cuerpo de Cristo y Templo del
Espíritu Santo. Esta misión conjunta asocia desde ahora a los
fieles de Cristo en su comunión con el Padre en
el Espíritu Santo: el Espíritu Santo prepara a los hombres,
los previene por su gracia, para atraerlos hacia Cristo. Les
manifiesta al Señor resucitado, les recuerda su palabra y abre
su mente para entender su muerte y resurrección. (Catecismo, n.737).
Con
frecuencia notamos que tenemos ideas claras sobre la doctrina católica.
Si nos hicieran un examen, probablemente sacaríamos una buena nota.
Pero una cosa es saber algo y otra es vivirla.
Necesitamos una ayuda especial para poder ir formando nuestra conciencia
moral, y esta ayuda viene del Espíritu Santo.
En realidad, el
verdadero artífice de una conciencia bien formada es el Espíritu
Santo: es Él quien, por un lado, señala la voluntad
de Dios como norma suprema de comportamiento, y por otro,
derramando en el alma las tres virtudes teologales y los
dones, suscita en el corazón del hombre la íntima aspiración
a la voluntad divina hasta hacer de ella su alimento.
Con mucha frecuencia no vemos claramente el por qué la
Iglesia nos exige ciertos comportamientos morales. En estas ocasiones tenemos
que echar mano de una ayuda superior, la del Espíritu
Santo. El puede doblar nuestro juicio para hacerlo coincidir con
el de Dios.
2. El Espíritu Santo nos da la fuerza
necesaria para vivir nuestros compromisos bautismales.
La vida cristiana es una
opción que debemos renovar todos los días. Dios nos deja
libres. En cualquier momento cabe la posibilidad de echarnos atrás,
de quedarnos indiferentes, de ser unos cristianos “domesticados” como ciertos
animales que sólo sirven para adornar el hogar, pero que
ya no son agresivos porque están domados.
También la conciencia se
puede domesticar y recortar a una medida cómoda. Una conciencia
para andar por casa, es una conciencia mansa, que nos
presenta los grandes principios morales suavizados, que nos ahorra sobresaltos,
remordimientos y angustias. Ante las faltas, sabe encontrar justificantes y
lenitivos: ‘estás muy cansado’, ‘todos lo hacen’, ‘obraste con recta
intención, lo hiciste por un fin bueno’, ‘es de sentido
común’.
3. El Espíritu Santo no deja de venir a
nosotros constantemente
Experimentamos muchas venidas del Espíritu Santo durante nuestra vida.
Las más fuertes son cuando recibimos los sacramentos. Por medio
de cada sacramento el “artífice de nuestra santificación”, el Espíritu
Santo, va acabando su gran obra en nosotros, nuestra transformación
en Cristo.
Además de estas venidas sacramentales del Espíritu Santo, hay
otras que son menos espectaculares, pero no por eso pierden
importancia: su influencia sobre nuestra conciencia moral.
Para el alma en
estado de gracia, la voz de la conciencia viene a
ser la voz del Espíritu Santo, que ante ella se
hace portador del querer del Padre celestial.
Nuestra vida debería
ser un constante diálogo con el Espíritu Santo. Es imposible
vivir la vida cristiana, cumplir con el principio y fundamento...
sin esta colaboración con el divino Huésped del alma, el
Espíritu Santo.
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