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Autor: Pedro García Misionero Claretiano | Fuente: Catholic.net 8. En el Concilio de Jerusalén. El triunfo de la libertad cristiana
Nosotros nos salvamos por la gracia del Señor Jesús, del mismo modo que se salvan los paganos.
El Papa Benedicto XVI estableció el Año del Apóstol San
Pablo, comprendido entre las fechas 28 de Junio del 2008
al 29 de Junio del año 2009, para conmemorar el
Bimilenario del nacimiento de Pablo, el hombre más providencial que
Dios regaló a la Iglesia naciente.
En las meditaciones de los
lunes y martes realizaremos un modesto programa que pretende dar
a conocer la vida del Apóstol y exponer en forma
sencilla la doctrina cristiana de sus cartas inmortales, las catorce
clásicas, incluida la de los Hebreos, la cual contiene claramente
de principio a fin el pensamiento paulino, y encontrar
por nosotros mismos las enseñanzas que Pablo nos transmite
a todos. Pedro García Misionero Claretiano.
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¿Le esperaba mucha paz
a Pablo después del primer viaje apostólico por las regiones
interiores del Asia Menor? Ahora se las va a ver
con otras dificultades muy serias.
La alegría en la iglesia de
Antioquía era muy grande cuando todos vieron cómo Dios abría
las puertas de la fe a los paganos, tal como
contaban Pablo y Bernabé al regresar de su primera misión.
Todos se decían con gozo:
-¡Hay que ver la cosecha enorme
de creyentes que se avecina!...
Así se pensaba en Antioquía.
Pero en la iglesia madre de Jerusalén, en la que
habían abrazado la fe muchos sacerdotes del Templo y gran
cantidad de fariseos, cundía el temor, y se decían:
-¿Qué
hacen los antioquenos al abrir las puertas a tantos paganos
sin obligarles a recibir la circuncisión ni observar la Ley
de Moisés?... La salvación, es cierto, está en la fe
del Señor Jesús; pero junto con la Ley de Dios
dada a nuestros padres y al pueblo elegido.
Los que así
pensaban no se detuvieron en ideas y palabras solamente, sino
que enviaron emisarios a Antioquía para imponer su verdad:
-Si
esos convertidos del paganismo no se circuncidan y no observan
la Ley de Moisés, no se pueden salvar.
La Iglesia
de Antioquía, muy preocupada, y con toda razón, determinó enviar
a Jerusalén emisarios que consultaran el asunto con los Apóstoles.
El grupo expedicionario siguió la costa, y, al pasar por
las comunidades cristianas de Fenicia y de Samaría, Pablo y
Bernabé “narraban la conversión de los gentiles y causaban grande
alegría a todos los hermanos” (Hch 15,1-35)
Llegados a Jerusalén, toda
la Iglesia, con los ancianos y los apóstoles a la
cabeza, los recibieron gozosos y escuchaban con pasmo a los
dos grandes evangelizadores:
- ¡No se imaginan ustedes cuántas cosas
ha hecho Dios por nosotros! ¡Cuántos paganos han abrazado la
fe del Señor Jesús!...
Pablo nos cuenta muchos más detalles.
(Ga 2,10) Reconociendo la autoridad de Pedro, de Santiago y
de Juan, “que eran considerados como columnas”, les pregunta en
privado con sinceridad:
- ¿He actuado bien? ¿Estoy salvaguardando la
verdad del Evangelio?...
Ellos, los tres, emocionados, le tendieron la
mano. Era un gesto de los persas cuando aceptaban y
daban una palabra, gesto que se apropiaron los judíos.
Ahora
los apóstoles le dicen a Pablo:
-¡Sigue, sigue predicando a
los gentiles como lo haces, mientras que nosotros nos dedicamos
aquí a los judíos. Únicamente, acuérdate de los muchos pobres
de aquí…
Y añade Pablo: “Esto de los pobres lo
he procurado cumplir”.
Cosa que nosotros veremos cuando realice la
gran colecta que él mismo llevará años más adelante a
Jerusalén.
Pero mientras Pablo y Bernabé entusiasmaban a todos, los
judaizantes insistían: “Es necesario circuncidar a esos paganos convertidos y
mandarles que guarden la ley de Moisés”.
