La cantidad de $170,000 que Catholic.net necesita alcanzar dividida entre los 250,000 usuarios diarios del portal corresponde a un importe de menos de ¡0.70 dólares por cada uno!
En la práctica es imposible recibir 0.70 dólares de cada uno de los 130,000 usuarios, ¡pero quizá sí es posible recibir 50 dólares de 3,400 de ustedes! ¿Podría usted formar parte de ese "grupo de los 3,400" de cuya generosidad depende la sobrevivencia y el desarrollo de Catholic.net? ¡Por favor, piénselo! ¡Envíe su donativo hoy mismo!
Autor: P Clemente González | Fuente: Catholic.net ¡Cristo ha resucitado!
¡Levántate tú que duermes, y te iluminará Cristo Resucitado!
¡Cristo ha resucitado!
Cristo resucitado, me atrevo a ponerme en tu presencia para
que me llenes de Ti y del gozo de tu
triunfo sobre el mal y la muerte. Creo firmemente en
tu presencia renovadora, pero aumenta mi pobre fe. Confío que
eres Tú quien me guiará en esta meditación y en
toda mi vida para vivir como un hombre o mujer
nuevo(a). Enciéndeme con el fuego de tu amor, para que
me entregue a Ti sin reservas y quemes con tu
Espíritu Santo mi debilidad y cobardía para darte a conocer
a mis hermanos.
Enséñame, Cristo resucitado, a descubrirte, para ser un
instrumento de tu amor, a buscar las cosas de arriba
y a gozar de tu presencia a lo largo del
día. Transfórmame, como a los primeros discípulos, en un apóstol
convencido de tu resurrección, capaz de darlo todo por Ti.
1.
«Mujer, ¿por qué lloras?»
Las horas amargas del calvario han dejado
una huella profunda en los discípulos. Aflora en ellos la
duda, el desencanto. Les viene el deseo de regresar al
pasado, de no haberse encontrado nunca con Cristo, de no
haberle nunca entregado su amor.
Quizás el prototipo de estos momentos
de soledad y abandono es María Magdalena. Ella había cambiado
radicalmente su vida para consagrarse completamente al amor de Jesucristo,
y sin embargo, ahora no lo encuentra. Llora desconsolada. Cristo
se le aparece bajo la forma del jardinero y pregunta...
A nosotros también nos ocurre que el Señor se nos
“esconde”, no lo hallamos con la facilidad de antes, y
podría tocar a nuestra puerta el llanto, la desazón... Pero
es necesario abrir bien los ojos. María todavía no tiene
una fe plena en su Señor. Él ha muerto, y
parece que todo ha terminado... ¡Lo tiene delante y no
lo reconoce!
¿No nos sucede a nosotros otro tanto? Cristo está
delante de nosotros en esa situación difícil, en ese fracaso
aparente, en las pequeñas cruces de todos los días. Y
nos pregunta, nos grita de mil maneras diversas, ¿por qué
lloras? ¿No te has dado cuenta que he resucitado y
estoy contigo para siempre?
Nos resulta urgente abrir los ojos de
la fe. Cristo no acostumbra aparecer como Yahvé en el
Antiguo Testamento. No hay rayos ni temblores. Jesucristo resucitado no
quiere que le tengamos miedo y opta por lo sencillo.
¡Cristo camina con nosotros en lo cotidiano! Jesucristo se nos
quiere manifestar en el trato con la familia, en la
relación con el compañero de trabajo, la vecina, el cumplimiento
del deber cotidiano. ¡Lo tenemos delante de los ojos, pero
muchas veces no queremos descubrirlo! Da la impresión, en ocasiones,
que conocer a Cristo sería más “fácil” si pusiera requisitos
más complicados ... pero a Cristo se le conoce en
la humildad de lo ordinario vivido de modo extraordinario.
“¡Levántate tú
que duermes, y te iluminará Cristo!” nos anuncia la liturgia
pascual. Pero podríamos decir también, levántate tú que estás abatido,
triste, confundido, y sal al encuentro del Resucitado. Él ha
olvidado ya tu pasado, tus traiciones e infidelidades. Él quiere
secar hoy tus lágrimas. Es por eso que, como con
María Magdalena, quiere iniciar contigo ahora un diálogo de corazón
a Corazón...
2. «Si tú te lo has llevado...»
María Magdalena
es una mujer que ama profundamente a Jesucristo. Impresiona
que un enamorado sea capaz de ciertas “locuras” para agradar
al amado y disfrutar de su presencia. El amor, cuando
es auténtico, es donación, y su único límite es no
tener límites.
