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Autor: SS Benedicto XVI | Fuente: Catholic.net La alegría de la Resurrección de Cristo
Dejemos que el aleluya pascual se grabe profundamente en nuestro corazón, llenandonos de alegría.
La alegría de la Resurrección de Cristo
Intervención del Papa Benedicto XVI el 24 de marzo al
rezar la oración mariana del Regina Caeli.
En la solemne
Vigilia pascual volvió a resonar, después de los días de
Cuaresma, el canto del Aleluya, palabra hebrea universalmente conocida, que
significa alabad al Señor.
Durante los días del tiempo pascual
esta invitación a la alabanza se propaga de boca en
boca, de corazón en corazón. Resuena a partir de un
acontecimiento absolutamente nuevo: la muerte y resurrección de Cristo. El
aleluya brotó del corazón de los primeros discípulos y discípulas
de Jesús en aquella mañana de Pascua, en Jerusalén.
Casi
nos parece oír sus voces: la de María Magdalena, la
primera que vio al Señor resucitado en el jardín cercano
al Calvario; las voces de las mujeres, que se encontraron
con él mientras corrían, asustadas y felices, a dar a
los discípulos el anuncio del sepulcro vacío; las voces de
los dos discípulos que con rostros tristes se habían encaminado
a Emaús y por la tarde volvieron a Jerusalén llenos
de alegría por haber escuchado su palabra y haberlo reconocido
«en la fracción del pan»; las voces de los once
Apóstoles, que aquella misma tarde lo vieron presentarse en medio
de ellos en el Cenáculo, mostrarles las heridas de los
clavos y de la lanza y decirles: «¡La paz con
vosotros!». Esta experiencia ha grabado para siempre el aleluya en
el corazón de la Iglesia, y también en nuestro corazón.
De esa misma experiencia deriva también la oración que rezamos
todos los días del tiempo pascual en lugar del Ángelus:
el Regina Caeli El texto que sustituye durante
estas semanas al Ángelus es breve y tiene la forma
directa de un anuncio: es como una nueva «anunciación» a
María, que esta vez no hace un ángel, sino los
cristianos, que invitamos a la Madre a alegrarse porque su
Hijo, a quien llevó en su seno, resucitó como lo
había prometido.
En efecto, «alégrate» fue la primera palabra que
el mensajero celestial dirigió a la Virgen en Nazaret. Y
el sentido era este: Alégrate, María, porque el Hijo de
Dios está a punto de hacerse hombre en ti. Ahora,
después del drama de la Pasión, resuena una nueva invitación
a la alegría: «Gaude et laetare, Virgo Maria, alleluia, quia
surrexit Dominus vere, alleluia», «Alégrate y regocíjate, Virgen María, aleluya,
porque verdaderamente el Señor ha resucitado, aleluya».
Queridos hermanos y
hermanas, dejemos que el aleluya pascual también se grabe profundamente
en nosotros, de modo que no sea sólo una palabra
en ciertas circunstancias exteriores, sino la expresión de nuestra misma
vida: la existencia de personas que invitan a todos a
alabar al Señor y lo hacen actuando como «resucitados».
Decimos
a María: «Ruega al Señor por nosotros», para que Aquel
que en la resurrección de su Hijo devolvió la alegría
al mundo entero, nos conceda gozar de esa alegría ahora
y siempre, en nuestra vida actual y en la vida
sin fin.
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