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Autor: P. Juan Carlos Ortega Rodriguez | Fuente: Catholic.net Enfermarse de Jesucristo.
Una enfermedad no se contagia hablando de ella, sino estando enfermo. Sólo el que está enfermo puede contagiar a otro.
Enfermarse de Jesucristo.
De todas "las condiciones" que Jesús pone a quien decide
ser su discípulo: Si alguno quiere venir en pos de
mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día
y sígame (Lc 9, 23) ¿No crees que es la
más difícil?
Se podría pensar que la más costosa sea
tomar la cruz, pues a nadie agrada la cruz, más
bien la evitamos.
Quizás los más maduros en años y quienes
se han preocupado un poco de crecer en la vida
personal y espiritual saben que aún más difícil que la
cruz es la renuncia a sí mismo.
Sin embargo la más
difícil es la última: seguir a Cristo. Muchas veces no
nos queda más remedio que aceptar las cruces que nos
vienen; en otras ocasiones las circunstancias nos obligan a renunciar
a nuestros planes. Si lo hacemos de mala gana, sufriremos
más, pero la cruz y la renuncia siempre estará presente
y mal o bien se sobrelleva.
Como recordó el Papa a
los jóvenes, "la radicalidad de una elección que no admite
demoras ni repensamientos es una exigencia dura, que impresionó a
los mismos discípulos y a lo largo de los siglos
ha frenado a muchos hombres y mujeres en la entrega
a Cristo".
Quizás tú, como tantos otros, te has preguntado cómo
es posible que habiendo tantos cristianos en el mundo, en
la sociedad de hoy no se vive un ambiente de
amor, unidad y paz. La respuesta es clara y dura
para los que creemos en Jesucristo: muchos son cristianos pero
pocos siguen a Cristo. ¿Eres tú cristiano? Creo que sí.
Pero, ¿sigues a Cristo?
Una enfermedad no se contagia hablando de
ella, sino estando enfermo. Sólo el que está enfermo puede
contagiar a otro. Así, solo el enfermo de Jesucristo podrá
contagiar a otros su amor. No nos hagamos ilusiones, para
contagiar el amor del Señor es necesario estar enfermos de
Él, vivir su amor y perdón.
Seguir a Cristo, no es
estar inscrito y participar en alguna que otra actividad de
la propia parroquia. "Con la invitación ´sígueme´ Jesús repite a
sus discípulos no sólo: tómame como modelo, sino también: comparte
mi vida y mis elecciones, gasta conmigo tu vida por
amor a Dios y a los hombres".
¿Cómo podemos enfermarnos de
Jesucristo, es decir, compartir su vida y sus decisiones?
En
primer lugar, y no podemos cansarnos de repetirlo, con la
oración, que no consiste en letanías y rezos, sino en
una cordial conversación con Dios, sin prisas, llena de una
filial confianza y de verdadera humildad.
Dialogar, no me refiero a
hablar, en todas las circunstancias es difícil. ¡Qué difícil es
el diálogo para muchos matrimonios!, ¡con qué frecuencia lo evitan!
¡Qué difícil es el diálogo entre los jóvenes!, ¡con qué
facilidad terminan en discusiones y altercados! Dialogar es difícil, y
mucho más con Dios, porque quien dialoga debe ir dispuesto
a cambiar su opinión y a aceptar lo que el
otro dice. ¡He aquí la verdadera dificultad de la oración!
El
problema de la oración no consiste en no saberla hacer.
Hace veinte años pocos cristianos sabían usar computadoras, hoy han
aprendido y la usan con frecuencia y provecho. ¿Por qué
no han aprendido a orar? Porque el diálogo con Dios
compromete nuestras vidas.
El segundo medio para enfermarnos de Cristo es
aún más arduo. Se trata de evitar lo que Él
no hizo en su vida, principalmente evitar el egoísmo, es
decir, rechazar los juicios temerarios y las discusiones inútiles, aprender
a escuchar y a respetar a los demás, abstenerse de
críticas, chismes y palabras ofensivas. ¡Cuánto retrasamos el amor de
Jesucristo en la sociedad a causa de nuestras conversaciones inútiles
y llenas de faltas de caridad hacia nuestros hermanos los
hombres! Te hago una propuesta: un día, un sólo día,
proponte no juzgar ni decir nada negativo de los demás.
¿Aceptas el reto? ¿Verdad que es fácil llamarse cristiano pero
muy difícil seguir a Cristo en lo que nos pide?
Pero
verdaderamente nos enfermaremos del Señor cuando vivamos la caridad que
Él practicó. Caridad que no se limita a dar limosnas
materiales. Más bien se expresa en ofrecer la limosna de
nosotros mismos, que, dentro de la familia consiste en ayudarse
recíprocamente, afrontando juntos las dificultades propias de la vida matrimonial,
aprendiendo a aceptar los defectos y los momentos negativos del
otro, en perdonar y humillarse, si es necesario, con tal
de no herir el amor.
Caridad es también dar la limosna
del propio tiempo y de las cualidades personales al servicio
de los demás y de la Iglesia.
Sólo así haremos lo
que Jesús nos pide: "Gasta conmigo tu vida por amor
a Dios y a los hombres".
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