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Autor: Pedro García Misionero Claretiano | Fuente: Catholic.net 4. Damasco-Jerusalén-Tarso. Primeros pasos del convertido
¡Jesús está vivo, resucitó! ¡Se me apareció a mí, el perseguidor! ¡Lo he visto con mis propios ojos!
En la meditación anterior dejamos a Pablo completamente normalizado después
del tremendo choque sufrido ante las puertas de Damasco. Corría
probablemente el año 34, y Pablo confesaba a todos en
Damasco:
-¡Jesús está vivo, resucitó! ¡Se me apareció a mí,
el perseguidor! ¡Lo he visto con mis propios ojos!…
Como
no le convenía continuar en Damasco, ni era prudente ir
todavía a Jerusalén, tanto por las autoridades judías como por
los mismos apóstoles, toma Pablo la resolución:
-¡Me marcho a
Arabia! He de meditar y prepararme para lo que el
Señor me dijo y me encargó.
Y es ahora, con
la reflexión, cuando va madurando el que Pablo llama “mi
evangelio”. No tiene propiamente apariciones del Señor, pero sí una asistencia
clarísima del Espíritu Santo. Pablo reflexiona:
“¿De qué me ha
servido la Ley? De nada. Ella no era sino una
preparación para el Cristo que había de venir.
La Ley
está ya de sobras. Ahora, para alcanzar la salvación, basta
la fe en el Cristo crucificado y resucitado. Por lo
mismo, tanto la circuncisión como la Ley con sus innumerables
prescripciones están ya fuera de lugar.
Además, ¿por qué el
Señor me reprochó que le perseguía a Él, si yo
no lo conocía ni lo tenía conmigo para atraparlo? Yo
perseguía a sus discípulos. Esto quiere decir que los bautizados
no forman con Jesús sino un solo cuerpo. El Cristo
y los suyos son una sola cosa…
“El Señor me dijo
por Ananías, cuando vino a devolverme la vista y a
bautizarme, que me iba a enviar a los gentiles…
Por lo
mismo, será inútil obligarles a la circuncisión y a las
prescripciones de la Ley. Les bastará a todos, judíos como
gentiles, la fe en Cristo Jesús…
No necesitarán más ley
que el Espíritu Santo metido en sus corazones, ese Espíritu
que yo siento tan adentro de mí desde que recibí
el bautismo”…
¿Nos inventamos nosotros esto?... Nosotros relatamos así, puesto
en labios de Pablo, lo que él nos repetirá mil
veces en sus cartas.
Pablo regresa a Damasco; predica cor
ardor de Jesús; y, perseguido por los judíos, ha de
huir pintorescamente, metido en una espuerta y descolgado por la
muralla.
El fugitivo llega a Jerusalén, y nos cuenta:
“Personalmente,
no me conocían las iglesias de Cristo en Judea. Sólo
habían oído decir: ‘El que antes nos perseguía, ahora anuncia
la Buena Nueva de la fe que entonces quería destruir’.
Y glorificaban a Dios por mi causa”
Pero todos le
temían, hasta que Bernabé lo presentó a los apóstoles y
a la Iglesia:
-No le tengan miedo. “El Señor se
le apareció, y en Damasco ha predicado con valentía el
nombre de Jesús” (Ga 2,22-23. Hch 9,26-30)
Fue Pablo
a Jerusalén, nos dice él mismo, “para ver a Cefas,
y permanecí quince días en su compañía” (Ga 1,18-19)
¡Y
cuántas cosas aprendió Pablo en estos días con los apóstoles
que pudo tratar!, pues “andaba por Jerusalén con ellos”, nos
dice Lucas.
