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Autor: P. Juan P. Ferrer | Fuente: Catholic.net Cristo, lo que el hombre de hoy y de siempre espera
¿Tú, Cristo, eres capaz de llenar de alegría mi vida, de gozo mi corazón, de ilusión mi caminar ?
Cristo, lo que el hombre de hoy y de siempre espera
Los hombres de todos los tiempos se han preguntado una
y otra vez por la felicidad, aunque tal vez nunca
comprendieran qué es realmente eso de la felicidad. Y se
han dedicado siempre a buscarla por todos los conductos y
todos los medios. Han elaborado teorías tan variopintas que entre
unas y otras se dan profundas contradicciones. Y, siempre al
final, se tiene la impresión de que no se acaba
de acertar: ni la vida fácil, ni el estudio de
la filosofía, ni el dinero, ni la fama, ni el
progreso, ni muchas otras cosas son capaces de llenar el
corazón infinito del hombre. Por ello, es que muchos seres
humanos al vuelto los ojos hacia la figura de Cristo
y le han preguntado si él puede de veras llenar
el corazón humano de paz y de gozo. Hoy se
lo queremos preguntar nosotros.
¿Eres tú, Cristo, lo que el hombre
de hoy y de siempre espera? Todos sabemos por la
historia que Jesús era un hombre excepcional, pero eso no
basta para llenar el corazón humano. Juan Bautista envió a
Cristo una legación para preguntarle: ¿Eres tú el que ha
de venir o debemos esperar a otro? (Mt 11,3). Éste
es el interrogante que siempre se plantea el ser humano.
Cristo responde afirmativamente a la pregunta de Juan Bautista, explayándose
sobre sus propias obras que constituyen la prueba ineludible de
los tiempos mesiánicos. Él, por tanto, afirma que es lo
que el hombre de antaño, de hoy, y de mañana
ha esperado, espera y esperará.
¿Tú, Cristo, puedes llenar siempre
el corazón humano, infinito por su propia capacidad? Jesús no
sólo fue un hombre perfecto, sino que era por antonomasia
Dios Perfecto. En su condición de Dios, Jesús puede garantizarnos
a los seres humanos su capacidad infinita en el tiempo
y en la eternidad de llenar el corazón humano.
¿Quién
en esta vida nos puede asegurar que nos querrá siempre?
¿Qué en esta vida nos podrá certificar que nos agradará
siempre? ¿Qué en esta vida nos podrá vender la mentira
de que siempre nos llenará de satisfacción? Todo, y todo
lo que no sea Dios, es caduco, no podrá nunca
asegurarnos un estado de felicidad infinita. Basta ver cómo se
derrumban las esperanzas que tantos seres humanos han construido esperándolo
todo de ellas. Sólo Cristo permanece.
Finalmente, ¿Tú, Cristo, eres capaz
de llenar de alegría mi vida, de gozo mi corazón,
de ilusión mi caminar con ese Evangelio en donde sólo
los pobres, los mansos, los misericordiosos, los perseguidos van a
ser felices? Y Cristo nos asegura que sí, que Él
es capaz de llenar nuestras vidas con todo esto que
el mundo desprecia y rechaza, porque los bienaventurados del mundo
moderno son los poderosos, los dominadores, los ricos, los vengativos,
los iracundos, los reconocidos, los que ríen. Es tremendo ver
cómo se puede concebir de forma tan distinta la felicidad,
pero ya la historia va dando de sobra la razón
al Evangelio. Porque del Evangelio han salido los hombres felices,
en paz, llenos de ilusión y esperanza. De las teorías
del mundo moderno han salido las depresiones, las ansiedades, las
angustias, la tristeza.
En conclusión, aceptemos a Cristo con ilusión, como
la esperanza que se coloca por encima de cualquier otra
esperanza, como la promesa que hace realidad lo más apetecido
por el ser humano, como la certeza de un futuro
lleno de sentido y de gozo. Cristo, Hijo de Dios,
Perfecto Dios y Perfecto Hombre es la medida del corazón
humano.
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