Autor: Pbro. Patricio Romero | Fuente: Archicofradía Guardia de Honor S. C. de Jesús Ternura del Sagrado Corazón con los hombres
Jesús que mira a todos los hombres como hermanos suyos amándolos con la mayor ternura.
Ternura del Sagrado Corazón con los hombres
I. Jesús es nuestro amigo
Del amor a Dios procede necesariamente
el amor a los hombres que son hijos suyos. Jesús
tiene para nosotros Corazón de amigo; así quiere Él mismo
llamarse, y con razón, pues tiene de amigo el afecto,
la fidelidad y el incesante desvelo. ¡Oh, palabra dulce! ¡Oh
título amable! ¿Qué cosa hay incomparable con este amigo fiel?
ni ¿qué es todo el oro y plata su comparación?
(Eccl. 6).
Discípulo afortunado que reclinásteis vuestra cabeza sobre el Corazón
de Jesús, y fuísteis objeto de su predilección, decidnos si
el divino Salvador sabe amar a sus amigos, y si
Él mismo es aquel amigo fiel que da la vida
y la inmortalidad, sirviendo al mismo tiempo de defensa y
baluarte a sus amigos (Ibid). Jesús es en efecto al
amigo verdadero que no nos abandona en la desgracia ni
aún en la muerte; que mira por nuestros intereses y
nos ama con un amor puro y desinteresado. ¡Oh! ¡cuán
mal he correspondido yo hasta aquí a su amistad divina!
Dios mío, ¡cuán sensible es mi corazón para con las
criaturas y cuán duro para Vos! ¡Ah! ¡Si al menos
no hubiese yo jamás abandonado a este amigo!... ¡Si no
le hubiese hecho traición!... ¡Oh Jesús mío! perdonad mi infidelidad.
II.
Es nuestro hermano
El Corazón de Jesús es el Corazón de
un hermano. Al título de amigo junta el Salvador otro
todavía más tierno; el título de hermano. ¿Qué cosa hay
más dulce que el amor fraternal? ¿Que cosa más íntima
que los lazos que unen entre sí a los hermanos?
"Id a mis hermanos, dijo Jesús a la Magdalena, y
decidles de mi parte: suba a mi Padre y vuestro
Padre" (Jo.20). Por otra parte este título no es en
los labios de Jesús un nombre vano; puesto que en
esta cualidad quiere que participemos de sus bienes haciéndonos coherederos
de Él. Cohœeredes Christi (Rom. 8).
Pero lo que más hace
resaltar la fuerza de este amor, es nuestra indignidad e
ingratitud; por cuanto nosotros le hemos tenido en poco, le
hemos rechazado, ultrajado y hasta entregado a la muerte, y
a pesar de esto Él nos ha amado buscándonos para
rescatarnos del infierno, y de infelices desterrados que éramos nos
ha hecho hijos de Dios, abriéndonos las puertas del cielo.
Ahora
bien: ¿Queréis dar al Salvador una prueba de agradecimiento al
favor insigne que os dispensa recibiéndoos por hermanos? Amad a
vuestro prójimo, y socorred a Jesucristo en sus pobres, seguros
de que mirará como hecho a su persona lo que
hicieseis con el más pequeño de los suyos. ¡Qué felices
sois pudiendo de este modo pagar a Jesucristo lo mucho
que le debéis!
III. Es nuestro Padre
El Corazón de Jesús es
para nosotros un Corazón de Padre. Los vínculos que unen
al Padre con los hijos son más íntimos aún que
los que unen entre sí a los hermanos. Pues bien:
Jesucristo ha querido tomar el nombre de Padre de sus
escogidos, y amarles con una ternura paternal. "Heme constituido Padre
de Israel, reconociendo a Efraín como a mi primogénito. Yo
trataré con respeto a Efraín" (Jer. 31). Este Padre amantísimo
a derramado su sangre para darnos la vida, y aún
ahora nos alimenta con su preciosa carne, de manera que
le pertenecemos con más justo título que los hijos pertenecen
a su madre natural. "Heme aquí, dice el Salvador, y
conmigo los hijos que Dios me ha dado" (Heb. 2)
¿Qué deben a su padre los hijos más queridos? ¿Qué
debo yo a Jesucristo? ¿Qué me toca hacer por Él?
IV.
Es nuestro esposo
El Corazón de Jesús es para nosotros Corazón
de esposo. Sobre la unión de los hermanos entre sí,
y la de un padre con sus hijos, hay otra
todavía de mayor excelencia y que identifica más: esta unión
es la de los esposos. ¿Quién es capaz de comprender,
y menos aún de explicar lo que encierra la mística
alianza de la criatura con el Creador? ¿Quién habría podido
persuadirse jamás que el Hijo de Dios llegara a tal
exceso de amor para con el hombre caído, ni de
que nuestro corazón, desfigurado por la culpa, lleno de imperfecciones,
despreciable en sus afectos y desarreglado en sus deseos, había
de celebrar una unión tan estrecha con su Dios? Y
sin embargo, es así. "Habéis herido mi Corazón, hermana mía,
Esposa mía, dice el alma fiel. Vulnerasti cor meum, soror
mea, sponsa" (Can. 4).
Yo me regocijaré con sumo gozo en
el Señor, dice el profeta, y el alma mía se
llenará de placer en mi Dios; porque me ha cubierto
con el manto de la justicia, como a esposo ceñido
de corona, y como esposa ataviada con sus joyas (Is.
61). En esta unión que se celebra entre el Corazón
de Jesús y el corazón del hombre, la caridad sirve
de lazo. Mi amado para mí: yo para Él. Dilectus
meus mihi, et ego ili (Cant. 2). Mas ¡oh Dios!
¡quién podrá aspirar a una amistad tan íntima? La justicia,
la pureza y la humildad nos disponen a ella. Dios
nos las concede por su bondad, y sólo con una
constante fidelidad se conserva.
Escucha, alma mía, lo que te dice
el Señor: Te desposaré conmigo para siempre mediante la justicia,
la misericordia y la fidelidad, y conocerás que Yo soy
el Señor (Os. 2).
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