Bastaría para convencernos espigar algo en sus cartas,
como la tradición viva de la Resurrección o la institución
de la Eucaristía, como escribirá Pablo después:
“Yo mismo recibí
personalmente esta tradición…, y les trasmito a ustedes lo que
yo recibí” (1Co 11, 23-25)
¿Qué significa todo esto?... Que
Pablo se interesó sumamente por saber de los testigos los
puntos capitales sobre la vida de Jesús, y que los
apóstoles se lo contaban todo, todo…
Fue importantísimo para Pablo
el saber la genealogía de Jesús y dónde nació:
-¿Era
Jesús realmente el prometido descendiente de David? ¿Por quién y
cómo? ¿Nació en Belén, según la profecía de Miqueas, o
tal vez en Nazaret?,... Por eso, tuvieron que contarle la
concepción virginal de Jesús y su nacimiento en Belén. Testigo
único era María su Madre, confiada por el Señor a
Juan y que aún vivía con él.
Los historiadores más
serios y exigentes de Pablo se han entretenido en relatar
las conversaciones que Pedro y Pablo hubieron de sostener en
estos días. Pedro acompañaba a Pablo a los lugares más
emotivos de la vida del Señor.
En Getsemaní: -Mira,
Pablo, aquí sufrió el Señor aquella agonía tan espantosa…
En el Calvario: -Sí, Pablo, aquí se alzó la
cruz; aquí murió el Señor.
En el Sepulcro. -¡Míralo!
Sigue vacío. De él salió triunfante el Señor.
En
el Cenáculo: -Aquí nos dio el Señor su cuerpo y
su sangre. Aquí recibimos el Espíritu Santo…
Pablo absorbía con
verdadera pasión toda noticia sobre Jesús. La vida del Señor
la iba aprendiendo de labios de todos los testigos, tan
viva en la tradición de la primera comunidad, aunque no
se tuvieran aún los evangelios escritos. El Jesús de la
fe se sostenía en la mente de Pablo sobre la
base firmísima del Jesús histórico.
Pablo “andaba por Jerusalén predicando con
valentía en el nombre del Señor. Y hablaba también y
discutía con los helenistas, pero éstos intentaban matarle”.
Pablo contará
muchos años más tarde, dirigiéndose precisamente a los judíos que
le escuchaban en Jerusalén:
“Estando orando en el Templo, caí
en éxtasis, y vi al Señor que me decía: Date
prisa, y sal inmediatamente de Jerusalén, pues no recibirán tu
testimonio acerca de mí. Marcha, pues yo te enviaré lejos,
a los gentiles” (Hch 22,17-21)
Entonces los jefes
de los judíos tomaron la resolución que era de esperar:
-¡Hay que acabar con este Pablo!...
Pero los hermanos, conocedores de
la conspiración, “lo enviaron a Cesarea y de allí lo
encaminaron a Tarso”, haciéndole montar en alguna nave.
Pablo, por
su parte, aceptó gustoso esta salida precipitada. Y se despidió:
-Adiós, Jerusalén! Ciudad santa, no por el Templo, sino ahora
por la Cruz y por el Sepulcro del Señor.
Ocurría todo
esto el año 37. ¿Qué hizo Pablo en su patria?
No lo sabemos con certeza. Él nos dice que fue
a las regiones de Siria y Cilicia (Ga 1,21), o
sea, que durante unos cuatro años se dedicó, aunque moderadamente,
a visitar las iglesias de estas regiones.
Al final de
este tiempo, y antes de emprender la marcha definitiva, tuvo
la gracia mística que relatará catorce años después:
“Fui arrebatado
al paraíso, y escuché palabras inefables que al hombre le
es imposible expresar” (2Co 12,4)
Hasta que vino Bernabé, judío
helenista de Chipre, y le invitó con decisión:
-¿Qué haces
aquí, Pablo? ¡Vamos, que nos esperan en la Iglesia de
Antioquía!
Con los dos, iremos también nosotros a Antioquía en la
meditación siguiente. Porque el atractivo de la Iglesia de Antioquía
es irresistible…
Puedes encontrar todas las reflexiones anteriores
de San Pablo en esta dirección.
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