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Autor: P. Fernando Pascual LC | Fuente: Catholic.net Cuando ya lo hemos intentado todo...
Cuando ya nadie me escucha, Dios todavía me escucha. Cuando ya no puedo hablar con ninguno, ni invocar a nadie, siempre puedo hablar con Dios.
Cuando ya lo hemos intentado todo...
El problema sigue allí. Buscamos la solución de mil maneras.
Hicimos tantos esfuerzos. Afrontamos la situación una y otra vez.
Pero
el problema parece vencernos. No dominamos los fenómenos atmosféricos. No
podemos impedir los movimientos de la tierra. No tenemos poder
absoluto sobre los virus. Sobre todo, estamos casi desarmados ante
el gran misterio de la libertad humana, de la malicia
de personas sin escrúpulos.
La técnica, es cierto, abre la posibilidad
de construir casas más seguras. Mejora el rendimiento de la
tierra. Crea pantanos y presas para conservar el agua. Almacena
y conserva alimentos. Pero la fragilidad de nuestro cuerpo y
la volubilidad de nuestro corazón siguen al acecho.
Lo hemos intentado
casi todo, y la familia sigue peleada, y el dinero
no llega para pagar las deudas pendientes, y la comida
falta para la mesa.
Son momentos en los que el desaliento
parece triunfar. Son momentos, sin embargo, para reaccionar y aprender
que en el mundo terreno nada es fijo, nada es
inmutable, nada es perfecto.
Son momentos para mirar al cielo y
reconocer que tenemos un Padre que no nos abandona: porque
somos hijos, porque somos débiles, porque estamos enfermos, porque necesitamos
mucho consuelo.
Descubrimos, entonces, la necesidad de orar, desde lo más
profundo, desde lo más íntimo, desde las necesidades más radicales.
Sentimos que más allá de los montes tenemos un auxilio
que “viene de Yahveh, que hizo el cielo y la
tierra” (Sal 121,2).
“Cuando ya nadie me escucha, Dios todavía me
escucha. Cuando ya no puedo hablar con ninguno, ni invocar
a nadie, siempre puedo hablar con Dios. Si ya no
hay nadie que pueda ayudarme -cuando se trata de una
necesidad o de una expectativa que supera la capacidad humana
de esperar-, Él puede ayudarme. Si me veo relegado a
la extrema soledad...; el que reza nunca está totalmente solo”
(Benedicto XVI, encíclica “Spe salvi” n. 32).
Cuando creemos haberlo intentado
todo... quizá nos ha faltado lo más importante, lo decisivo:
ponernos en manos de Dios. Es Padre, y nos dará
aquello que nos conviene.
Si lo que pedíamos no corresponde a
sus planes (es decir, si no era lo mejor para
nosotros), no lo recibiremos. Nos dará, lo sabemos, algo mucho
mejor, como enseñaba Charles de Foucauld.
Ha llegado entonces el momento
para decirle, desde el corazón, con la confianza de un
hijo: “Hágase, oh Padre, tu Voluntad”.
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