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Autor: Pedro García Misionero Claretiano | Fuente: Catholic.net 2. Pablo y Esteban. El celoso mantenedor de la Ley
Cuando se derramó la sangre del mártir Esteban, yo también me hallaba presente, y lo aprobaba, y guardaba los vestidos de los que le mataban.
El Papa Benedicto XVI estableció el Año del Apóstol San
Pablo, comprendido entre las fechas 28 de Junio del 2008
al 29 de Junio del año 2009, para conmemorar el
Bimilenario del nacimiento de Pablo, el hombre más providencial que
Dios regaló a la Iglesia naciente.
En las meditaciones de los
lunes y martes realizaremos un modesto programa que pretende dar
a conocer la vida del Apóstol y exponer en forma
sencilla la doctrina cristiana de sus cartas inmortales, las catorce
clásicas, incluida la de los Hebreos, la cual contiene claramente
de principio a fin el pensamiento paulino, y encontrar
por nosotros mismos las enseñanzas que Pablo nos transmite
a todos. Pedro García Misionero Claretiano.
__________________________
Pablo, el Pablo que
admiramos y queremos tanto, avanzaba en la vida y no
acababa de digerir un grave remordimiento, como lo expresa de
muchas maneras en sus cartas: ¡Yo no soy digno de
ser llamado apóstol, pues perseguí a la Iglesia de Dios
(1Co 15,9)
“Con poderes recibidos de los sumos sacerdotes, yo
mismo encerré a muchos santos en las cárceles; y cuando
se les condenaba a muerte, yo contribuía con mi voto.
Frecuentemente yo recorría todas las sinagogas, y, a fuerza de
castigos, les obligaba a blasfemar; rebosando furor contra ellos, los
perseguía hasta las ciudades extranjeras” (Hch 26,10-11) “Fui un blasfemo, un
perseguidor, un insolente” (1Tm. 1,13)
A pesar del perdón total
que le había otorgado Jesús, no olvidaba Pablo la tragedia
que él desató -o al menos fomentó- en la Iglesia
naciente, como lo vamos a ver ahora.
Al principio, la Iglesia
de Jerusalén vivía en una gran paz, aunque los apóstoles
fueran llevados alguna vez a la asamblea de los judíos,
el Sanedrín, encarcelados y azotados… Pero la cosa no pasaba
de ahí.
Lucas nos describe idílicamente la vida de la
primitiva Iglesia de Jerusalén. “La multitud de los creyentes
tenía un solo corazón y un sola alma”. “Todos se
reunían con un mismo espíritu en el Templo dentro del
pórtico de Salomón, y el pueblo hablaba de ellos con
elogio, aunque ninguno se metía entre ellos”. “También una buena
cantidad de sacerdotes iba aceptando la fe” (Hch 4, 5
y 6)
Estos sacerdotes no pertenecían a los sumos sacerdotes
del Sanedrín ni tenían altos cargos en el Templo, sino
que eran levitas sencillos, los sacerdotes de menor categoría, los
“Pobres de Yahvé” que esperaban el Reino de Dios. Y
no era raro que entre los creyentes hubiera muchos fariseos
de buena voluntad.
Hasta que un día saltó la chispa
de la iscordia entre los creyentes y no creyentes
griegos venidos de la diáspora. Porque la Iglesia de Jerusalén
no estaba formada solamente por judíos palestinos, sino por otros
muchos venidos de fuera. Estos judíos griegos o helenistas tenían
sus sinagogas propias, como los Libertos, los Alejandrinos, los Cirenenses,
los de Cilicia y demás…
Los helenistas que habían abrazado la
fe eran los mayores contribuyentes del crecimiento de la Iglesia,
que iba ganando cada vez más adeptos, muy fieles a
Dios, pero también muy libres respecto de las costumbres judías
mantenidas por los escribas y fariseos.
Uno de estos fieles
helenistas era el diácono Esteban, gran conocedor de la Biblia,
predicador elocuente, dotado por el Espíritu Santo con el don
de milagros.
Pablo pertenecía a la sinagoga de los judíos
griegos de Cilicia. Con sus propios ojos veía cómo crecía
tan peligrosamente aquella secta de los discípulos de Jesús el
Nazareno, crucificado, y, por lo mismo, un maldito de Dios
según la Biblia (Dt 21,23), y del que decían que
había resucitado.
