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Autor: María Susana Ratero | Fuente: Catholic.net Con Maria y José, en la Elevación
Sé que no soy digna, Señor, de que entres en mi casa, pero una sola palabra Tuya bastara para sanarme.
Con Maria y José, en la Elevación
El sacerdote, durante la Misa, alza sus manos sosteniendo en
alto a Jesús Eucaristía.
Es la Elevación
Y
mi corazón te contempla a su derecha, María Santísima, sosteniendo
amorosamente su brazo, en tanto que San José se halla
a su izquierda.
Ambos, con infinita delicadeza
y suave firmeza, ayudan al sacerdote al sostener al Niño…
-
¿Al Niño, Madre?
- Si hija mía- respondes a mi alma
sin soltar tu preciosa carga- el Niño…
José
no aparta la mirada de las manos del sacerdote. Ambos
son perfectos custodios del Hijo amado.
- Dime, Madre, pues no
comprendo ¿Por qué Tu y José ayudan al sacerdote a
sostener la Hostia?
Tu manto con piedritas bordadas
se ilumina de repente:
- ¿Sabes hija? En cada Elevación vuelven
a mi alma aquellos recuerdos de Belén, cuando José y
yo tomábamos al pequeño Jesús en brazos. Le alzábamos alto
y le contemplábamos… con infinito amor, con serena admiración. Por
eso es que, José y yo, nos acercamos al sacerdote
en cada Elevación, para volver a abrazar a Jesús.
Las manos consagradas del sacerdote sostienen delicadamente al
Niño.
Si, un Divino Niño que parece
pan, pero los ojos de mi alma ven más allá
de su apariencia. Esas manos consagradas sostienen a Jesús con
la misma delicadeza que José y María lo hacían en
los días de Belén.
Las manos santas y
las consagradas se han unido, se han mezclado, prodigando al
pequeño, las mas suaves caricias.
Y mi alma
te entrega la pregunta.
- ¿Belén? ¿Belén en la Elevación,
Señora mía?
- Si hija, Belén, José y yo alzando
al Niño
Y la Parroquia se transporta toda a la cueva
de Belén
Tu, Madre junto a tu esposo,
toman delicadamente a Jesús bebe y lo van elevando para
que lo vean los pastores. Luego dejan al Niño en
manos del sacerdote, quien pronuncia la magnifica invitación:
“Dichosos
los invitados a la Cena del Señor”
Y
sé que no soy digna, Señor, de que entres en
mi casa, pero una sola palabra Tuya bastara para sanarme.
Es tiempo de comunión. Es tiempo de abrazo.
Sales majestuosamente del humilde copón y vas nombrándonos,
a todos, uno a uno.
Y eres Niño, y
eres Hombre… y eres mi Dios…
Te entregas
en un abrazo perfecto, único, irrepetible.
Así, entre
parroquianos y pastores, te llegas a mi alma.
Vuelvo lentamente al banco de la parroquia y te suplico,
Señora mía:
- Sostenlo, Madre, sostenlo en mi corazón con esa
delicadeza que solo Tus manos tienen. Sostenlo y dile que
le amo. Tus palabras llegan a Su Corazón más puras
que las mías…
Maestra del alma, gracias…. Gracias
por hacerme conocer este pequeño gran secreto de amor. Gracias
por ayudar a cada sacerdote a sostener al Niño.
Ahora viviré plenamente cada Elevación, porque tu generoso Corazón
descorrió, para mí, un poquito, el velo que cubre el
más profundo de los misterios: La Eucaristía.
Niño
de brazos tiernos y perfume de pan. Pan que llega
a mi alma con el acompasado latido del Sagrado Corazón
de Jesús.
Amiga mía, amigo mío que lees
este pequeño relato de amor. Espero que tu alma se
inunde de gozo al contemplar, en cada Misa, este sencillo
pero profundo gesto. La Elevación. Aunque tus ojos vean solo
las manos del sacerdote, tu corazón sabrá, que otras Manos
sostienen tan preciosa carga, desde la eternidad.
NOTA de la
autora: Estos relatos sobre María Santísima han nacido en mi
corazón y en mi imaginación por el amor que siento
por ella, basados en lo que he leído. Pero no
debe pensarse que estos relatos sean consecuencia de revelaciones o
visiones o nada que se le parezca. El mismo relato
habla de "Cerrar los ojos y verla" o expresiones parecidas
que aluden exclusivamente a mi imaginación, sin intervención sobrenatural alguna.
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