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Autor: P Juan Pablo II | Fuente: Catholic.net Te adoro con devoción, Divinidad oculta
La adoración del Niño Jesús, en la Noche Santa, se convierte en adoración eucarística. ¡Quédate con nosotros, Pan vivo bajado del Cielo!
Te adoro con devoción, Divinidad oculta
“Adoro Te devote, latens Deitas”
En esta Noche resuenan en
mi corazón las primeras palabras del célebre himno eucarístico, que
me acompaña día a día en la Eucaristía.
En el Hijo
de la Virgen, “envuelto en pañales” y “acostado en un
pesebre” (cf. Lc 2,12), reconocemos y adoramos “el pan bajado
del cielo” (Jn 6,41.51), el Redentor venido a la tierra
para dar la vida al mundo.
¡Belén! La ciudad donde
según las Escrituras nació Jesús, en lengua hebrea, significa “casa
del pan”. Allí, pues, debía nacer el Mesías, que más
tarde diría de sí mismo: “Yo soy el pan de
vida” (Jn 6,35.48).
En Belén nació Aquél que, bajo el signo
del pan partido, dejaría el memorial de la Pascua. Por
esto, la adoración del Niño Jesús, en la Noche Santa,
se convierte en adoración eucarística.
Te adoramos, Señor, presente realmente
en el Sacramento del altar, Pan vivo que das vida
al hombre. Te reconocemos como nuestro único Dios, frágil Niño
que estás indefenso en el pesebre. “En la plenitud de
los tiempos, te hiciste hombre entre los hombres para unir
el fin con el principio, es decir, al hombre con
Dios” (cf. S. Ireneo, Adv. haer., IV,20,4).
Naciste en est Noche,
divino Redentor nuestro, y, por nosotros, peregrino por los senderos
del tiempo, te hiciste alimento de vida eterna.
¡Acuérdate de nosotros,
Hijo eterno de Dios, que te encarnaste en el seno
de la Virgen María! Te necesita la humanidad entera, marcada
por tantas pruebas y dificultades.
¡Quédate con nosotros, Pan vivo bajado
del Cielo para nuestra salvación! ¡Quédate con nosotros para siempre!
Amén.
Te adoro con devoción
Te adoro con devoción, Divinidad oculta, verdaderamente escondido
bajo estas apariencias. A ti se somete mi corazón por completo, y
se rinde totalmente al contemplarte.
La vista, el tacto, el gusto,
se equivocan sobre ti, pero basta con el oído para creer
con firmeza. Creo todo lo que ha dicho el Hijo de
Dios: nada es más cierto que esta palabra de Verdad.
En la
Cruz se escondía sólo la divinidad, pero aquí también se esconde
la humanidad; Creo y confieso ambas cosas, pido lo que pidió el
ladrón arrepentido.
No veo las llagas como las vio Tomás, pero confieso
que eres mi Dios; Haz que yo crea más y más
en Ti, que en Ti espere; que te ame.
¡Oh, memorial de
la Muerte del Señor! Pan vivo que da la vida al
hombre: Concédele a mi alma que de ti viva, y que siempre
saboree tu dulzura.
Señor Jesús, bondadoso pelícano, límpiame, a mí inmundo, con
tu sangre, De la que una sola gota puede liberar de todos
los crímenes al mundo entero.
Jesús, a quien ahora veo oculto, te
ruego que se cumpla lo que tanto ansío: Que al mirar
tu rostro ya no oculto sea yo feliz viendo tu gloria.
Amén.
MISA DE NOCHEBUENA. HOMILÍA DEL PAPA JUAN PABLO II
Viernes 24 de diciembre de 2004
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