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Autor: Oscar Schmidt | Fuente: www.reinadelcielo.org La Paciencia de Dios
El Señor sigue marcando, día a día, el número de nuestro corazón. ¿Lo haremos seguir esperando?
La Paciencia de Dios
Hace pocos días escribí: Demos gracias a Dios por Su
infinita Paciencia y Misericordia. Luego de hacerlo me invadió una
conmoción interior: ¿tenía derecho a colocar la Paciencia de Dios
al mismo nivel que Su Misericordia? ¿Y que hay del
Amor? ¿Acaso no está el Amor de Dios por encima
de Su Paciencia? ¿O no será quizás que la Paciencia
Divina es nada más que una parte del Amor y
Misericordia de Dios? ¿Es la Paciencia algo distinto, importante, en
el Corazón de Jesús? Me consoló el pensamiento de que
Dios tiene que ser muy paciente para perdonar y aceptar
todo el olvido y traiciones a los que el hombre
somete a Su Sagrado Corazón. También me tranquilizó el pensamiento
de que, sin dudas, Jesús hace un extensivo uso de
Su Paciencia particularmente en estos tiempos, y por ello debemos
agradecerle. Allí quedó mi frase, publicada como había sido escrita.
Al
día siguiente, una persona me comentó que en un Cenáculo
de oración se dijo: “La paciencia es la virtud de
los santos”. Una conmoción se produjo en mi interior, al
advertir que nuevamente la Paciencia Divina convocaba mi atención. Feliz
de haber encontrado un punto de unión en el que
Jesús claramente me abrazaba, me uní al ruego de tener
al menos un poco de la paciencia de los santos,
reflejo de la Paciencia de Dios.
Sin embargo, hoy me invadió
una nueva conmoción interior: con alegría retomé la lectura de
un hermoso libro sobre la vida del Hermano de Asís,
Francisco. Mi señalador me llevó al punto en que me
encontraba, momento en que el Pobre Hermano recibía los estigmas
del Crucificado en el Monte Alvernia. Retomando la lectura, a
las pocas páginas me encuentro con un título que dice:
La Paciencia de Dios. Mi corazón dio un salto, ansioso
por devorar el texto y comprender que es lo que
allí se decía sobre este tema que en pocos días
invadía mi entendimiento.
Debilitado por la sangre derramada, por las llagas
de pies, manos y costado, Francisco se desbarrancaba hacia los
brazos del Amor, su cuerpo muriendo, su alma floreciendo. Vivía
envuelto en el dolor y el amor, a tal punto
que ambas cosas eran un único nudo en su alma,
el dolor y el amor del Crucificado lo habían tomado
por completo.
Acurrucado en una gruta del camino de regreso
hacia la Porciúncula, Francisco dijo entonces a su compañero fray
León:
Respóndeme, hermano, ¿cual es el atributo más hermoso de
Dios? El amor, respondió fray León. No lo es, dijo
Francisco. La Sabiduría, respondió León. No lo es. Escribe,
hermano León:
La perla más rara y preciosa de la Corona
de Dios es la Paciencia. Oh, cuando pienso en la
Paciencia de mi Dios, me vienen unas ganas locas de
estallar en lágrimas y que todo el mundo me vea
llorando a mares porque no hay manera mas elocuente de
celebrar ese inapreciable atributo. ¡Oh la Paciencia de Dios! Hermano
León, ésta mil veces bendita palabra escríbela siempre con letras
bien grandes. Cuando pienso en la Paciencia de Dios me
siento enloquecer de felicidad. Siento ganas de morir de pura
felicidad. Francisco repitió entonces muchas veces, como extasiado, Paciencia de
Dios, Paciencia de Dios, hasta que el hermano León se
contagió y comenzó a repetirla con Francisco.
¿Qué más puedo decir
yo de la Paciencia de Dios, que no hubiera dicho
el hermano Francisco de Asís? Solo deseo invitarlos a meditar
sobre lo inmenso que es el Amor de Dios, reflejado
cada día en todo lo que tenemos, en los santos
que se derramaron y se siguen derramando sobre el mundo,
en los milagros cotidianos, en el misterio de Dios actuando
en esta tierra a diario. ¿Y como respondemos nosotros?
Aquí
yace el signo de la Paciencia Divina, que sigue insistiendo
pese a la falta de respuesta. Es como un teléfono
que llama y llama, sin que nosotros nos dignemos a
responder. El Señor sigue marcando, día a día, el número
de nuestro corazón, el de cada uno de nosotros. ¿Lo
haremos seguir esperando?
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