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Autor: SS Benedicto XVI | Fuente: Catholic.net Dios de Dios, luz de luz
En la oscuridad de la noche de Belén se encendió, realmente, una gran luz: el Creador del universo se encarnó.
Dios de Dios, luz de luz
(...) En la oscuridad de la noche de Belén se
encendió, realmente, una gran luz: el Creador del universo se
encarnó uniéndose indisolublemente a la naturaleza humana, hasta ser realmente
"Dios de Dios, luz de luz" y al mismo tiempo
hombre, verdadero hombre.
(...)
El "Sentido" que se ha hecho carne no
es simplemente una idea general inscrita en el mundo; es
una "palabra" dirigida a nosotros. Él nos conoce, nos llama,
nos guía. No es una ley universal, en la que
nosotros desarrollamos algún papel, sino que es una Persona que
se interesa por cada persona singular: es el Hijo del
Dios vivo, que se ha hecho hombre en Belén.
A muchos
hombres, y de alguna forma a todos nosotros, esto parece
demasiado hermoso para ser cierto. En efecto, aquí se nos
reafirma : sí, existe un sentido, y el sentido no
es una protesta impotente contra el absurdo.
El Sentido es
poderoso: es Dios.
Un Dios bueno, que no se confunde
con cualquier poder excelso y lejano, al que nunca se
podría llegar, sino un Dios que se ha hecho cercano
a nosotros y nuestro prójimo, que tiene tiempo para cada
uno de nosotros y que ha venido a quedarse con
nosotros.
Entonces surge espontánea la pregunta: "¿Cómo es posible una
cosa semejante? ¿Es digno de Dios hacerse niño?". Para intentar
abrir el corazón a esta verdad que ilumina la entera
existencia humana, es necesario plegar la mente y reconocer la
limitación de nuestra inteligencia.
En la gruta de Belén, Dios
se muestra a nosotros humilde "infante" para vencer nuestra soberbia.
Quizás nos habríamos rendido más fácilmente frente al poder, frente
a la sabiduría; pero Él no quiere nuestra rendición; apela
más bien a nuestro corazón y a nuestra decisión libre
de aceptar su amor. Se ha hecho pequeño para liberarnos
de esa pretensión humana de grandeza que surge de la
soberbia; se ha encarnado libremente para hacernos a nosotros verdaderamente
libres, libres de amarlo.
Queridos hermanos y hermanas, la Navidad es
una oportunidad privilegiada para meditar sobre el sentido y el
valor de nuestra existencia. El aproximarse de esta solemnidad nos
ayuda a reflexionar:
por una parte, sobre el dramatismo de
la historia en la que los hombres, heridos por el
pecado, están permanentemente buscando la felicidad y un sentido satisfactorio
de la vida y la muerte;
por otra, nos
exhorta a meditar sobre la bondad misericordiosa de Dios, que
ha salido al encuentro del hombre para comunicarle directamente la
Verdad que salva, y hacerle partícipe de su amistad y
de su vida.
Preparémonos, por tanto, a la Navidad con
humildad y sencillez, disponiéndonos a recibir el don de la
luz, la alegría y la paz que irradian de este
misterio.
Acojamos la Navidad de Cristo como un acontecimiento capaz
de renovar hoy nuestra existencia.
Que el encuentro con el
Niño Jesús nos haga personas que no piensen solo en
sí mismas, sino que se abran a las expectativas y
necesidades de los hermanos. De esta forma nos convertiremos también
nosotros en testigos de la luz que la Navidad irradia
sobre la humanidad del tercer milenio.
Pidamos a María Santísima,
tabernáculo del Verbo encarnado, y a san José, silencioso testigo
de los acontecimientos de la salvación, que nos comuniquen los
sentimientos que ellos tenían mientras esperaban el nacimiento de Jesús,
de modo que podamos prepararnos a celebrar santamente la próxima
Navidad, en el gozo de la fe y animados por
el empeño de una conversión sincera.
Fragmento de la catequesis sobre
la preparación a la Navidad pronunciada el miércoles 17 de
2008 por el Papa Benedicto XVI durante la audiencia general.
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