Este amor que no conoce obstáculos lleva a esta
mujer a decir cosas que, a simple vista, pueden parecer
delirios o incluso acusaciones sumamente comprometedoras. Primero le insinúa al
jardinero que ha sido un profanador del sepulcro de Cristo:
“si tú te lo has llevado, dime dónde lo has
puesto...” Ella no está buscando culpables, sino que pide ayuda
a quien sea. Su interés está en recuperar al amor
de su vida que se le ha escondido. No reprocha,
no reclama, simplemente suplica: “¡Oriéntame para encontrar al Maestro!” ¿También
nosotros acudimos con ese interés a nuestra dirección espiritual, a
los sacramentos? ¿Le pedimos a la Iglesia, a sus ministros,
con verdadero interés, que nos muestren dónde está el Cristo
vivo? ¿O nos hemos acostumbrado a su presencia silenciosa en
la Eucaristía y en los hermanos?
Pero el amor de la
Magdalena la empuja a más: “...yo lo recogeré”. ¿Cómo podrá
una mujer sola cargar una cierta distancia el cuerpo de
un hombre de 33 años, con la musculatura propia de
un carpintero y peregrino, de un hombre-Dios que pudo expulsar
Él solo a los mercaderes del templo? A la Magdalena,
nuevamente, no le interesan las dificultades: su amor la empuja
a vencerlas.
En nuestra vida también hay enormes dificultades y algunas
nos parecen incluso imposibles. Sin embargo, el amor de un
alma convencida se crece ante la adversidad. Su amor es
tan intenso que, de un cierto modo, le descubre que
Cristo resucitado está a su lado. Sólo le interesa encontrarlo,
poseerlo y darse a Él sin medida.
3. «¡María!»
Cristo resucitado se
conmueve ante el amor desinteresado y fiel de la Magdalena
y la llama por su nombre. No puede seguir ocultándose
y se le descubre. Y es que un amor así,
a pesar de nuestras debilidades pasadas, conmueve a nuestro Señor
hasta lo más profundo de su ser y se siente
“desarmado”, no puede no corresponder a nuestro amor.
Jesús ha vencido
al mal – incluso el que nosotros hemos cometido –,
y nosotros hemos triunfado con Él. La Magdalena se postra
ante Él, y Él la llena del gozo de su
resurrección, como quiere llenarnos a nosotros en este rato de
oración. Sólo basta perseverar en la prueba y pedir su
gracia, buscar para encontrarlo.
Pero Cristo Resucitado nos muestra que
Él no se deja ganar en generosidad. María Magdalena no
pensaba encontrar más que un cadáver, y sin embargo, Cristo
se le muestra con su cuerpo glorioso, vivo para siempre.
Animados por esta confianza, debemos también acercarnos con una disposición
de entrega a Jesucristo, para pedirle que nos ayude a
vencer al hombre viejo, a vivir como hombres o mujeres
nuevos...
La resurrección obra una auténtica transformación en la Magdalena. Ya
no llora. Ahora es enviada por Cristo a anunciar el
gozo de su triunfo: “Ve y dile a mis hermanos..”
¡Por primera vez en el Evangelio Cristo nos llama hermanos
suyos! ¡Se ha realizado la filiación divina: somos verdaderamente hijos
adoptivos de Dios y hermanos de Cristo! Y como tales,
participamos de su misma misión... La resurrección no podemos guardarla
en el baúl de los recuerdos, sino anunciarla a los
cuatro vientos como María Magdalena, de manera que muchos otros
hombres y mujeres se conviertan en apóstoles convencidos del Reino
de Cristo.
María Magdalena sale a dar testimonio de la resurrección,
pero su amor no le permite sólo rezar y dar
ejemplo con su vida virtuosa para que los demás conozcan
a Cristo. Ella siente la necesidad, esencial a nuestra vocación
cristiana, de hacer algo, hablar, predicar, atender, ayudar, etc., todo
lo que pueda, para dar a conocer el amor de
Cristo al mundo.
Todos los servicios de Catholic.net son gratuitos.
Sólo nos mantenemos gracias a los donativos que, voluntariamente, nos hacen algunos de nuestros visitantes.
Necesitamos de tu ayuda para continuar anunciando el mensaje de Cristo a través de la Red.
Ayúdanos, Dios te lo recompensará. DA CLICK AQUÍ PARA DONAR
Consultores
de la sección Acompañamiento y ayuda espiritual. Dudas acerca de la oración y la vida espiritual en general; problemas de fe y de cuestiones morales y éticas. En general, cualquier duda acerca del desarrollo espiritual y apostólico en tu vida
Ver todos los consultores