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Autor: Oscar Schmidt | Fuente: reinadelcielo.org El Pescador de hombres
Jesús sabía muy bien lo que Su presa necesitaba, la había observado durante demasiados años nadar lejos de El.
El Pescador de hombres
El hombre se despertó de madrugada en esa ciudad que
no era la suya, a la que había ido tantas
veces. No podía dormir. Pensó, ¿dónde estoy? con esa extraña
sensación del que viaja demasiado y termina perdiendo sentido de
tiempo y lugar. Ah, se dijo a si mismo algo
confundido, aquí estoy, en esta ciudad tan bendecida por la
Mano de Dios. Pero no puedo dormir.
El Rosario sobre
la mesita de luz del hotel llamó su atención. Es
bueno rezar a estas horas, el Señor siempre lo necesita
porque es el horario en que más cosas feas pasan
y los buenos están durmiendo, así que es importarte llenar
este espacio oscuro con oraciones ofrecidas simplemente por las intenciones
del Señor, que El las use a Su mejor conveniencia.
El pensamiento atravesó su mente, “de paso ayudo a bendecir
un poco esta ciudad”. El rechazo a la idea fue
inmediato, ¿qué clase de bendiciones puedo pedir yo al Señor,
si es que soy literalmente “un pecado” que camina? El
Señor le respondió, muy breve y conciso: “eres un pescado”.
Nuestro amigo se quedó sorprendido, estupefacto. Pero Señor, yo dije
que soy un “pecado que camina”, ¿y cómo es que
Tú me dices que soy un pescado? El Señor le
volvió a responder, tan breve y con el mismo tono
de la vez anterior: “yo te pesqué”.
El señor
de nuestra historia rió, y el Señor de la Historia
rió también. Rieron juntos. Si, soy tu pescado, le dijo,
y Tú, nadie menos que Tú, eres mi Pescador. Nuestro
amigo se quedó absorto en sus pensamientos, alegre de saber
que él mismo era la presa de Jesús. Y entonces
recordó el signo, aquel signo que precedió a la Cruz,
y que fue la forma en que se reconoció al
pueblo cristiano y a Cristo mismo durante los primeros siglos
de la Iglesia: el Pez. Aquel signo representaba lo que
él era, no un pez, sino un pescado. Y se
sintió parte de esa Iglesia primitiva, se sintió en una
catacumba viendo ese signo pintado una y otra vez en
las paredes alumbradas por la tenue luz de las lámparas
de aceite.
Y luego recordó cómo había sido pescado
por Jesús. Se imaginó al Señor pensando cual era la
mejor estrategia para atrapar a Su presa, para que ese
pez que andaba suelto por las peligrosas aguas del mar
del mundo, mordiera su anzuelo y fuera recogido a su
barca, la misma barca que San Juan Bosco viera en
sus sueños, la gran Barca de la Iglesia. Jesús pensó:
tengo que usar el mejor señuelo, el que tenga el
color y el sabor adecuados, el que mejor llame la
atención de Mi presa. El estudió al hombre, miró sus
costumbres, sus gustos, sus hábitos, y trazó Su plan.
El
buen pescador sabe muy bien que debe tener absolutamente todo
en cuenta antes de abordar su desafío: el horario del
día, la transparencia y temperatura del agua, la profundidad a
la que hay que buscar a la presa, y en
función de ello elige su señuelo. Los que son realmente
buenos pescadores diseñan y construyen ellos mismos sus señuelos, utilizando
materiales que encuentran aquí y allá. Ellos miran y sopesan
una y otra vez de qué modo serán capaces de
atraer la atención del pez buscado, y luego se lanzan
a su misión con perseverancia, hasta hacer morder el anzuelo
a su presa. ¡Entonces la alegría vale doble!
Jesús sabía
muy bien lo que Su presa necesitaba, la había observado
durante demasiados años nadar lejos de El. De tal modo
que esta vez eligió utilizar el mejor señuelo del que
disponía, uno literalmente irresistible. El lo llama de diversos modos,
como Señuelo Santo, o Estrella de la Mañana, o también
Rosa Mística, aunque lo más habitual es que lo llame
simplemente Mamá. Con gran expectativa nuestro Pescador de hombres lanzó
a las aguas del mundo a Su Gran Señuelo, y
atrapó a Su presa esta vez. El pequeño hombre mordió
el anzuelo con ganas, y aunque luego se resistió como
todo buen pez que no quiere volverse pescado, no lo
soltó nunca más.
Y así fue como se transformó
en un orgulloso pescado, presa del Pescador de hombres, atrapado
por no poder resistir el llamado del Señuelo Santo, de
la Madrecita del mismo Dios. Nuestro amigo vio todo esto
con tanta claridad que no pudo más que sonreír, abrazarse
a la Cruz del Rosario, y sentirse feliz de comprender
la profundidad de aquel signo que nos representa, el Pez,
Ictis, símbolo de Jesucristo, Pescador de hombres. Así lo conocieron,
así se presentó al mundo El desde la barca de
Pedro, la misma Barca que dos mil años después sigue
transportándolo por los mares del mundo, mientras El sigue pescando
a hombres y mujeres de buena voluntad.
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