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Autor: Ma Esther De Ariño | Fuente: Catholic.net Tiempo para Dios
Desechemos la tibieza, el espíritu tacaño para todo lo concerniente a las cosas de Dios.
Tiempo para Dios
En nuestra vida tenemos muy bien programadas nuestras horas,
nuestras semanas. Tiempo para trabajar, tiempo para el ejercicio, tiempo
para tomar alimentos, de preferencia los que más nos gustan,
tiempo para descansar o divertirnos, pero... ¿y el tiempo para
Dios?.
No encontramos tiempo para Dios, para orar. Teniendo comunicación
con Él que es quién precisamente nos da ese tiempo
que repartimos en nuestro muy personal plan de vida.
Y llega
el domingo... Si estamos en un lugar de descanso, de
monte o de playa ¡qué difícil es programarnos para ir
a misa! Si nos hemos quedado en la ciudad, ¡con
qué mezquindad le damos a Dios la media hora de
misa de los domingos!
Para ir al cine , al
teatro o a un evento deportivo nos ponemos diligentes y
contentos. Queremos llegar y llegamos antes de que empiece la
función, buscamos el mejor lugar para poder ver y oír
lo mejor posible, ¡no nos queremos perder ni un solo
detalle!. Pero la misa, y eso que la entrada es
gratis, no importa llegar cuando ya está empezada la ceremonia
y no nos interesa ver o no ver lo que
el celebrante hace o dice en el altar y nos
quedamos en la entrada para que en el momento de
que nos den la bendición nos podamos ir rápidamente, como
el que termina un cometido fastidioso y poco grato.
Sabemos que
la misa es el sacrificio incruento en que bajo las
especies de pan y vino convertidas en el Cuerpo y
Sangre de Jesucristo ofrece el sacerdote al Eterno Padre. La
misa es el acto esencial del culto católico por ser
el milagro del misterio Pascual del Hijo de Dios. Como
acto de culto a nuestro Creador es la adoración a
la Divina Majestad, la acción de gracias por los beneficios
recibidos, la reparación de nuestros pecados y de toda la
humanidad, para oír su palabra y la petición de la
mediación de Cristo
Por todos nosotros. Es poder estar en
la Cena del Señor la noche del Jueves Santo en
el espacio y en el tiempo. Es poder llegar con
nuestro corazón hasta Dios y si lo recibimos, es alimentarnos
de El y pedir que nos acompañe en el camino
que estamos recorriendo aquí hasta el final de nuestros días.
Tarde o temprano ese día llegará y no queremos presentarnos
a El con la frase tan conocida de "las manos
vacías" sino con algo mucho peor: con el corazón vacío
de amor.
No le hemos querido, no le hemos amado como
El nos amó hasta dar la vida por nuestra salvación
eterna. Vamos viviendo indiferentes a ese gran amor y no
sabemos corresponder. Cuando estemos en su presencia ¡qué ansias de
volver a empezar, qué ganas de tener todo el tiempo
del mundo como ahora, otra vez, toda una vida para
amarlo!.
Pensaremos, aunque ya demasiado tarde, en cómo desperdiciamos los minutos,
las horas, los años en pequeñeces, en minucias que nos
absorbieron, que nos quitaron todo nuestro tiempo para al pasar
por una Iglesia entrar, dejando todos la preocupaciones afuera, y
frente al Sagrario decirle a Cristo simplemente: -"Te amo y
aquí estoy".
Pasamos la vida corriendo tras las cosas vanas y
perecederas mientras que apenas tenemos unas migajas de oración para
Dios y con la media hora escasa de los domingos
en la Iglesia tenemos la conciencia tranquila porque ya cumplimos.
....
Cambiemos radicalmente la forma de vivir nuestra religión.
Seamos radicales en
este cambio. Desechemos la tibieza, el espíritu tacaño para todo
lo concerniente a las cosas de Dios y amémosle con
generosidad, empezando por cumplir con el primer Mandamiento que es:
Amar a Dios sobre todas las cosas.
¡Qué se nos note
que lo amamos, para que en los ojos de Cristo
encontremos, un día, el reconocimiento del encuentro con el amigo,
al llegar a su presencia!.
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