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| Una oración por mis hermanos |
Una esposa y madre reza por el regreso de su
marido. A su lado, dos niños pequeños juntan las manos
y musitan una plegaria. Esperan el milagro, el cambio de
un corazón que un día dejó a los suyos. Déjame
unirme a ellos, compartir sus penas y pedirte lo que
Te suplican con su amor sincero.
Unos padres rezan por el
hijo que vive esclavizado por la droga. Lo educaron en
tu ley, le enseñaron la importancia de la vida de
gracia. Le llevaron a la iglesia, a la catequesis. Pero
un día el hijo, libre y engañado, emprendió el mal
camino. Permite que mi oración esté junto a la suya,
que llore y suplique por la conversión de una vida
joven y necesitada de mil perdones.
Unos hijos piden, en la
misa, para que sus padres dejen de pelear en casa,
para que vivan unidos en un amor sincero, para que
sean de verdad fieles a cuanto prometieron en el día
de su boda. Déjame, Señor, compartir esa oración, hacerla mía,
para ayudar a muchos esposos a vivir en Tu Amor
eterno.
Pero también hay tantos corazones que no rezan, que no
esperan, que viven sin mirar al cielo, sin suplicar una
ayuda divina. Unos, porque ya no tienen esperanza. Otros, porque
hace tiempo que Te dejaron lejos. Otros, porque piensan que
todo se alcanza con dinero, con técnica, con medicinas, con
libros, con amigos, con medios humanos, a veces eficaces, pero
casi siempre provisionales y frágiles.
Son corazones que necesitan, más que
nadie, una oración. Permíteme, Señor, pedirte por lo que no
piden, sentir que Tú anhelas que Te amen, que Te
invoquen, que confíen, que se abran al amor infinito que
encontramos en Cristo, tu Hijo.
En este día, en estos momentos,
toma esta sencilla oración que te ofrezco por mis hermanos.
Sé que yo también necesito ayuda, paciencia, fuerza, esperanza. Sé
también que me la estás dando, porque eres bueno, porque
eres Padre, porque no puedes dejar abandonados a tus hijos
más enfermos. Pero hoy no rezo por mí, sino por
quienes Te piden ayuda, y también por quienes han olvidado
o nunca han sabido descubrirte como Omnipotente, como Misericordia, como
Amor, como Infinito; por quienes no saben que Tú eres
el único, el definitivo, el verdadero Salvador.
Esta es mi oración
sencilla, desde lo más profundo de mi alma. Acógela, Señor,
junto a los ruegos de María, Madre tuya y Madre
mía. Y concédeme que eso que Te pido se realice,
según Tu Voluntad, y para el bien de todos mis
hermanos sufrientes, abatidos, cansados en los mil caminos de nuestro
peregrinar terreno.
Preguntas o comentarios al autor P. Fernando Pascual LC
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