Era cuestión de tomar cartas en el asunto,
y los ojos de todos se dirigieron antes que a
nadie a ese Esteban que realizaba tantos prodigios (Hch 6,8-15;
7,1-60; 8,1-3) Lo citan a discusión judíos de aquellas sinagogas
griegas, entre ellas la de Cilicia, la de Pablo, “y
se pusieron a discutir con Esteban; pero no eran capaces
de enfrentarse a la sabiduría y al Espíritu con que
hablaba”.
Los judíos de esas sinagogas griegas, se dicen:
-
¿Qué hacemos? Con éste no vamos a poder, aunque tenemos
que acabar con él, el más peligroso de todos. ¿Por
qué no lo llevamos al Sanedrín?...
- Sí, sería lo
más acertado. Pero hay que acudir con una acusación concreta.
¿Por qué no escogemos a dos, que vayan y depongan
en el proceso? Podrían decir, por ejemplo: “Hemos oído a
éste pronunciar palabras blasfemas contra Moisés y contra Dios”…
Efectivamente,
así se hizo. Amotinan primero al pueblo, el cual arrastra
a Esteban hasta el Templo donde se había reunido el
Sanedrín.
¡Y declararon los falsos testigos igual, igual que en
aquel proceso de Jesús ante Caifás, el mismo sumo sacerdote
que preside hoy!:
“Este hombre no para de hablar
contra el lugar santo y contra la Ley, pues le
hemos oído decir que Jesús, ese Nazareno, destruirá este Lugar,
este Templo, y cambiará las costumbres que Moisés nos transmitió”.
La
acusación era gravísima. Los del Sanedrín y todos “clavaron los
ojos en Esteban y vieron su rostro como el rostro
de un ángel”.
El acusado improvisó el discurso de su
defensa, trayendo toda la historia de Israel, pues, igual que
Pablo, se sabía la Biblia de memoria.
Todos callaban, aunque
se recomían por dentro, pues adivinaban hacia dónde se dirigía.
Y no se equivocaban. Al llegar a Jesús, se descolgó
Esteban con una terrible acusación:
“¡Duros de cerviz, incircuncisos de
corazón y de oídos! Igual que sus padres, así son
ustedes. Ellos mataron a los profetas que anunciaron la venida
del Justo, de aquel que ahora ustedes han maldecido y
asesinado”.
No podía el Sanedrín con su rabia al verse
acusado de la muerte de Jesús. Arman todos un barullo
enorme, y llega al colmo su furor cuando Esteban, “lleno
del Espíritu Santo y clavando sus ojos en el cielo,
declaró: “Estoy viendo los cielos abiertos y al Hijo del
hombre de pie a la diestra de Dios”.
Esteban había
firmado su sentencia de muerte.
Tapándose todos los oídos al
oír tan horrenda blasfemia, se abalanzaron sobre el acusado, sin
votar tan siquiera la condena a muerte, lo arrastraron a
las afueras de la ciudad, y lo lanzaron a una
pequeña hondonada.
Era el lugar más apropiado para la ejecución.
Arrojado Esteban violentamente, y mientras aún se mantenía en pie,
oró al estilo judío, con los brazos en alto: “¡Señor
Jesús, recibe mi espíritu!”.
Los dos testigos principales se quitaron los
mantos para obrar con más libertad, y los entregaron al
joven que se llamaba Saulo, el cual contará después entre
lágrimas:
“Cuando se derramó la sangre del mártir Esteban, yo
también me hallaba presente, y lo aprobaba, y guardaba los
vestidos de los que le mataban” (Hch 22,20)
El primer
testigo tira la primera piedra, el otro la segunda, y
a continuación caía toda una lluvia de piedras sobre la
víctima, que aún dejó oír su voz: “¡Señor, no les
tengas en cuenta este pecado!”.
Con esta plegaria en
los labios, se dormía aquel testigo de Jesús, el primer
mártir de la Iglesia.
“Se durmió”. ¡Qué expresión tan bella
de los fieles, recogida en los Hechos de los Apóstoles!
Nada de morir. El cristiano no muere, se duerme para
despertarse otra vez…
Saulo, Pablo, no pudo medir las consecuencias
de aquella muerte. Con la persecución sistemática emprendida aquel día
contra la Iglesia, ésta rompía el corsé que la encerraba
en Jerusalén, se esparció por las regiones limítrofes, crecía cada
día más, y la plegaria última de Esteban la recogía
Dios precisamente para convertir al perseguidor…
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