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Autor: P. Fernando Pascual LC | Fuente: Catholic.net Ahora Cristo es más mío
Porque no viniste a buscar a los justos, sino a los pecadores. Ahora es cuando más necesito el bálsamo de tu misericordia y la dulzura de tu Amor.
Ahora Cristo es más mío
El corazón nos reprocha el egoísmo, la avaricia, la pereza,
los grandes y pequeños pecados de cada día.
Sentimos pena por
tanta miseria, sentimos dolor por haber negado a Dios, sentimos
amargura por haber abandonado al hermano.
Pero sabemos que Dios es
mucho más grande que nuestros corazones. No quiere acusarnos, porque
no vino para juzgar, sino para salvar (cf. Jn 12,47).
Desea,
casi suplica, que escuche sus palabras, que guarde sus mandamientos,
que confíe en su Amor, que acoja su misericordia en
mi vida y en la vida de cada ser humano.
Me pide que invoque, humildemente, perdón.
No es Dios quien acusa,
pues vino para buscar a quienes vivíamos lejos por culpa
del pecado. “¿Quién condenará? ¿Acaso Cristo Jesús, el que murió;
más aún, el que resucitó, el que está a la
diestra de Dios, y que intercede por nosotros?” (Rm 8,34).
Necesito
recordarlo, para aprender a vivir en el mundo de la
bondad divina. “Clemente y compasivo es Yahveh, tardo a la
cólera y lleno de amor; no se querella eternamente, ni
para siempre guarda su rencor; no nos trata según nuestros
pecados ni nos paga conforme a nuestras culpas” (Sal 103,8-10). Si
alguna vez vuelvo a ser herido por el pecado, si
alguna vez el mal muerde mi corazón, es el momento
para mirar a Jesús y decirle, desde lo más profundo
de mi alma:
“Ahora eres más mío. Porque no viniste a
buscar a los justos, sino a los pecadores. Ahora es
cuando más necesito el bálsamo de tu misericordia y la
dulzura de tu Amor. Ahora es cuando puedo dejarte tomarme
entre tus brazos y llevarme al redil, a la fiesta
que inicia cada vez que regresa a casa un hijo
pobre, débil, herido, muy necesitado de la medicina de tu
perdón”.
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