El Papa Benedicto XVI estableció el Año del Apóstol San
Pablo, comprendido entre las fechas 28 de Junio del 2008
al 29 de Junio del año 2009, para conmemorar el
Bimilenario del nacimiento de Pablo, el hombre más providencial que
Dios regaló a la Iglesia naciente.
En las meditaciones de los
lunes y martes realizaremos un modesto programa que pretende dar
a conocer la vida del Apóstol y exponer en forma
sencilla la doctrina cristiana de sus cartas inmortales, las catorce
clásicas, incluida la de los Hebreos, la cual contiene claramente
de principio a fin el pensamiento paulino, y encontrar
por nosotros mismos las enseñanzas que Pablo nos transmite
a todos. Pedro García Misionero Claretiano.
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La noticia desconcertó en
Jerusalén a todas las autoridades religiosas judías:
- ¿Es que
no lo saben? Saulo, o Pablo, ese judío de la
diáspora, Maestro tan prometedor, ha traicionado a nuestros sumos sacerdotes,
y con las cartas que llevaba consigo y le autorizaban
traer presos a los de la maldita secta del Nazareno,
¡él, el mismo Saulo, se ha hecho uno de ellos!...
Esta era la dura realidad para las autoridades judías. ¿Qué
había ocurrido?... El diácono Esteban acababa de ser lapidado, y Saulo,
Pablo, convertido en el mayor perseguidor de la naciente Iglesia,
se dirigía a Damasco para traer a Jerusalén y condenar
y ajusticiar a los discípulos helenistas allí refugiados.
Ocho días
de duro caminar sobre las cabalgaduras, con el forzoso descanso
del sábado.
Bajo un sol implacable y el calor sofocante
del mediodía, llega la comitiva ante las puertas de la
ciudad amurallada.
De repente, un globo esplendoroso de luz circunda
a Pablo, y un rayo fulminante le derriba en tierra,
a la vez que oye una voz de acento inefable,
mientras contempla una figura que le mira de manera indescriptiblemente
amorosa:
- Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?...
- ¿Quién
eres tú, Señor?
- Yo soy Jesús, a quien tú
persigues.
En unos segundos de densidad eterna, el caído en
tierra se da cuenta perfecta de todo:
- ¡Luego Esteban
tenía razón! Decía que estaba viendo al Hijo del Hombre
a la derecha de Dios, ¡y era verdad! Ese Jesús
a quien yo odiaba es el Mesías esperado. Al que
yo llamaba “el maldito crucificado”, ¡aquí lo tengo, está Resucitado,
y es Señor!...
En unos instantes ha visto Saulo todo
un mundo. Y responde con generosidad admirable:
-Señor, ¿qué quieres
que haga?...
Y Jesús, a quien ve Pablo con sus
cinco llagas resplandecientes:
- Levántate, entra en la ciudad, y
allí se te dirá lo que tienes que hacer.
Los acompañantes están perplejos, han notado la luz, han percibido
una voz también, pero no han visto a nadie ni
entendido nada.
Terminada la visión, Saulo apenas se puede levantar,
y sus ojos cegados no ven. Lo levantan, le sostienen
por las manos, lo conducen a pie hasta la ciudad,
y lo dejan en casa de un judío conocido llamado
Judas, sita en la calle principal.
Pablo ni ve ni
habla. Ensimismado, no come, no bebe, no escucha a nadie.
Sólo sus labios musitan algunas oraciones ininteligibles. Así tres días.
Hasta que al fin recibe una visita extraña. Un anciano
venerable que se le presenta: -Saulo hermano, el Señor Jesús,
que se te apareció en el camino, me manda para
que recobres la vista y te llenes del Espíritu Santo.
Saulo nota cómo Ananías le impone las manos; a su
contacto se le caen de los ojos apagados unas como
escamas, producidas por la luz intensa del Resucitado, y recobra
la vista.
