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Autor: SS Benedicto XVI | Fuente: Catholic.net La esperanza el "color" del Adviento
Todo el pueblo de Dios se pone en marcha atraído por este misterio: nuestro Dios es el "Dios que llega" y nos llama a salir a su encuentro.
La esperanza el "color" del Adviento
... El Adviento es por excelencia la estación espiritual
de la esperanza y en él la Iglesia entera está
llamada a convertirse en esperanza, para ella misma y para
el mundo.
Todo el organismo espiritual del Cuerpo místico asume,
por así decir, el "color" de la esperanza. Todo el
pueblo de Dios se pone en marcha atraído por este
misterio: nuestro Dios es el "Dios que llega" y nos
llama a salir a su encuentro.
¿Cómo?
Ante todo con
esa forma universal de esperanza y de la espera que
es la oración, que encuentra su expresión eminente en los
Salmos, palabras humanas en las que el mismo Dios ha
puesto y pone continuamente en los labios y en los
corazones de los creyentes la invocación de su venida.
Detengámonos,
por tanto, unos instantes en los dos Salmos que aparecen
consecutivamente en el libro bíblico: el 141 y el 142,
según la numeración judía:
"Señor, te estoy llamando, ven de
prisa, escucha mi voz cuando te llamo. Suba mi oración
como incienso en tu presencia, el alzar de mis manos
como ofrenda de la tarde" (Salmo 141,1-2).
Así inicia el
primer salmo de las primeras vísperas de la primera semana
del Salterio: palabras que al inicio de Adviento cobran un
nuevo "color", pues el Espíritu Santo hace que resuenen siempre
de nuevo en nuestro interior, en la Iglesia en camino
entre el tiempo de Dios y los tiempos de los
hombres.
"Señor..., ven de prisa" (v. 1).
Es el grito
de una persona que se siente en grave peligro, pero
es también el grito de la Iglesia que entre las
múltiples insidias que la circundan, que amenazan a su santidad,
esa integridad irreprensible de la que habla el apóstol Pablo,
pero que sin embargo debe ser conservada para la venida
del Señor.
En esta invocación resuena también el grito de
todos los justos, de todos los que quieren resistir al
mal, a las seducciones de un bienestar inicuo, de placeres
que ofenden a la dignidad humana y a la condición
de los pobres.
Al inicio de Adviento, la liturgia de
la Iglesia lanza nuevamente este grito, y lo eleva a
Dios "como incienso" (v. 2).
La ofrenda vespertina del incienso
es, de hecho, símbolo de la oración, de la efusión
de los corazones orientados a Dios, al Altísimo, así como
"el alzar de mis manos como ofrenda de la tarde"
(v. 2). En la Iglesia ya no se ofrecen sacrificios
materiales, como sucedía también en el templo de Jerusalén, sino
que se eleva la ofrenda espiritual de la oración, en
unión con la de Jesucristo, que es al mismo tiempo
Sacrificio y Sacerdote de la nueva y eterna Alianza. En
el grito del Cuerpo místico, reconocemos la voz misma de
la Cabeza: el Hijo de Dios que ha cargado con
nuestras pruebas y tentaciones para darnos la gracia de su
victoria.
(...)En su primera venida con la encarnación, el Hijo
de Dios quiso compartir plenamente nuestra condición humana. Naturalmente no
compartió el pecado, pero por nuestra salvación padeció todas las
consecuencias. Al rezar el Salmo 142, la Iglesia revive cada
vez la gracia de esta compasión, de esta "venida" del
Hijo de Dios en la angustia humana hasta tocar fondo.
El grito de esperanza de Adviento expresa, entonces, desde el
inicio y de la manera más fuerte, toda la gravedad
de nuestro estado, la extrema necesidad de salvación.
Es como
decir: nosotros no esperamos al Señor como una hermosa decoración
en un mundo ya salvado, sino como un camino único
de liberación de un peligro mortal. Y nosotros sabemos que
Él mismo, el Liberador, ha tenido que sufrir y morir
para sacarnos de esta prisión. (...)
(...)Como María y con su
maternal ayuda, seamos dóciles a la acción del Espíritu Santo
para que el Dios de la paz nos santifique plenamente
y la Iglesia se convierta en signo e instrumento de
esperanza para todos los hombres. ¡Amén!
Fragmento de la homilía que
pronunció Benedicto XVI en las vísperas del primer domingo de
Adviento en la Basílica de san Pedro del Vaticano 2008.
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