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Autor: Pedro García Misionero Claretiano | Fuente: Catholic.net 11. El mundo grecorromano. El Imperio y sus religiones.
Entraremos con Pablo en Filipos, importante colonia romana en Grecia, lo cual quiere decir que nos hastamos metidos dentro Imperio Romano.
El Papa Benedicto XVI estableció el Año del Apóstol San
Pablo, comprendido entre las fechas 28 de Junio del 2008
al 29 de Junio del año 2009, para conmemorar el
Bimilenario del nacimiento de Pablo, el hombre más providencial que
Dios regaló a la Iglesia naciente.
En las meditaciones de los
lunes y martes realizaremos un modesto programa que pretende dar
a conocer la vida del Apóstol y exponer en forma
sencilla la doctrina cristiana de sus cartas inmortales, las catorce
clásicas, incluida la de los Hebreos, la cual contiene claramente
de principio a fin el pensamiento paulino, y encontrar
por nosotros mismos las enseñanzas que Pablo nos transmite
a todos. Pedro García Misionero Claretiano.
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Hemos entrado a estas
horas con Pablo en Filipos, importante colonia romana en Grecia,
lo cual quiere decir que nos hallamos metidos dentro de
Europa, en lo más granado del Imperio Romano, y respirando
a todo pulmón la cultura grecorromana.
¿No vale la pena
que conozcamos el ambiente en que nos vamos a mover
en adelante, acompañando siempre a Pablo?... Nos bastarán algunas notas
nada más, traídas por todos los historiadores del Apóstol.
Ante todo,
¿qué y cómo era el Imperio Romano?
Hacía ya siete
siglos que Roma, la pequeña ciudad de las siete colinas,
había empezado a conquistar las tierras de sus alrededores. Iba
extendiendo sus dominios, y lo que empezó por tan pequeña
cosa, para cuando vino Jesús al mundo y predicó Pablo
el Evangelio, el Impero había rodeado todo el mar Mediterráneo.
Se extendía desde el Asia Menor hasta España, desde todo
el norte del África hasta la Europa de Italia, Grecia,
las Galias, Germania y las Islas Británicas.
Era un Imperio
de hierro, sabiamente Organizado, con las legiones que aseguraban todas
las fronteras, un derecho modelo de leyes justas, y un
gran respeto a las costumbres de los pueblos conquistados.
Geográficamente,
estaba bien unido por sus magníficas calzadas -hoy serían nuestras
autopistas-, gracias a las cuales los viajes y los negocios
podían desarrollarse con gran facilidad.
Aunque la lengua original de Roma
era el latín, la lengua del Lacio, como lengua del
pueblo había sido absorbida por el griego, que lo hablaba
todo orbe de la tierra, es decir, todo el Imperio.
Todos
los historiadores coinciden en el mismo juicio: con el Imperio
Romano, el Evangelio iba a encontrar un terreno muy propicio
para su desenvolvimiento. Dios escogió muy bien el momento más
a propósito para la realización de su plan de salvación.
¿Y
cómo estaba el asunto de la religión?
Aquellos pueblos paganos,
¿eran realmente incrédulos? Hemos de decir que no. Por errores
religiosos que existieran, había una fe u otra en un
Ser o en seres Superiores.
Los griegos habían caído en
un politeísmo inimaginable. Resulta imposible retener en la memoria la
cantidad de dioses y diosas que moraban en el Olimpo,
siempre bajo el dios supremo, Zeus o Júpiter, o de
Cibeles la madre de los dioses.
Había dioses para todo.
Marte, era el dios de la armas y de la
guerra. Baco, el del vino y la embriaguez. Venus, la
diosa del placer sexual. Diana, la simpática y bella diosa
de la caza. La lista se hace interminable.
Los filósofos
fueron los primeros en negar las divinidades, precisamente porque no
creían en tantas fábulas. Y aunque no creyeran, otros pensaron
mejor en mantenerlas. Un gran filósofo grecolatino, decía:
Conviene admitir
la creencia en los dioses, pues, creyendo la gente en
ellos, se logra mantener cierta moralidad. (Epicteto)
Y uno de los
mayores poetas latinos juzgaba también:
Conviene que haya dioses; y,
como conviene, digamos que sí, que existen .(Ovidio)
¿Qué quiere
decir esto?
Que entre la gente más preparada, eso de
la religión era una tontería por la que no valía
la pena preocuparse.
Pero, digamos algo ya más concreto de
Roma. En sus orígenes era muy austera y muy seria
en religión.
Las casas tenían reservado su altar a los
dioses lares o del hogar, los cuales regían unas costumbres
muy sanas.
Un escritor de aquel tiempo nos dice:
Nuestro
pueblo tiene sus dioses. La religión ha adquirido tal autoridad,
que ella rige toda la actividad, tanto pública como privada
(Publio)
Así lo expresaba también el mayor orador romano: Por
mucho que sea nuestro amor propio, hemos de reconocer que
otros pueblos nos ganan en muchas cosas; pero en lo
que nosotros les ganamos a ellos es en la piedad,
en la religión, sabiendo que la patria está regida por
la protección de los dioses (Cicerón)
Cuando vino Jesús al
mundo y durante la predicación de Pablo, Roma ya no
era la antigua, aquella Roma austera y religiosa de la
que surgió el magnífico Imperio. Habían medio desaparecido de ella
los antiguos dioses lares o del hogar y habían sido
sustituidos por la multitud de los dioses venidos de fuera,
sobre todo de Grecia.
Egipto había aportado también sus dioses,
los cuales estaban lo mismo en lo alto del cielo
que en cualquier rincón de los campos, como lo decía
ridiculizando aquel escritor:
¡Qué gente más feliz! Hasta en las
plantas del huerto les nacen los dioses… Y nada digamos de
las religiones del Asia con sus misterios y de las
creencias que vinieron después: aquellos seres superiores como ángeles que
lo dominaban todo.
Pero hay que decir una palabra
sobre la Sinagoga, es decir, sobre los judíos que por
todas partes habían llevado el culto del Dios verdadero.
Los
judíos, establecidos en todo el Imperio con sus sinagogas, atraían
a los espíritus más selectos de Roma y Grecia; y
Dios, el Dios verdadero, tenía por doquier muchos adoradores que
abrían, sin pretenderlo, el camino al Evangelio.
Como el politeísmo -ese
adorar a todos los dioses habidos y por haber- había
acabado con la severa religión romana, el mejor Emperador y
mayor político, César Augusto, quiso volver a la fe de
la antigua Roma. Pero sus esfuerzos no consiguieron nada.
Cuando
lleguemos con Pablo a Atenas, nos encontraremos con el hecho
curioso. Paseando por la ciudad, encuentra en la calle un
altar dedicado “Al dios desconocido”.
Pablo aprovecha la ocasión:
¿No saben ustedes quién es ese dios desconocido? Pues, miren,
ese Dios es precisamente el que yo les vengo a
anunciar.
Y aquí nos quedamos hoy, pendientes de
la respuesta que Pablo puede encontrar. ¿Cómo va a entrar
Jesús en el Imperio Romano?...
Puedes encontrar todas las reflexiones anteriores de San Pablo en
esta dirección.
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