Sabiendo muy bien quién es Jesús, acepta sin
más ser bautizado en una de aquellas tinas de
agua de la posada de Judas. Recupera las fuerzas con
el alimento que toma después de tan prolongado ayuno, y
ya tenemos ahora a Saulo, a Pablo, convertido en un
ser totalmente distinto. En este hombre ha muerto todo un
mundo, y ha surgido una nueva creación.
¿Qué decir de
la conversión de Pablo?
Después de la Resurrección de Jesús,
es el acontecimiento más extraordinario y de mayores consecuencias acontecido
en la Historia de la Iglesia.
Los enemigos de Jesucristo
no saben cómo revolverse ante este hecho innegable, y, para
negarlo, han inventado explicaciones tan ingeniosas como necias. Todos vienen
a decir lo mismo:
-¡No, semejante aparición ante Damasco no
existió!...
Uno dirá:
-¿Qué ocurrió? Simplemente, con el calor sofocante
del mediodía, una insolación hizo hervir los sesos de Pablo
y se imaginó ver y oír a aquel a quien
perseguía…
Otro apostillará:
-¡Bonito relato! ¡Vaya imaginación que tenía el
escritor de los Hechos de los Apóstoles! Todo es pura
fantasía.
Otro dará una nueva y más poderosa razón:
-¡Claro!
No podía Pablo con los remordimientos de su conciencia por
la muerte de Esteban. Y a fuerza de pensar, vino
a resolverse: ¡Esteban tenía razón! ¡Jesús tiene que estar vivo!
Yo no lo he visto, pero debe ser así…
Vendrá
uno más, y nos dirá:
-Todo fue una perturbación mental,
causada por la descarga eléctrica de una furiosa tempestad procedente
de los desiertos de Siria, que trastornó a Saulo, agotado
por el duro caminar, y le hizo ver precisamente aquello
que tanto odiaba…
Y queda la explicación más divertida: -Jesús,
desde luego, no había resucitado, porque, de hecho, nunca murió.
Estaba al tanto de lo que tramaba Saulo, se le
presentó terrible y amenazante frente a Damasco, le metió miedo
con la espada que blandía, y Saulo, prudente, antes que
morir prefirió rendirse y pasarse al bando que perseguía…
Hace ya
mucho tiempo que empezaron a decirse tales disparates por los
racionalistas. ¿Por qué?... Sabían bien lo que hacían tan perversamente.
La conversión de Pablo ante las puertas de Damasco es
una prueba tajante de la Resurrección de Jesús. Y si
Jesús resucitó, ¿quién era Jesús?... Lo que él decía: el
Cristo, el Hijo de Dios, el Salvador.
Los enemigos de
Jesucristo saben esto muy bien. Por eso están empeñados en
negar un hecho evidente y que no tiene vuelta de
hoja, como decimos.
Pero además, si Pablo no vio personalmente
a Cristo Resucitado, la vida de Pablo no tiene explicación
humana.
Nosotros sabemos y decimos algo muy diferente de lo
que afirman esos ciegos voluntarios, que no soportan ni a
Jesús ni a Pablo. Nosotros vemos que a partir de
las puertas de Damasco, Pablo es el gran enamorado de
Jesucristo. ¡Cómo le quiere! ¡Cómo habla de Él! ¡Cómo trabaja
por Él!... No hay cristiano que no mire a Pablo
como el gran amante de Jesucristo y no quiera ser,
de una manera u otra, un segundo Pablo.
Porque cada
cristiano ha tenido en su vida un momento u otro
de propia conversión. Y entonces ha surgido en ese cristiano
el gran ideal:
-Conocer a Jesús. Amar a Jesús. Hacer
algo por Jesús…
Cuando el cristiano contempla a Jesús Resucitado,
en quien cree a ciegas, y le pregunta también: -Señor,
¿quién eres?..., recibe la respuesta de Saulo, pero modificada, ¡y
tan modificada!: -Yo soy Jesús, a quien tú tanto amas.
¿Qué quieres hacer por mí?...
Preguntas o comentarios al autor P.
Pedro García Cmf
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