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Autor: P. Fernando Pascual L.C. | Fuente: Catholic net ¿Alejamos o acercamos a Cristo?
A veces no podemos acercar a alguien a Cristo porque, simplemente, nosotros estamos muy lejos del Señor.
¿Alejamos o acercamos a Cristo?
Sabemos que Cristo es el centro de los corazones, la
plena realización del hombre, el Salvador del mundo, el Amigo
que anhelamos desde lo más profundo de nuestro ser.
Sabemos, además,
que millones de seres humanos buscan, de modo casi errático,
otras aguas, otros “salvadores”, otras esperanzas. Pero no encuentran la
verdad, no consiguen la paz, porque están lejos de Cristo.
Cristo
va detrás de la oveja perdida, sigue las huellas de
cada uno de sus hijos. Pero hay hijos que prefieren
seguir en el mundo de la mentira en vez de
caminar hacia la Verdad del Amor de Dios.
Tenemos claro todo
lo anterior. Pero muchas veces, los católicos no somos capaces
de ayudar a la gente a encontrarse con Cristo. Incluso
a veces alejamos a la gente, les impedimos llegar a
Cristo. ¿Por qué? ¿Qué nos ocurre? ¿Dónde está el fallo?
La
respuesta no es fácil. A veces no podemos acercar a
alguien a Cristo porque, simplemente, nosotros estamos muy lejos del
Señor. Nos decimos católicos por la cultura, por la tradición,
“de nombre”. Creemos que basta con ir a misa los
domingos (no todos, por desgracia), con la confesión una vez
al año y lo más rápido posible, con llevar a
los hijos al bautizo y a los difuntos a un
funeral católico. Pero hacemos eso sin el corazón, sin la
fuerza de quien de verdad sabe que Cristo perdona, salva,
nos ama y nos conoce profundamente. ¿Es que puede convencer
de Cristo uno que tiene al Señor como un objeto
de adorno en alguna pared de su casa mientras luego
no es capaz de iluminar su vida con las bellezas
que nos ofrece el Evangelio?
Otras veces no acercamos a Cristo
porque proponemos un Cristo falso. Tenemos miedo de hablar de
Jesús, creemos que la gente no está preparada para comprender
que Él es el Hijo de Dios. Entonces, algunos organizan
cursos de autoestima vacíos de la verdadera caridad cristiana, conferencias
sobre programación neurolingüística, explicaciones del reiki y de todo tipo
de doctrinas confusas y con elementos claramente anticristianos, como si
así se ayudase a las personas a acercarse a Cristo,
cuando lo único que se logra es crear confusión y,
muchas veces, alejar del Maestro.
Ofrecer pseudociencias y pseudoprácticas psicológicas no
sólo no prepara al Evangelio, sino que muchas veces hace
que las personas nos digan un educado “adiós”. Les damos
lo que ya el mundo les ofrece sin Cristo, les
proponemos lo que una sociedad materialista y relativista difunde todos
los días con una insistencia casi obsesiva.
Otras veces no acercamos
a Cristo porque caemos en actitudes de desprecio, de altanería,
de soberbia, de condena. Acusamos a los demás de herejes,
les repetimos una y otra vez que son sinvergüenzas, apóstatas,
miserables, sincretistas, adúlteros, lujuriosos, avaros... y toda una lista de
adjetivos despectivos. Muchas veces no insultamos con los labios (quien
tiene un mínimo de educación no llega al insulto fácil),
pero sí con el corazón. Y quien recibe nuestra mirada
nota una condena, siente que falta amor en nuestras almas.
La
clave para acercar a alguien a Cristo consiste simplemente en
Cristo. No es un error: si Dios es Amor, y
si Cristo es Dios, la clave está en el Amor,
está en Cristo que es Amor.
Ofrecemos realmente a Cristo a
un alma atribulada, a un esposo infiel, a una mujer
que ha abortado, a un empresario que ha cometido fraudes,
a un político oportunista, a un joven arruinado por la
droga o el alcohol... cuando nuestros ojos y nuestro corazón
penetran en el otro con la misma dulzura, mansedumbre, humildad
y benevolencia de Jesús de Nazaret.
Eso es posible si nosotros
vivimos ya dentro de ese Amor, si estamos locos de
alegría al recordar una y otra vez que quien murió
en el Calvario quería perdonar nuestros pecados y darnos la
vida de gracia, si sentimos que hay un lugar para
nosotros, para mí, en el cielo. Para mí... y para
tantos hombres y mujeres con los que me cruzo cada
día, y que tienen un hambre profunda de cariño, de
comprensión, de acogida, de respeto que va más allá del
pecado para convertirse en inicio de salvación.
Todos estamos llamados a
acercarnos a Cristo y a acercar a los demás al
Señor. Dios mismo desea encontrarse con cada uno de sus
hijos. Dios nos ama, desde la grandeza de su misterio
eterno, desde la sencillez del llanto de un Niño nacido
en Belén, desde la mansedumbre de un Cordero que dio
su vida por nosotros en el Calvario.
Hoy puedo acercar algún
corazón al tesoro más grande, al Amor eterno, a la
dicha completa. Porque ese corazón lo necesita, porque Dios ya
lo está buscando, porque mi pobre vida también quiere unirse
a ese abrazo que puede producirse gracias a mi sonrisa,
a mi afecto, a mis deseos sinceros de acercar, al
menos a un poquito, a alguien al Maestro.
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