No había manera…
Y ante esto, se tomó la resolución: -¡Una asamblea general,
a ver qué nos dice el Espíritu Santo!...
Y así
se hizo. Sin pensar en lo que serían los Concilios
en la Iglesia, éste venía a ser, improvisado, el Concilio
primero. Se discutía larga y acaloradamente. Pedro, aceptado por todos
como suprema autoridad, habló decidido, y recordando el bautismo del
centurión Cornelio, sentenció:
-Dios, por medio mío, dio testimonio a
favor de los paganos comunicándoles el Espíritu Santo igual que
a nosotros. ¿Por qué entonces se empeñan algunos en imponerles
la Ley, un yugo que ni nosotros ni nuestros padres
pudimos soportar?
Nosotros nos salvamos por la gracia del Señor
Jesús, del mismo modo que se salvan ellos, esos paganos.
Pablo y Bernabé reventaban de alegría en medio del silencio
que se produjo ante tales palabras de Pedro. E, invitados
a hablar, contaban las maravillas que Dios había realizado por
ellos entre los gentiles.
El golpe final, la estocada última,
vino de quien menos se podía esperar: de Santiago, el
judío riguroso y encargado u obispo de la Iglesia en
Jerusalén, respetado de todos los judíos por su estricta observancia
de la Ley a pesar de la fe en Jesús.
Sus palabras fueron decisivas, aunque dichas sin la impetuosidad de
Pedro o la energía de Pablo:
- ¡No se debe
molestar a los gentiles que se conviertan a Dios!
Y
siguió el severo Santiago:
- Únicamente hay que aconsejarles, por
respeto a los judíos que podrían ofenderse, que se abstengan
de comer carnes sacrificadas por los paganos a sus ídolos,
que no coman carne de animales estrangulados ni la sangre,
y que eviten la fornicación. Convendría mandarles una carta aconsejándoles
esto. De lo demás, ¡nada!... ¿A qué venían estas observaciones de
Santiago? Eran normas prácticas prudentes.
Santiago pide atención a estas costumbres,
aunque ya no obliguen para nada.
La cuestión quedaba zanjada
para siempre. Triunfaba la libertad cristiana. Y esto, como anotaba
claramente la carta sugerida por Santiago, lo expresaban con una
frase que vale por todo un mundo: “Hemos decidido el
Espíritu Santo y nosotros”. Hay que aprenderlo bien: ¡El Espíritu
Santo y nosotros!...
Esta será la norma invariable de la
Iglesia a lo largo de los siglos: los Pastores unidos
en Pedro - hoy los Obispos en comunión con el
Papa- tienen la última palabra, asistida por el mismo Espíritu
Santo.
¡Hay que ver la seguridad que nos dan cuando
nos enseñan!...
La asamblea escribió la carta recomendada por Santiago y
fue llevada personalmente por dos delegados, Judas y Silas, a
las iglesias formadas por los creyentes venidos del paganismo.
¿Cómo
reaccionaron los destinatarios?
Nos lo comentan los Hechos:
- En
Antioquía reunieron la asamblea y entregaron la carta. La leyeron
y todos se alegraron por los grandes alientos que con
ella habían recibido.
Pablo había triunfado en
toda la línea. Pero los judaizantes no habían muerto. Y
continuarán siendo ellos la gran tortura del Apóstol.
Esta página
de los Hechos sobre el Concilio de Jerusalén es de
una gran importancia. ¡Y lo que debemos a Pablo! Si
no hubiera sido por él, por la energía indomable con
que defendió “su evangelio”, su doctrina sobre la fe en
el Señor Jesús, ¡quién sabe las esclavitudes que estaríamos padeciendo
en la Iglesia aún a estas horas! Que si sacrificios…,
que si animales puros e impuros…, que si imágenes…, que
si primogénitos de hombres y animales…, que si cuántos días
de la mujer…, que si luna llena…, que si primicias…,
que si mil cuentos más… “Lo que ni nosotros ni
nuestros padres pudieron soportar”, dijo Pedro en la asamblea.
Puedes encontrar todas las
reflexiones anteriores de San Pablo en esta dirección.
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