Me atrevo a empezar hoy con una pregunta, más que
curiosa, inquietante:
Cuando oímos o leemos a San Pablo, sobre
todo en las grandes cartas a los Gálatas o a
los Romanos, ¿no nos enredamos muchas veces con eso de
la justificación por la fe, los judaizantes, las obras de
la Ley, y otras expresiones parecidas?...
Sí; nos enredamos. Esta
es la verdad.
Y no entendemos tampoco por qué los
judíos hubieron de hacer tanta guerra a Pablo. Lo persiguieron
por todas partes. Pero no solamente los judíos que rechazaban
a Jesús, sino los judíos convertidos, los cristianos judíos, llamados
judaizantes.
Pablo contaba en una de sus cartas: “Cinco veces
recibí de los judíos treinta y nueve azotes; tres veces
he sufrido la flagelación con varas; una vez fui apedreado”
(2Co 11,24).
La lluvia de piedras que le dejó medio
muerto la recibió de los paganos licaonios, instigados por los
judíos que llegaron desde Antioquía de Pisidia e Iconio.
¿Por qué fue todo eso? ¿Por qué los judíos perseguían
a Pablo?
Los judíos que no se convertían, no toleraban que
el judaísmo se viniera abajo por aquel impostor que había
muerto crucificado. Esto se entiende fácilmente. La que no se
entiende es la persecución de Pablo por parte de “los
falsos hermanos” (2Co 11,26), es decir, de los judíos convertidos
al cristianismo. ¿Qué ocurría?
Los judíos pensaban que la salvación venía
por la pertenencia al pueblo de Israel, al pueblo judío,
al descendiente de Abraham. Tenía como signo la circuncisión, que
recibían los varones al octavo día de haber nacido. Además,
había que cumplir la Ley de Moisés. Según aquellos judíos,
los gentiles o paganos, sin circuncisión y sin Ley, eran
todos “gente pecadora” (Tb 13,17), y no se salvaban.
Así estaban las cosas, cuando aparece Pablo predicando a Jesús,
y diciendo:
Basta para salvarse creer en Jesús, darse completamente
a Él, bautizarse y vivir conforme a las enseñanzas de
Jesús, guiados por el Espíritu Santo, dentro de la Iglesia
dirigida por los apóstoles y los pastores por ellos designados.
En todo lo demás, reina la libertad.
¿Cuál de las dos
partes tenía la razón? Habían sucedido dos hechos incuestionables que
convenía tener muy presentes.
Primero, el de Pedro, que bautizó al
centurión pagano Cornelio y a todos los suyos sin circuncidarlos,
y el Espíritu Santo bajó sobre ellos sin hacer ninguna
distinción entre judíos circuncidados y paganos incircuncisos (Hch 10,44-48; 11,17-18)
Segundo,
el de Pablo y Bernabé, que evangelizaron por el
Asia Menor. Convirtieron a muchos gentiles, los bautizaron, sin circuncidarlos
ni imponerles la Ley, y el Espíritu Santo obraba con
ellos los mismos prodigios que entre los judíos de Jerusalén.
Estos
dos hechos deberían hacer callar a los judaizantes, haciéndoles pensar
rectamente: No hacen falta alguna ni la circuncisión ni
la Ley.
Pero los judaizantes no tenían en cuenta estos
hechos evidentes, estas obras del Espíritu Santo, y exigían todo
lo contrario: ¡Hay que circuncidar a esos paganos que
se coinvierten y obligarles a guardar la Ley!
Contra esos
judaizantes, el pensamiento de Pablo era muy claro: Abraham recibió
la promesa del Salvador y la salvación por su fe
antes de que se circuncidase. Por lo mismo, la salvación
no se debe a la circuncisión sino a la promesa
libre de Dios. La circuncisión, entonces, está de más, es
inútil (Ro 4,9-12)
Y lo mismo pasa con la Ley de
Moisés. Jesús aceptó la Ley y se sometió a ella,
pero al mismo tiempo la hacía desaparecer con la ley
de la nueva Alianza, inaugurada con la sangre de su
cruz, con la moral perfecta que Él enseñaba, y con
la institución de su Iglesia.
Con toda esta obra de
Jesús, desaparecía lo que la antigua Ley tenía de profecía,
de provisional. La Ley de Moisés era sombra de lo
que tenía que venir, y que sería definitivo.
San Pablo
lo expresó muy bien con aquella comparación: La Ley de
Moisés era como el pedagogo, como el criado que lleva
al niño a la escuela. Una vez el niño se
ha hecho mayor, camina por su cuenta, sabe guardarse a
sí mismo, y sobra entonces el pedagogo. De este modo,
la Ley de Moisés llevaba al pueblo judío hasta el
Cristo.
Una vez venido el Cristo, que promulgaba su ley
definitiva, sobraba la ley anterior. La Ley y la circuncisión
quedaban abolidas, y bastaba la fe en Jesús.
Pero,
¿qué es la fe en Jesús? ¿En qué consiste? ,
La fe del cristiano no es decir:
"Yo creo en
Jesús, y ya estoy salvado." No basta eso. La fe
en Cristo es entregarse a Él; es tomarlo como guía,
después de reconocer que es Dios y que es el
Salvador. Esta fe consiste en darse a Cristo, lo cual
exige bautizarse y desarrollar después la fe por la recepción
del Espíritu Santo con la Confirmación.
La fe pide unirse
a Cristo por la Eucaristía, que es el Pan de
Vida. Y exige: también vivir siempre a Cristo con las
obras de la fe, es decir, con todo lo que
impone la condición de cristianos.
Según San Pablo, la fe
ha de actuar movida por el amor (Ga 5,6); de
lo contrario, la fe sin obras no nos salva.
Hay que
entender lo que enseñan los dos apóstoles Pablo y Santiago:
Pablo dice: Nadie se justifica por las obras, sino por
la fe (Ro 3,28. Ga 2,16) Y Santiago: La fe sin
obras está realmente muerta (St 2,17 y 26)
Tan palabra de
Dios es lo que dice Pablo como lo que dice
Santiago, y los dos dicen lo mismo, aunque cada uno
bajo su punto de vista propio.
Por lo mismo, el
cristiano no queda sin ley. La Ley antigua, la de
Moisés, está abolida, anulada del todo. Pero el cristiano tiene
una nueva ley que cumplir: la de Jesús, la del
Espíritu. Son necesarias la fe y las obras, y tan
necesarias las obras como la fe.
Agarrar sólo estas palabras
de Pablo: Nadie se justifica por las obras, sino por
la fe (Ro 3,28. Ga 2,16), negando la necesidad de
las obras cristianas, es una blasfemia contra la Biblia.
San
Pablo hablaba de las obras de la Ley antigua, no
de la ley de Dios impresa en nuestros corazones, ni
de las normas establecidas por el Señor en el Evangelio.
Sí,
amigos; la meditación de hoy ha sido algo especial, ya
lo veo, y nos ha hecho discurrir un poco.
Pero
nos era necesaria para entender muchas cosas de la vida
de Pablo, el gran perseguido, aunque también el gran campeón
de la libertad cristiana.
Preguntas o comentarios al autor P. Pedro
García Cmf
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Pablo en esta dirección.
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